Alberto López Simón, en el momento de la cogida
Alberto López Simón, en el momento de la cogida - Paloma Aguilar

El «VAR» del tendido: «¡No quiero verlo!»

Estremeció la cogida de López Simón en la faena más emotiva al buen «Garabito I»

Rosario Pérez
MadridActualizado:

«Francamente, querida, me importa un bledo lo que le parezca a la gente». La frase parecía sacada de «Lo que el viento se llevó», y la verdad es que aquella película eterna bien podría haberse rodado ayer en Las Ventas, porque Eolo robó naturales y embestidas [dentro de la mansa corrida del Puerto de San Lorenzo] en una tarde que la afición resumió en corto y por derecho, de distinta forma y con idéntico fondo: «Un petardo, un rollazo, un aburrimiento... Con un airazo imposible».

Pero aquella frase inicial no se refería a Rhett Butler y Scarlett O’Hara, sino a la faena de López Simón con «Garabito I»: Álvaro, en el bajo del «2», valoraba la «épica» del torero, y su mujer, Paloma, se quedaba con la «gran embestida» del ejemplar. Una fila más atrás, ensalzaban la comunión entre ambos, que a punto estuvo de «ser de funeral».

Estremeció la cogida a López Simón en unas bernadinas de infarto, modificando el viaje: se lo echó a los lomos y los pitones volaron por la cara, el cuello... Dramática la escena: «¡Lo ha matado!», gritaba una joven mientras se tapaba la cara. «¡No quiero verlo, no quiero verlo!», repetía a modo de García Lorca –en versión masculina– en «La sangre derramada». Pero se obró el milagro y regresó por el mismo palo con la atenta admiración del jugador Álvaro Odriozola. Grogui y con la tez blanquecina por la durísima paliza, López Simón tiró la muleta al entrar a matar, como encunándose, pero ni el del Puerto ayudaba ni el de Barajas poseía la fuerza necesaria. «Está pálido, no puede ni con la espada», comentaba Antonio José.

El acero arrebató un probable premio y eso era lo único que dolía al madrileño, que había prendido la chispa desde los pases por alto atornillado en la arena. «Garabito I», número 105, de 577 kilos, tenía un son extraordinario: humillaba deliciosamente, con una clase que no se vería en el resto del deslucido conjunto ganadero. «Vente, bonito», animaba al toro, que regaló un viaje zurdo superior. Hubo una serie al natural fabulosa, rematada con una trincherilla y el de pecho, «atalavantado», dentro de una labor con ciertas carencias, pero con una indiscutible entrega. «¡Qué cerca se lo está pasando, qué valiente!», señaló uno. Discrepaba su compañero: «Ha sido la única tanda buena de verdad, pues no ha terminado de coger el ritmo». Entre dos aguas quedó la cosa. Manolo Álvarez lo resumió así: «Quien da lo que tiene no está obligado a más».

Aquel tercer capítulo fue el más emotivo de una tarde en la que los profesionales no dejaban de mirar los papelillos y las banderas, literalmente enrolladas. Por momentos se formó una tremolina, palabra que Mónica Fernández-Aceytuno definió como «un viento bullicioso». En los aledaños de la plaza, los árboles agitaban sus ramas con un ingrato silbido. «No se podían sacar los toros de las rayas y así no se puede saber bien qué hubieran desarrollado en los medios», explicaban dos banderilleros.

A la entrada, Serafín Marín le preguntaba a Fortes por su estado. Y en el patio de arrastre se hablaba de la mala suerte de Emilio de Justo, que se perderá su esperada cita con Baltasar Ibán por una nueva lesión. Román, el torero de la sinceridad desnuda, ocupará su puesto el domingo.