El Viejo Carranza, testigo de los mejores años del Cádiz CF.
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Cádiz CF

Soy cadista por papá

'Uno de los paisajes desde la ventana del salón era ver la ropa tendida en el fondo sur. Y me encantaba'
Por  12:53 h.

Fue muy famosa la campaña de publicidad de los colchoneros en la que el hijo le preguntaba al padre que por qué era del Atlético. Yo nunca le pregunté a mi padre. Lo entendí a la primera. Lo vi y supe que era algo que nos unía para siempre.

Soy cadista porque vivía al lado del Estadio y uno de los paisajes desde la ventana del salón era ver la ropa tendida en el fondo sur. Y me encantaba, igual que llevar los balones que se pinchaban a que me los arreglaran en fondo norte. O acompañar a mi padre a votar en las elecciones y escaparme escaleras arriba para ver el campo y la grada vacía. Soy cadista porque mi padre me hizo saborear los días de fútbol y los trofeos Ramón de Carranza.

Aún recuerdo la primera vez que entré al Estadio a ver un partido, contra el Granada en preferencia. O cuando me dijo: “Vamos a comprar entradas para ir al Trofeo esta tarde”. Puedo sentir aún esa ilusión camino del Bar Madrid para comprar las entradas para ver el Cádiz CF contra la Real Sociedad de Arconada, López Ufarte y compañía. O cuando me llevó a fondo norte a ver un partido de preparación que jugó la URSS contra el Cádiz CF. O tantas y tantas tardes escuchando la radio para ver si cantaban gol del Cádiz CF cuando jugaba lejos del viejo coliseo cadista.

Recuerdos de una vida que en muchos de sus episodios tiene a su equipo como telón de fondo o como protagonista. Ya no es socio. Lo fue muchísimo tiempo y aún conserva los carnés en casa de los años 70 como si de una reliquia se tratase. Seguramente eso sea una ofensa para los muchos que van repartiendo carnés de cadista. Pero el hombre después de aquella promoción contra el Málaga dijo que se acabó el ir al campo. No soportó ver la tanda de penaltis y marchó a casa para encerrarse en una habitación hasta que pudo escuchar el jolgorio de la calle.

Cada uno lleva su pasión y su sufrimiento como buenamente puede. Y sin ser socio, la sigue llevando. Sentado en la cama con la radio puesta con un crucifijo en la mano, o con el partido puesto en una tele en cuya primera fila hay un Crucifijo y una Virgen que va cambiado de posición según el lado del campo que ataque el Cádiz CF. Un eterno sufridor en la derrota y en la victoria. Y sí, no es socio (ya los somos su hijo y sus nietos), lo que para muchos chisgarabís le restaría cadismo. Tampoco va al campo por mucho que su hijo le insista. Lo pasa mal el hombre porque allí no tiene la libertad de separar la mirada del césped o de coger a la Virgen y darle besitos tras una ocasión marrada por parte del rival.

Me río cuando algún cadista joven, de los que no vio jugar a Dieguito, Escobar, Mané, el partido inaugural del Carranza o jugando a Pelé y Cruyff en un Trofeo, algunos ni siquiera a Mágico, sientan cátedra al hablar y tachan de mal cadista al que no es socio. Yo no lo vi, pero él me lo sigue contando con la ilusión del que lo está viviendo todavía. Por eso soy cadista. Nunca le pregunté a mi padre porque lo era y por qué me lo transmitió. Lo entendí a la primera. Lo vi y supe que era algo que nos unía para siempre. Porque esa llamada después de que el equipo juegue fuera para comentar aunque sean dos minutos, a él le da vida y a mí, también. Me une a mi padre. Soy del Cádiz porque mi padre (un señor muy grande) me hizo así. A Dios gracia.