Alberto Cifuentes fue expulsado en Lugo
Alberto Cifuentes fue expulsado en Lugo

Cádiz CF

La agitación de un líder atenazado

Las expulsiones de José Mari, en Gijón, y de Cifuentes, en Lugo, trascienden de lo deportivo a lo psicológico

Por  8:00 h.

La activación del equipo es total. Demasiada incluso en algunos momentos. La tensión en el vestuario del Cádiz CF está fuera de toda duda. Los hombres de Cervera, que lideran la clasificación con cierta comodidad, no terminan de relajarse pese a los consejos de un entrenador que sigue pensando que sus muchachos siguen estando sobre el verde algo atenazados, víctima de una presión desmesurada. No es para menos. Sobre el tapete hay mucho en juego. Un sueño, ni más ni menos.

Y no puede decirse precisamente que son los veteranos los que más llaman a la calma. O sí, podrán llamar a ella pero desde luego que no están predicando con el ejemplo.

Sin ir más lejos, las dos últimas visitas del conjunto gaditano que se han saldado con una derrota en El Molinón y un empate en el Anxo Carro han dejado un par de lances en los que esta tensión desmedida se ha comprobado en forma de expulsiones. Los protagonistas han sido dos de los hombres que van a ciegas con su entrenador: José Mari y Alberto Cifuentes, dos componentes con galones dentro de la guardia pretoriana de su entrenador.

Ni que decir tiene que ambos cargan con la responsabilidad de un vestuario que se desvive por un ascenso que se lleva labrando desde el pasado año que comenzó la temporada. Es tanta la ilusión y tanto el goloso premio que medir la ansiedad no es nada fácil. Ni siquiera para los más mayores.

El mismo entrenador reconoce que al equipo le falta fluidez y que debe soltarse un poco puesto que parece sujeto a unas tenazas que le hacen mantenerse rígido, tan rígido que a veces está cerca de estirarse tanto que se va a romper. Los pupilos de Cervera tienen, seguramente, una extramotivación que llegada al campo no se está transformando en lo que a este equipo le sentaría muy bien, calma y tranquilidad en momentos determinados.

Jugadores como Álex Fernández, Fali o Cala se pierden, a veces, en discusiones con los árbitros que no conducen más que a restar concentración a un equipo que vive de ella.

Dos ejemplos

No hay mejor muestra para argumentar los nervios que experimenta un líder a prueba de bombas que las dos últimas expulsiones, acaecidas además, lejos del cálido hogar.

La primera fue en El Molinón ante el Sporting de Gijón. El once asturiano se había adelantado en el marcador en el minuto 53 tras un espléndido cabezazo de Álvaro Vázquez y, como era normal, el Cádiz CF intentó buscar el empate, algo a lo que ni se acercó debido a un juego impreciso, errante y sin profundidad alguna. Más complicado lo tuvo después de que José Mari dejase al equipo con uno menos tras ser expulsado por una entrada muy dura, a destiempo y totalmente injustificada. Tan fea fue que al roteño le importó un pimiento la expulsión con tal de disculparse con el rival al que había dañado y asegurarse que no lo había lesionado de gravedad. Aceptó la roja e hizo autocrítica. Y es que las prisas y los nervios fueron los únicos consejeros de un veterano que creyó haber perdido el sitio y se fue, sin pensárselo dos veces, al suelo para parar como fuera una jugada que no debía tener mayor trascendencia.

Pasó ese encuentro, esa derrota y llegó la victoria ante el Almería pero no la tranquilidad que debió aportar. Al menos a Cifuentes, el siguiente en ser expulsado con una roja directa por una causa parecida a la de José Mari dos semanas antes. En este caso, el arquero, producto de la agitación y de una atención ligeramente desviada por la presión, no midió bien su salida y salió a las bravas llevándose por delante a Gerard Valentín, al que mandó al hospital.

El rostro del portero fue similar al de José Mari en Gijón. Cariacontecido y entendiendo no entender lo que de sobra entendía mientras dialogaba sin hablar con el árbitro. Se había equivocado y lo sabía y, para más inri, había lesionado a un compañero. Y todo, producto de una agitación que atenaza al líder, que ni decir tiene que no se ha relajado.