Cathy Freeman atendió a ABC en la antesala de los Premios Laureus 2019 en Mónaco
Cathy Freeman atendió a ABC en la antesala de los Premios Laureus 2019 en Mónaco

AtletismoCathy Freeman: «Muchos australianos nunca habían visto a una aborigen»

Sus éxitos sobre la pista la convirtieron en una de las mejores atletas de Australia, sus gestos fuera de ella en un icono para su comunidad y su país

MadridActualizado:

Cathy Freeman empezó a correr con el mejor argumento que se puede tener: le hacía feliz. Tenía once años y soñaba con ser la más rápida, algo que acabaría consiguiendo varias veces a lo largo de su carrera. Su trayectoria podría haberse resumido en que fue una de las mejores atletas australianas de la historia, pero su legado va más allá de lo meramente deportivo. Sin perder de vista su pasado, Freeman fue forjando un futuro en el que su comunidad, la aborigen, tuviera una mayor y mejor representación. «La historia de mis predecesores es una historia de coraje», contaba a ABC antes de la entrega de los Premios Laureus 2019. Freeman es una mujer valiente que terminó convirtiéndose en un icono nacional y que, dos décadas después, dedica su vida a ayudar a los demás.

«Reconozco la posición a la que llegué, pero nunca perdí mi conexión con mi comunidad, con la gente a la que pertenezco», empieza diciendo. Sus orígenes son humildes. Su abuela perteneció a la «generación robada», aquellos niños aborígenes que fueron arrebatados a sus familias para que se «adaptaran» a la cultura anglosajona imperante. Su abuelo llegó a estar en prisión por protestar por el salario que entonces recibían los nativos en los campos, de apenas dos dólares. Por ello, cuando las piernas de Freeman empezaron a destacar sobre el resto, no dudó en utilizar su éxito para reivindicar a su pueblo: «Es importante que esa historia se conozca, sobre todo para mí».

Todo empezó en Barcelona

Freeman comenzó a hacer historia en en 1992. En Barcelona se convirtió en la primera aborigen en participar en unos Juegos. Preguntada por aquello, esboza una sonrisa y comparte sus recuerdos: «Fue increíble. La ciudad con el mar era maravillosa y fue muy importante para mí participar y entender qué tenía que hacer, coger experiencia y enriquecerme. Era muy joven. Recuerdo Las Ramblas, al fantástico equipo de baloncesto estadounidense, a Michael Jordan, a Maria-Jose Perec...». No logró ninguna medalla, pero su carrera solo acababa de despegar.

«Algunos se han resistido a aceptar que los aborígenes éramos los primeros en esta nación. Falta empatía»

Dos años más tarde su talento explotó. En 1994 fue campeona en los 400 metros, en 1996 fue plata en Atlanta y en los Mundiales de Atenas 1997 y Sevilla 1999 consiguió el oro. Freeman volaba sobre las pistas, pero nunca olvidó de dónde venía. Por ello, en 1994 protagonizó en Victoria (Canadá), en los Juegos de la Commonwealth, un gesto que pasó a la posteridad: tras ganar el oro se envolvió en la bandera aborigen. Aquel paño rojo, negro y amarillo se posó sobre sus hombros y adquirió un gran significado. «El gesto fue tan importante porque necesitaba compartir mis raíces y mis sentimientos. Estaba en mi mano que la gente lo viera. Había australianos que nunca habían visto a una aborigen. Para mi comunidad, yo representaba esa posibilidad».

Aquel gesto, hoy aplaudido, no generó entonces tanto consenso: «No todo el mundo estuvo de acuerdo, aunque la mayoría lo respetaba. Por cualquier razón, algunos no tenían intención de entender la historia de cada uno. Sin embargo, algunos sí sentíamos que podíamos trabajar juntos». Aquello aspiraba a convertirse en un reconocimiento mutuo entre distintas comunidades, todas ellas australianas. «Estoy realmente honrada de poder haber hecho lo que hice. Era un símbolo de unión y quería mandar un mensaje a los australianos para estar unidos», confiesa ahora.

«El gesto fue tan importante porque necesitaba compartir mis raíces y mis sentimientos»

Aun así, y pese a que nunca renegó de la bandera australiana y siempre la portó, Arthur Tunstall, jefe de la delegación nacional, censuró su gesto. «Yo ignoré completamente las opiniones de quienes me criticaron», dice Freeman. El primer ministro Paul Keating sí la respaldó. Seis años después fue la elegida para encender el pebetero en los Juegos de Sídney. Para entonces ya era una reconocida activista por los derechos de los nativos australianos. «Llegará el tiempo en el que jugaré un papel más decisivo en la política y los asuntos aborígenes», había dicho años antes.

Freeman es una de las atletas más reconocidas de la historia. El talento que poseía en sus piernas le permitió abrirse camino en el mundo del atletismo, el cual utilizó como altavoz. Por ello, hoy es una de las embajadoras de los Laureus. Además, con su fundación trata de acercarse a su comunidad, ayudando a «las mujeres que más lo necesitan». Y es que el pueblo aborigen aún tiene mucho por lo que pelear: «Si se habla sobre educación, salud, independencia económica o representación institucional, aún tenemos importantes retos ». Sus logros en la pista la convirtieron en un icono nacional, sus gestos fuera de ella en uno mundial. Freeman volvió a sacar la bandera aborigen en más ocasiones. Lo hizo para hacer justicia al tatuaje de su brazo derecho: «Cos I’m free», «Porque soy libre».