AlpinismoEl lado más íntimo de Kilian Jornet

En el documental «Path to Everest», el ultraatleta desnuda su alma, sus miedos, sus demonios. Los que la montaña le ha mostrado y de los que la montaña le salvó

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Quería ser contador de lagos. Una profesión de los más normal para un niño que tenía la montaña como jardín de juegos y escuela y con tres años ya subía más allá de los 1.000 metros. Quería ganar todas las carreras de montaña que veía y se hizo una lista para completarlas durante su vida. Las ganó todas antes de los 25 años. Quería subir al Everest. Y lo hizo. Dos veces. Seguidas. En menos de una semana. Sin oxígeno. Subir y bajar. Pim. Pam. Kilian Jornet ya planea otras metas. Y son tan grandes como él quiera.

Son las cumbres, las cimas, las montañas, lo que le da paz, donde es feliz, libre, él mismo. Descubrió en ellas el camino para orientar sus alocadas hormonas adolescentes, su refugio en momentos de no entender nada de la vida, ni siquiera de sí mismo. Descubrió en la competición una forma de la vida que él quería llevar. Pero son las cumbres, las cimas, las montañas y la competición lo que también le han dado tormentos y lo han llevado a enfrentarse al abismo. A veces, al fondo solo hay un reflejo que esconde el mayor reto de todos.

La presión

Es así, al desnudo y con todas sus aristas, cómo Kilian Jornet se muestra en «Path to Everest», el documental donde explica el mayor de sus retos hasta el momento: «Summits of my life», que completó con dos ascensos a la cima más alta del mundo. Pero, como bien dice en la cinta, lleva preparándose para ese ascenso desde los tres años. En ese camino, tan tortuoso como lo es la propia montaña, Jornet muestra su lado más íntimo. Con palabras de su madre, su pareja, su primer entrenador, su mentor, sus ídolos e incluso otros alpinistas que nunca lo tratarán de igual a igual. Porque a veces, hasta el mismo Jornet lo ha aprendido, no todo se mide por tiempo.

Eso no lo sabía cuando vio que las carreras se convirtieron en su pasión. La competición, lo que lo impulsaba a cumplir récords en cada cumbre. Pero no encontró herramientas para separar las victorias de la fama y en el lugar donde respiraba vida, le empezó a faltar el aire. Quería saltar, ser el más rápido, pero no un ídolo. «Me sentía sucio. La gente me admiraba por ir rápido. Pero no sabían nada de mí», se expresaba en 2011, cuando sus éxitos, la gasolina que lo levantaba cada día, lo acabaron envolviendo en una corriente autodestructiva.

Decidió cambiar su prisma, alejarse de todos para encontrarse a sí mismo. Repensar la montaña. Y halló en el alpinismo «minimalista» una nueva forma de ser feliz sobre las cumbres. Sin casi material, sin radio, desnudo ante la montaña. «Summits of my life». El proyecto le salvó la vida.

La muerte

Pero también le quitó un trozo de su alma llamado Stéphane Brosse. Su amigo, guía, maestro, cayó mientras daban un paseo por el Mont Blanc en 2012. Justo a unos metros de donde él estaba. «¿Por qué fue él? ¿Por qué no fui yo?», se preguntó Jornet durante mucho tiempo. Algo propio cayó con Brosse. Una parte de integridad, de inocencia, de amor y de pasión. Y volvió la autodestrucción. «No me gusta el alcohol, pero después de las carreras bebía. Me emborrachaba cada semana», se desnuda Jornet frente a la cámara.

Las montañas, tan contradictorias y cambiantes que ofrecen su lado luminoso y el más oscuro en el minuto siguiente, fueron la muerte y la vida. Regresó a ellas, a por las cumbres de su vida. Cervino, Elbrús, Mont Blanc, Everest. En el camino, una mano guía, Emelie Forsberg, su pareja y su equilibrio. La promesa de no hacer locuras. De que gane la cordura por encima de la pasión. «Estoy a 450 metros. ¿Qué hacer? No, me bajo. Está difícil. Llegaría a una hora que no. Pero está a 450 metros. Aaaagh», se debate ante la cámara. Jornet, como las montañas, tan cambiante y contradictorio.

Nuevos retos

Solo él y las montañas lo conocen en profundidad. En sus huellas, sus récords y sus trofeos solo deja entrever algo de su tremenda fortaleza física y mental, algo de su poderosa mente, algo de su extraordinaria visión de las cosas mundanas y divinas. Quizá hoy no es contador de lagos, pero Kilian Jornet ha contado muchos en las carreras y las ascensiones que acumula en sus piernas. Ha respirado el aire de las cumbres más altas; y de ver amanecer en ellas ha alimentado su forma de ver la vida. Ya piensa en nuevas cumbres para respirar otros mundos.