Geraint Thomas en París durante la última etapa del Tour de Francia, como campeón
Geraint Thomas en París durante la última etapa del Tour de Francia, como campeón - EFE

Tour de FranciaThomas, príncipe de Gales

Doble campeón olímpico de pista, frío en la carretera y bromista fuera, ha seguido la huella de Wiggins

ParísActualizado:

Los cimientos de Cardiff son de carbón. Aunque ahora es una ciudad moderna y atractiva, en sus muchos pubs se siguen escuchando, jarra en mano, las viejas canciones de los mineros. Vaciando pintas, las cuadrillas recuerdan el negro y sufrido pasado del que vienen sus familias. El fútbol y, sobre todo, el rugby son los mejores motivos para darle a la caña. A ese catálogo deportivo se ha sumado este mes un invitado, el Tour de Francia. Resulta que de aquella esquina de Gran Bretaña es el vencedor de esta edición, Geraint Thomas (Cardiff, 32 años), nuevo príncipe de Gales. Le apodan ‘G’, por Geraint, pero también podría ser ‘G’ de Guinness, como la cerveza.

El deporte de élite es hoy una ciencia repleta de variables y datos. Todo se puede traducir a vatios. Casi todo. Lo que no cuentan los números es cómo entrenar la mente de un deportista para el castigo diario del entrenamiento o cómo levantarse tras la enésima caída. Thomas arrastra una mala fama: es de los que siempre se cae. Su biografía está llena de accidentes y huesos rotos. Eso decían al principio de este Tour: ¿Cuándo se caerá Thomas? ¿Cuándo sufrirá su habitual hundimiento? Para afrontar tanto revés hay muchos caminos, incluido el de recurrir a un psicólogo. Hace falta pedalear con la mente. Thomas, galés, tiene su propio método: una par de pintas de cerveza a tiempo. «La fuerza mental de Geraint le ha permitido superar caídas terribles. De ahí le viene su equilibrio. Es serio en el trabajo y luego sabe desconectar. Vive la vida», dicen en su equipo, el Sky. Bromista. Humor ‘british’. Un punto ácido.

El triunfo de Thomas es una sorpresa relativa, anunciada. En 2013, uno de los entrenadores del Sky, Shane Sutton, lo proclamó: «Geraint ganará un día esta carrera». Un año antes, Bradley Wiggins le había dado al equipo británico su primer Tour. Y venían los cuatro de Chris Froome. Thomas, amigo del africano, está vaciado en el molde de Wiggins. Calcados: hechos en el velódromo, campeones olímpicos de persecución en Pekín 2008 y Londres 2012 y miembros del club de fans de la cerveza. «Cuando corría en pista era simplemente gordo. Era joven, bebía pintas. Como buen galés me encanta vaciar jarras», declaró Thomas hace unos años.

De hecho, cuando estaba en el Academia Británica de Ciclismo tuvieron que llamarle al orden alguna vez. Como tras la final europea entre el Liverpool y el Milan, en 2005, aquel partido al que denominan ‘el milagro de Estambul’ por la remontada inglesa. Thomas y sus colegas se emocionaron tanto que se les alargó la noche. Se les torcieron los caminos de vuelta a casa. Y le cayó una buena bronca porque era víspera de una carrera. Un día es un día. Y un galés... un galés. Cerveza y carácter. Thomas conoció el Tour en 2007. La Academia británica buscaba hueco para sus aspirantes a campeón olímpico de pista en equipos profesionales de ruta como el Barloworld. Thomas era joven, había ganado la París-Roubaix juvenil y era un gran rodador. Pesaba 75 kilos, seis más que ahora. Descubrió los Alpes y los Pirineos. La tortura.

«La dosis de dolor diaria era insoportable -recuerda-. En cada etapa de montaña iba el último, solo, sin más compañía que un motorista de la policía. Pero me empeñé en llegar hasta París. Me decía: ‘un día más’. Cuando hoy sufro en carrera pienso en ese Tour y me parece que lo de ahora no es nada». Acabó aquella edición. El penúltimo de la clasificación a casi cuatro horas del vencedor, Alberto Contador. Entonces, Thomas solo pensaba en los Juegos Olímpicos. Con Wiggins y dos compañeros más se colgó el oro en Pekín 2012 y también cuatro años después en Londres. Doble misión cumplida. Había que buscar otra frontera: el Tour.

Esa nueva vida nació en 2013. El Sky ya mandaba en el ‘planeta ciclismo’. A Wiggins le iba a suceder Froome. Y Thomas era el designado para escoltarle. Pero se cayó, como tantas veces, en la primera etapa, en Córcega. Fractura de pelvis. «No podía levantarme del sillín. Cada rotonda me desgarraba. Era un suplicio». Hasta su madre le llamó para que abandonara. Thomas consultó con los médicos del equipo. «Me dijeron que la lesión no iba a empeorar, que era cuestión de gestionar el dolor». El corredor galés decidió seguir. Habló con su madre. «Le dije que si me retiraba, ese hueso roto permanecería siempre en mi mente». Thomas fue clave en la victoria de Froome en aquel Tour. Son amigos, vecinos en Mónaco y compañeros de entrenamiento. «Geraint no se rinde nunca», alaba Dave Brailsford, patrón del Sky.

El velódromo le dio la capacidad para aislarse. Sabe meterse en su burbuja. Aprendió a permanecer concentrado en una prueba tan estresante como la persecución por equipos. Cuatro minutos de esfuerzo brutal en los que no se puede cometer ni un error. Por eso no le han afectado ahora los abucheos al Sky. Tras la pista se metió en la carretera, ganó la clásica GP E3, la París-Niza y el Dauphiné, y llegaron las caídas que le curtieron la piel. A todo eso, para rebajar tensión, Thomas le echa de vez en cuando una pinta, que todo lo ablanda. Es lo que conoció en Cardiff.

Nació en una familia obrera. Estudió en el Whitchurch High School, el colegio de Gareth Bale, delantero del Real Madrid, y de Sam Warburton, estrella del rugby galés. A esos balones se suma su bicicleta. El padre de Thomas fue ciclista amateur. Geraint aprendió a montar en un viejo velódromo. Tiene la planta física y el carácter frío de Bale y embiste como Warburton. Es el nuevo príncipe de Gales.