Patrimonio natural: Donde el éxtasis de Valle-Inclán
Patrimonio natural: Donde el éxtasis de Valle-Inclán - Barca
Patrimonio natural

Donde el éxtasis de Valle-Inclán

Recorrer la península del Barbanza, con su sierra verde levantándose abrupta sobre el mar, es respirar una salvaje libertad

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Ramón José Simón Valle Peña, nacido en Vilanova de Arousa en 1866 y muerto en Santiago en 1936, por un cáncer de vejiga, fue un fabulador tan obstinado que se inventó un nombre literario, Ramón María del Valle-Inclán, y protagonizó leyendas hasta en la hora de su muerte (es falso que en el lluvioso día de su entierro compostelano un anarquista se abalanzase sobre su ataúd arrancándole la cruz). A Valle le gustaba cebar su mito. Cuando Vilanova y La Puebla se disputaban donde había nacido, lo zanjaba inventándose que en una chalana en medio de la ría.

Valle-Inclán no acabó de forjar un personaje universal, de esos que caminan solos, como sí logró Cervantes, pero algunos -y disculpen la absoluta subjetividad- lo consideramos el mejor escritor español que haya respirado. Aunque veces no solo respiraba oxígeno. También flirteó con el cannabis. En 1916 escribió en Madrid «La lámpara maravillosa», un texto mágico, complejo, de prosa voladora, una guía de iniciación artística. Fue su interpretación del misticismo, el esoterismo y el quietismo, la búsqueda de la belleza en lo inmutable. En el arranque de la obra, Valle se detiene bajo un árbol a fumar lo que eufemísticamente llama «mi pipa de cáñamo índico». Ya iluminado por el humo, cruza a caballo y atajando la sierra coruñesa del Barbanza. Contemplando desde lo alto toda la comarca, una visión panteísta lo embarga: «Con una alegría coordinada y profunda me sentí enlazado con la sombra del árbol, con el vuelo del pájaro, con la peña del monte. La tierra del Salnés estaba toda en mi conciencia por la guía de una visión gozosa y teologal».

A algunos nos gusta especular con que Valle tuvo aquella visión extática desde el mirador de A Curota, monte que solo levanta 498 metros sobre el mar -las montañas del litoral gallego son de chato y gastado granito-, pero que ofrece una vista que corta el aliento: a un lado, la ría de Arousa; al otro, la de Muros-Noia. Los optimistas sostienen que en días claros se ve Santa Tecla al Sur, allá en la desembocadura del Miño con Portugal, y al Norte, cabo Finisterre, el fin del mundo. Lo que sí se ve siempre en el mirador de A Curotiña es la estatua que recuerda al más ilustre de cuantos han gustado de flipar allí: don Ramón.

La península del Barbanza se planta sobre el Atlántico separando dos rías. La sierra es verde y abrupta. En un breve tránsito se pasa de una sucesión de playas enormes de arena blanquísima a las faldas serranas. La mano del hombre no siempre ayuda. En 2006 hubo un incendio forestal pavoroso y cada verano no falta algún fuego provocado. Tan execrable práctica ha arrinconado el arbolado noble y ahora mandan el pino y el eucalipto, como en casi toda Galicia. Hay más daños de la mano humana: el alambre que va parcelando los espacios abiertos, los cepos traicioneros... Pero aún así, la fuerza de la naturaleza (y los 130 días anuales de bendita lluvia) pueden con todo. Qué regalo en las espesuras de Xuño toparse con la cascada casi druídica de Ribasieira. Qué sensación de libertad ver campar a sus anchas a docenas de caballos barbanzones, esa suerte de pony galaico del que ya hablaron Plinio y Estrabón, un animal bajo y fuerte, individualista y trabajador, perfecta metáfora de los propios gallegos. La especie formó parte de la caballería normanda de Guillermo el Conquistador, pero también fue reo de carga en las minas galesas. Qué asombro llegar a Corrubedo, uno de los seis parques naturales de Galicia, y divisar frente al mar la duna móvil de un kilómetro de largo y 250 metros de ancho, las lagunas de Carregal y Vixán, las playas unidas a O Vilar, que se suceden hasta completar cinco kilómetros continuos de arena, olas y viento salino.

En la sierra del Barbanza resisten la lechuza, el halcón, la perdiz, el conejo, el jabalí, el zorro y, ya casi extinguido, el lobo. La costa es un paraíso para avistar aves marinas. Pero tal vez el mayor obsequio natural que puede regalar el Barbanza es bajar en un día sin turistas al castro de Baroña, una minúscula península pétrea clavada sobre el mar, con los restos circulares de una docena de pallozas, y una vez allí mirar con calma al océano en la esperanza de que brillen bajo el sol los lomos de los delfines.

Volveremos a recorrer la sierra del Barbanza y su litoral rotundo. Tojos, helechos y turberas contra olas, salitre y un horizonte abierto al sueño de todas las libertades. Nunca sabremos despedirnos del sol encallando en el mar, con Monte Louro, allá en Muros, recortado a su lado. Ensoñaciones panteístas en los confines verdes de la Europa atlántica.