Dueños y empleados de 'Casa Manteca', con la bufanda del Cádiz.
Dueños y empleados de 'Casa Manteca', con la bufanda del Cádiz.

Cádiz CF

Los ‘chicucos’ prefieren al Cádiz CF

Hijos y nietos de emigrantes cántabros siguen regentando negocios de ultramarinos y hostelería

Por  16:41 h.

Siempre que el Racing visita el estadio Ramón de Carranza, en el corazón de muchos gaditanos se desata una tormenta de emociones encontradas. Si tiran los colores del lugar en el que uno vive, también tiran los de la tierra de la que partió. Por eso los ‘chicucos’ gaditanos viven estos días con una cierta desazón en el cuerpo, aunque sus hijos y nietos -‘chicucos’ de segunda y tercera generación, aunque ‘chicucos’ siempre- parecen tenerlo más claro: «Estamos más con el Cádiz CF». De niños, sus padres y abuelos dejaron atrás el verde, las lluvias y el barro de los valles de Cantabria para buscarse un porvenir al sol de Cádiz. Pero en las personas, como en los árboles, los años ayudan a echar raíces, y muchos de ellos se han atado ya, definitivamente, al suelo de Andalucía. Mañana, las bufandas que porten los ‘chicucos’ serán de color amarillo, aunque el corazón tiemble también con el recuerdo de ese verde de los valles de Cantabria que hace medio siglo abandonaron -a miles- sus padres, sus abuelos o ellos mismos.

Así les sucede a Tomás y a Pepe, los dueños de ‘Casa Manteca’, enclavada en el barrio de La Viña. Su abuelo, un ‘montañés’ procedente de Selaya, la fundó en 1953. Pero Tomás, el nieto, no tiene dudas: «Como querer, quiero que gane el Cádiz CF. ¡Cualquiera dice lo contrario aquí! Aunque el Racing también lo llevo en el corazón».

En ‘Casa Manteca’ sirven embutido, escabeches, ensaladilla, tortillitas de camarones y, por supuesto, anchoas de Santoña. «La marca que tenemos es ‘El Capricho’», cuenta Tomás.

Lorenzo Ruiz Manteca, el fundador, llegó a Cádiz con diez años procedente de Selaya. Era la edad a la que marchaban los ‘chicucos’, lo que explica este calificativo tan cariñoso que, desde siempre, les otorgaron los gaditanos. Trabajó en otros establecimientos -normalmente lo hacían en almacenes de ultramarinos- hasta que en 1953 fundó el suyo propio.

Los ‘chicucos’ casi nunca iban a la aventura. Algún otro vecino del pueblo, que con años de antelación había abierto ya su propio camino, les recibía, les atendía, les daba trabajo y hogar y les encaminaba en el oficio. Ellos servían en los comercios y, sobre todo, hacían recados y ‘mandados’, de puerta en puerta por todas las casas de Cádiz. Fueron niños trabajadores y despiertos que, así, entre mandado y mandado, se fueron haciendo un hueco en el corazón de los gaditanos.

También los dueños, que nunca dejaban de ser ‘chicucos’ por muchos años que cumplieran, eran muy queridos entre los gaditanos. En años de necesidad, sus almacenes de ultramarinos fiaban. En ninguna casa de Cádiz se quedaron sin comer, en aquellos años. Y esas cosas no se olvidan.

Lorenzo dejó la gestión de ‘Casa Manteca’ en manos de su hijo José -después de que este toreara como novillero en más de cien corridas- y ahora son sus nietos, Tomás y Pepe, quienes lo llevan. Son ‘montañeses’ de origen, pero estos días no exhiben en la taberna la bufanda del Racing, sino la del Cádiz CF.

«Como a un hijo»

Como Lorenzo, muchos niños salieron de Cantabria para emprender aquella aventura. Con los años ganaron en responsabilidad en los establecimientos de acogida y, a menudo, terminaron promoviendo sus propios negocios o, incluso, heredando el de la familia que los acogió. Así le pasó a José Sánchez Seña, responsable del almacén de ultramarinos ‘La Diana’. Trabajó 25 años, desde niño, en casa de otro montañés llamado Isidro Gómez. «Me arrendó el negocio sin traspaso ni nada. A los veinte años de arrendarlo, me dejó el negocio en propiedad. Él murió y la viuda me dijo: ‘Ahí lo tienes, para ti. Así lo habíamos hablado mi marido y yo’. No tuve que darles ni un duro».

Domingo Marcos Cuevas, que con quince años procedente de Bostronizo (Arenas de Iguaña), también guardó los buenos recuerdos: «Me crié en la calle del Toro con un matrimonio de santanderinos. Era ella de nuestro pueblo y él de Villasevil (Santiurde de Toranzo). Éramos cuatro dependientes y todos dormíamos en la misma habitación, pero bien acondicionado todo. Empezábamos como dependientes y casi todos íbamos de encargados a otras tiendas, hasta que podíamos comprarlas, ayudados siempre por nuestros patrones. Me criaron como si fueran mis padres. Me trataron como a un hijo siempre».

Almacenes de ultramarinos

Historias como la de Lorenzo, José o Domingo se encuentran a cientos en Cádiz. No en vano, llegó a haber setecientos almacenes de ultramarinos y la práctica totalidad de ellos estuvieron en manos de ‘montañeses’, que también probaron suerte con zapaterías y otros negocios. La mayoría llegaron con doce o trece años y luego se quedaron allí. Por eso se sigue jugando a los bolos en el Centro Cántabro de Cádiz -la más antigua de España- y en El Puerto de Santa María.

Cántabros afincados en El Puerto juegan a los bolos.

Cántabros afincados en El Puerto juegan a los bolos.

La aportación cántabra al deporte gaditano no se reduce a la implantación de los bolos -un juego de origen celta del que jamás tuvieron noticia en el sur de la Península Ibérica-, sino que acabó por llegar al propio fútbol. Manuel de Diego, por ejemplo, fue durante muchos años presidente de la entidad amarilla. El ‘Mami’ Quevedo, uno de sus jugadores más populares. Las estirpes de uno y otro son carredanas.

Teófila Martínez, alcaldesa de Cádiz entre 1995 y 2015 y hoy candidata del PP al Congreso de los Diputados, procede de Parbayón (Piélagos). La familia de su marido, Santiago Cobo Cobo, de San Roque de Riomiera. Sus apellidos -tres ‘Cobo’ entre los cuatro primeros- no dejan ningún lugar a la duda. No habrá tantas personas en Cantabria que puedan presumir de semejante ‘pedigrí’.

Traspasos entre montañeses

Como Tomás, de ‘Casa Manteca’, Teófila Martínez también estará mañana con el Cádiz CF. Para que no quede ninguna duda, así lo ha manifestado estos días en CANAL AMARILLO. Y algo similar le sucede a Alfonso Ruiz Fernández, otro ‘chicuco’ de tercera generación que regenta junto con su hermana un negocio de hostelería y ultramarinos en el Puerto de Santa María.

Su abuelo llegó procedente de Caviedes (Valdáliga) y en 1914 adquirió la taberna-almacén llamada ‘La Giralda’, en el número 51 de la calle de La Luna (El Puerto de Santa María). Se sabe que en 1860 ya funcionaba este establecimiento. Lo atendía otro montañés llamado Ezequiel Díaz Fernández. Antonio Ruiz de la Canal -el abuelo de Alfonso y Angelita- se lo compró a la familia Muñoz Terán, que era de Cabuérniga. Todo quedaba entre montañeses

«El negocio está igual que como lo tenía mi abuelo», cuenta Alfonso. Tiene mucha clientela y «no se puede imaginar la cantidad de cántabros que vienen por aquí». Eso les hace una ilusión especial, a él y a su hermana, porque «tenemos familia allí -en Valdáliga- y seguimos en contacto con ellos». «Nuestros primos son Toñín, el hijo del maestro, y su hermana Juana», añade. Ahora bien, Antonio Ruiz de la Canal -el abuelo- «no fue como los otros ‘montañeses’ de la época, que iban a casarse a La Montaña»: Antonio contrajo matrimonio con una portuense.

‘La Giralda’ aun conserva, en la trastienda, la habitación en la que se alojaron hasta cuatro dependientes, todos ellos llegados de Cantabria. Allí escuchaban las retransmisiones radiofónicas los domingos por la tarde, para enterarse de los resultados del Racing. Pero eso ya es historia para los ‘chicucos’ de segunda y tercera generación. El propio Alfonso lo confiesa: «¿Ahora mismo…? Ya tiramos más para el Cádiz que para el Racing».

«Me vine con doce años. ¡Lo que lloré!» 

Eladio Gutiérrez llegó a Cádiz de pequeño y regenta un almacén.

Eladio Gutiérrez llegó a Cádiz de pequeño y regenta un almacén.

Durante siglos, la llegada de ‘montañeses’ a Cádiz fue una constante. Muchos de quienes partían con la idea de viajar a América -desde Cádiz partía la Carrera de Indias- se quedaron en España en última instancia. Gracias a ello surgió una importante colonia de emigrantes cántabros, la mayoría de los cuales se dedicó al negocio de la alimentación. Cuando ya no era preciso pasar por Cádiz para viajar a América, los ‘montañeses’ gaditanos siguieron reclutando ‘chicucos’ de sus mismos pueblos.

Fue así hasta los años cincuenta. Entonces el flujo se detuvo. Eladio Gutiérrez, de Bostronizo (Arenas de Iguña), pertenece a la generación de los últimos que llegaron. Su historia es muy representativa. «Con doce años, el maestro del pueblo le dijo al padre mío: ‘No tengo más para enseñarle’. Entonces tenía que ir a estudiar a Los Corrales y a mi padre le escribió una carta un primo suyo por si quería ir a Andalucía. Y me vine. Me trajo mi padre en el tren. Ahora, si a los ocho días viene mi padre a buscarme, me vuelvo con los ojos cerrados. ¡Lo que lloré…!». Luego las cosas le fueron bien y en su empresa de alimentación llegó a tener más de cien empleados. Es uno de los ‘chicucos’ más popular y reconocido de Cádiz