Andy Hug (i) golpea con su técnica más característica, el «kakato»
Andy Hug (i) golpea con su técnica más característica, el «kakato» - YOUTUBE
Kickboxing K-1

Andy Hug, la trágica leyenda del samurái de los ojos azules

El control del cuerpo y de la mente; el respeto, sacrificio y la disicplina eran los valores que encarnaba el luchador que falleció a los 35 años cuando preparaba su siguiente pelea

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Hay luchadores cuya vida está destinada a acabar en una gran pantalla de un modo u otro. Andreas «Andy» Hug escaló hasta la cumbre de su vida para convertirse en uno de ellos. Pero con un final triste. Muy trágico. Un deportista con un halo místico. Amante de la espiritualidad, consiguió ganarse el respeto y admiración de todo el mundo, por su carácter y su forma de ser, también por su espectacular modo de pelear. Especialmente de Japón, donde era considerado un «ser superior» por su trayectoria en el karate y el kickboxing. Tal fue su importancia en este país que el fundador del K-1 (una modalidad de kickboxing que incluye el golpeo de rodilla), Kazuyoshi Ishii, le concendió el título de «Samurái Honorario».

En 1996 fue campeón del K-1 World Grand Prix (WGP), un torneo eliminatorio de origen nipón donde competían los mejores peleadores de kickboxing del mundo. Los dos años siguientes consiguió llegar a la final. Con su vistoso estilo proveniente del karate se hizo famoso a nivel mundial. Dos golpes sobresalían de los demás: el «kakato» o patada hacha (levantar la pierna por encima del oponente y golpear de manera descendiente con el talón) y la patada en giro también con el talón sobre el muslo del oponente. Durante su trayectoria deportiva derrotó a luchadores de la talla de Jerome LeBanner, Ernesto Hoost, Peter Aerts o Mirko Cro Cop. Sin embargo, su recorrido hasta el estrellato no estuvo exento de contratiempos.

Andy Hug golpea a un rival
Andy Hug golpea a un rival- YOUTUBE

Andy Hug (Suiza, 7-9-1964) nunca llegó a conocer a su padre Arthur, un soldado perteneciente a la legión extranjera que falleció en Tailandia en extrañas circunstancias. A su madre, Madelaine Hug-Baumann, rara era la ocasión que pudo verla. Por ello, creció con sus dos hermanos junto a sus abuelos en la ciudad de Wohlen (Suiza). A los once años se inició en el karate, estilo «kyokushinkai», una de las modalidades más practicadas. El joven Andy Hug ya perseguía una filosofía basada en la evolución personal mediante el control de la mente y el cuerpo. Gracias a sus intensos regímenes de entrenamientos y su disciplina, con 13 años ya gozaba de un talento superlativo y sometía a todos sus rivales en las competiciones amateurs. Cumplida la quincena ganó el torneo mundial «Oyama Cup». Dos años más tarde ayudó a fundar una escuela de karate en Suiza. Ya era miembro de élite del equipo nacional de karate. Con 20 años ya era un luchador único en su especie, un referente en las habilidades técnicas y mentales.

Su carrera en el karate ya había despegado y no iba a haber manera de pararla. Sus ataques en la peleas eran impredecibles. Giros imposibles y flexibilidad de goma ganada a base esfuerzo. De entrenamiento. Conquistó los campeonatos neerlandeses. Luego la Copa de Europa en Hungría. En 1983, compitió en el campeonato mundial de karate «kyokushinkai» donde comenzaron 80 luchadores sin límite de peso. Victoria a victoria se coló entre los 16 mejores. Años más tarde, llegó a la final de su segundo campeonato mundial, hito que lograba por primera vez un luchador nacido fuera de las fronteras de Japón. Un año más tarde se hizo cargo de la selección nacional suiza para compartir su experiencia y conocimientos con otros deportistas. Y realizó un trasvase hasta el estilo de karate «seidokan». Ya era todo un auténtico profesional. Así llegó el año 1993, que se fundó el K-1 WGP. Comenzaba su salto de los tatamis a los rings. Como siempre hizo: con máximo respeto y concentración de samurái. Exprimiendo hasta límites insospechados su capacidad incorpórea.

Andy Hug, concentrado en Japón
Andy Hug, concentrado en Japón- Youtube

Andy Hug nunca rehuyó ningún combate. Un luchador hecho a sí mismo aficionado a las costumbres niponas. Siempre en busca de la paz y la tranquilidad. Menos en el ring, donde daba hasta el último ápice de su esfuerzo. Estuvo tres años compitiendo en K-1. Ganando, pero también conociendo la derrota, como le sucedió frente a Ernesto Hoost o Mike Bernardo, dos grandes de este deporte. Pero la persistencia y resiliencia de Hug era de otro planeta. De ese planeta abstracto en el que siempre intentó vivir. En 1996, llegó su coronación como deportista. Su mayor logro. El suizo, conocido como el «samurái de los ojos azules» (aunque realmente los tenía marrones) puso sobre sus pies a todo el país nipón. Conquistó el K-1 WGP –la mejor competición del mundo en lucha de pie–, tras derrotar en el mismo día a Van Der Merwe, Ernesto Hoost y Mike Bernardo en la final. Una doble revancha sin rencor.

Los dos años siguientes quedó subcampeón del K-1 WGP. En el de 1997 derrotó a Satake y al campeonísimo Peter Aerts, pero perdió la final frente Ernesto Hoost. Al siguiente, en este toma y daca particular, Aerts se llevó el título de campeón en la final frente al suizo. En esta época Andy Hug era el luchador que llenaba las gradas. El que aseguraba las taquillas. El joven chico menudo criado por sus abuelos ya era una superestrella. Se había convertido en el que mejor cobraba en la historia de las artes marciales, pero es que generaba mucho más. Lejos de ser un «showman», su trabajo y humildad atrajo a miles de aficionados al K-1. Ya en junio del año 2000 tuvo un combate en casa (Zúrich) frente al mítico Mirko Cro Cop. Una auténtica batalla de espartanos que se llevó el suizo a la decisión. Un mes más tarde realizó la que, sin saberlo, iba a ser trágicamente su última pelea. Nobu Hayashi contará siempre con el honor de haber sido la última víctima del noble Andy Hug.

Peter Aers, amigo y rival, visita la tumba de Andy Hug en Japón
Peter Aers, amigo y rival, visita la tumba de Andy Hug en Japón- livekickboxing

Ya corrían malos tiempos pues se había separado recientemente de su esposa. Él estaba convencido en que, pese a su edad, iba a continuar en busca de otra pelea. De otro reto. Pero la batalla más dura y, contra la que nunca consiguió imponerse, estaba por llegar. A principios de agosto del 2000 Andy Hug fue diagnosticado de leucemia aguda, que llevaba un tiempo destrozando su cuerpo. El suizo había estado peleando enfermo. Y seguía tumbando a los rivales. Con garra y coraje. Con la fuerza que le daba su hijo que llevaba pocos años en el mundo. «Quiero informarles sobre mi estado de salud para que pueda luchar junto a vosotros contra esta enfermedad. Ella es el mayor oponente de todas mis peleas. Pero voy a ganar», escribió a sus seguidores. Ya no iba a ser posible frenar a este maligno contendiente. El 23 de agosto entró en coma irreversible y fue conectado a una máquina. Pero su corazón no aguantó más. Solo 22 horas después fallecía sin llegar a cumplir los 36 años en el hospital de Tokio por un fallo orgánico múltiple.

Cuenta Michael Schiavello que Peter Aerts, uno de los amigos más cercanos de Andy Hug y de los rivales más duros del circuito de K-1, se dirigió al hospital de Tokio al enterarse de la enfermedad, pero ya era demasiado tarde. En el momento en que llegó Hug estaba muerto. Aerts, tres veces ganador del K-1 World Grand Prix, y que, antaño fue considerado como el luchador más temido del planeta, no pudo contener la tristeza. Se derrumbó. Y lloró. Lágrimas de sinceridad. De respeto. De admiración. Su cuerpo fue incinerado y sus cenizas depositadas en un templo de Japón, como él había pedido. El país nipón también lloraba. Se lamentaba. Aunque su leyenda seguirá sempiternamente viva. Porque Andy Hug fue más que un guerrero. Fue el «samurái de los ojos azules».