BoxeoLa historia del boxeador negro que desafió al fascismo italiano

El régimen de Benito Mussolini intentó silenciar los éxitos de Leone Jacovacci, deportista italiano de origen africano

MadridActualizado:

La historia de Leone Jacovacci es la de un deportista que tuvo que huir de su patria para poder ganarse la vida, volvió para proclamarse campeón y fue condenado al ostracismo por el régimen fascista que entonces estaba en el poder. Su historia es una más de aquellas en las que el racismo privó de la gloria a una persona por su color de piel. Hoy sería desconocida si no hubiese sido por el empeño de varios contemporáneos que indagaron hasta sacarla a la luz. Entre ellos, Mauro Valeri, autor de «Negro de Roma: historia de Leone Jacovacci, el invecible mulato itálico» (2008) y Tony Sacucci, director del documental «Il pugile del Duce» (2017).

Todo comenzó en África. Jacovacci nació en Sanza Pombo en 1902, territorio angoleño en la actualidad y congoleño entonces. Hijo de una madre nativa y un padre italiano, Jacovacci cambió África por Europa cuando tenía tres años. Su familia se mudó a Roma en 1905. En sus calles vivió su infancia y fue en la capital italiana donde, además, sufrió por primera el racismo. Por ello, con 16 años decidió embarcarse en una aventura a Inglaterra. Se cambió el nombre a John Douglas Walker y se hizo pasar por un joven indio para subirse a un barco en Tarento e iniciar así una nueva vida lejos de Italia. Se alistó en el ejército británico, sin saber lo que le iba a deparar el destino.

«¿Sabes boxear?», le preguntaron. «No», respondió. «Pero te habrás peleado alguna vez, ¿no? Pues esto es lo mismo». Así comenzó Jacovacci en el boxeo. Era 1919. Se estrenó contra Ted Coveney y ganó sus primeros cinco combates contra luchadores ingleses. Lo hizo bajo el apodo de Jack Walker, en honor a Jack Dempsey, boxeador estadounidense recién proclamado campeón mundial de los pesos pesados. En los rings británicos se hizo un nombre y en 1921 se marchó a probar suerte a Francia. Jacovacci, ahora Walker, siguió sumando victorias y sus guantes empezaron a llamar la atención de los aficionados de este deporte. Y entonces llegó la pelea que daría un giro a su vida.

Un lapsus revelador

En 1922 hizo un paréntesis en su exitosa trayectoria en Francia para volver a Italia. Solo se trataba de una pelea. Enfrente estaba Bruno Frattino, campeón italiano de peso medio. Miles de espectadores llenaron el Teatro Carcano de Milán. Jacovacci perdió a los puntos el combate, pero dejó para la posteridad un lapsus que le perseguiría de ahí en adelante. Unas palabras en italiano a su entrenador desvelaron una nacionalidad hasta entonces desconocida. «Dammi dell'acqua, veloce!», dijo. Jacovacci no era un extranjero como se creía, era un italiano como los miles que había en las butacas.

Revelada su identidad, Jacovacci inició los trámites para lograr la nacionalidad. Por aquel entonces era necesario un periodo de cuatro años de ciudadanía para adquirirla, algo sobradamente superado durante su infancia en Roma. Sin embargo, el fascismo puso todas las trabas para que no la consiguiera. La densa burocracia trató de impedir que Jacovacci, un negro, lograra la nacionalidad que le pertenecía por derecho propio. Esta lucha, con el paso de los años, la acabó ganando el boxeador.

Y otra vez un combate, el más importante hasta la fecha para Jacovacci, terminó condenando su destino.

Un título ocultado por el fascimo

Mario Bosisio era el boxeador referente del régimen de Benito Mussolini. El orgullo del fascismo italiano. Era, además, el campeón nacional y europeo. Jacovacci se vio las caras por primera vez con él en un ring el 16 de octubre de 1927. Ganó, pero su victoria fue anulada. En 1928 se volvieron a encontrar. Esta vez no era Jack Walker, era Leone Jaccovacci. El 28 de junio de aquel año el estadio de Roma se abarrotó con 40.000 personas. Entre ellas, altas personalidades del régimen, incluida la hija de Benito Mussolini.

Jacovacci ganó el combate con el veredicto unánime de los jueces. El hombre negro, fuerte y poderoso se impuso al rubio, técnico y elegante. La vergüenza del régimen frente al orgullo de este. Jacovacci era campeón de Italia y de Europa. Sin embargo, su victoria fue ocultada por la censura. «No existe ni una foto de Jacovacci en la que salga con el cinturón de campeón ni con el trofeo», cuenta Tony Sacucci.

Las pocas crónicas que informaron del combate estuvieron empapadas, además, de un racismo vergonzante. Benito Mussolini ordenó eliminar todo el material referente a esta pelea. El triunfo de Jacovacci iba a ser silenciado durante décadas.

Ante esto, Jacovecci optó por volver a salir del país, de la tierra donde había crecido, de su patria. Los siguientes años compitió por toda Europa, volviendo de vez en cuando a Italia, sin gozar, eso sí, del reconocimiento que debiera. En 1930 volvió a enfrentarse a Mario Bosisio, aunque esta vez perdió. Un año después protagonizó su única aparición en España. Fue en el Teatro Circo Olimpia de Barcelona, ante el boxeador español Luis Logan. Aquella fecha también perdió.

Trágico final

Jacovacci fue una víctima más del fascismo que inundó Europa aquellos años. Él, que pese a haber nacido en el Congo se sentía italiano, nunca se manifestó antifascista. Todo lo contrario: siempre dijo que amaba a su país. Su color de piel le privó del reconocimiento que merecía como el campeón que llegó a ser. Tuvieron que pasar casi cien años para que su historia saliera a la luz y fuera conocida por el gran público: Leone Jacovacci, el boxeador negro que enfadó a Benito Mussolini.

Jacovacci falleció en 1983 en Milán. En sus últimos años ejerció de conserje y sorteó a la muerte hasta en siete ocasiones en las que sufrió un ataque cardíaco. Su legado es un ejemplo de lucha contra el racismo, del que consiguió sobreponerse logrando un centenar de victorias a lo largo de su trayectoria, suponiendo una de ellas un auténtico desafío para Mussolini. El destino quiso que el año de su muerte, Sumbu Kalambay se proclamara campeón del mundo. Fue el primer italiano negro en conseguirlo. Este, a diferencia de su compatriota, sí gozó del merecido reconocimiento.