Ángel Peralta marcó un antes y un después en el toreo a caballo
Ángel Peralta marcó un antes y un después en el toreo a caballo - ABC

En recuerdo de Ángel Peralta

Este domingo se cumple un año de la muerte del inolvidable Centauro, que desde su montura adquirió una visión panorámica del gran teatro del mundo

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Mañana, 7 de abril, se cumplirá el primer aniversario del fallecimiento del caballero Ángel Peralta Pineda. Muchas han sido las elegías escritas desde el desgarro que supuso su pérdida, no en vano fue un personaje de leyenda al que siempre le acompañó el respeto y reconocimiento del pueblo.

Desde su montura adquirió una visión panorámica del gran teatro del mundo, el cual no se limitaba, ni mucho menos, a la Fiesta Nacional, ni a su Sevilla natal. Pensaba, como Calderón de la Barca, que todos encarnamos un papel en la escena de la vida inspirados por el libre albedrío y el genio. En ambas cualidades Ángel Peralta fue sobresaliente.

«Galopando, Galopando,

por los ruedos de la vida;

llevo las riendas prendidas

en la cintura del mando».

Ángel Peralta era una persona con un gran concepto de los demás, lo que le hacía ser muy exigente consigo. Sus actos estaban orientados por una entrega sin condiciones previas y sin esquivar el riesgo de mirarse en el espejo de su propia realidad: «El hombre aspira más que lo que teme». Le rebelaba el injusto determinismo que condena a los más desfavorecidos: «Todos los pájaros comen trigo y las culpas para el gorrión». Este pensamiento denota su profunda convicción solidaria, que emerge de un compromiso innegociable con la decencia, con la verdad, si se quiere: «Torear es engañar al toro sin mentir». No admitía subterfugios ni en el toreo ni en la vida. Era un hombre por derecho al que las circunstancias no le alejaron de lo correcto.

Era un hombre espiritual en un sentido laico. No era, sin embargo, un capillita, como dicen por su tierra. Creía en la reencarnación de la energía en hombres que recogen el testigo de otros para continuar la obra de la Humanidad. «La muerte es como una criba, el cuerpo se queda abajo y el alma vuela hacia arriba». Este sentimiento se fue acentuando conforme se acercaba a la edad postrera.

Ángel Peralta era un relativista que no concebía la relación espacio-tiempo como ámbitos vacíos. El espacio no era un agujero negro, sino un reto, una empresa, una realidad sobre la que actuar. El tiempo no era un lapso entre un antes y un después, sino un flujo de hitos marcados por sus acciones. No creía en los golpes de suerte, ni, mucho menos, en los arrebatos del momento: «Un espuelazo a destiempo, le duele aquel que lo da», sino en el trabajo tenaz y ordenado, que tiene un punto de partida y uno de llegada: «Al caballo como al hombre lo doma el tiempo».

Su mente racional no esperaba respuestas, le atraían más las preguntas. Hizo de la interrogante duda su refugio intelectual: «Si dudas, no dudes de la existencia de la duda». La inquietud por la ciencia, y su método, ha dejado un rastro muy reconocible de invenciones que han revolucionado, no solo en la tauromaquia, sino la hípica, la veterinaria … el arte y el pensamiento. Su personalidad poliédrica, más propia del renacimiento que de su tiempo, se ha fraguado en la forja de Leonardo.

Ángel Peralta era todo un carácter: tan arrollador como empático, tan discreto como galante. «Todos dicen te quiero y te dejan de querer cuando lo bonito es encontrar amores nuevos en una misma mujer»… Tan atento como sensible. Cortejaba, se enamoraba, no con las palabras de lava de un embaucador, sino con el sentimiento que respeta y ensalza el amor sincero.

«En la distancia te sigo y en la distancia te encuentro

Porque te llevo tan dentro que es así como consigo

Tenerte siempre conmigo abrazada al sentimiento».

Le rodeaba una aura tan atractiva y carismática que su mera presencia inundaba de luz los terrenos que pisaba. En los ruedos generaba una admiración equivalente a la solidez de su peso específico como rejoneador. Don Ángel marcó un antes y un después en el toreo a caballo.

Ángel Peralta, con su libro «La sabiduría de un jinete»
Ángel Peralta, con su libro «La sabiduría de un jinete» - R. Serrano

Actualizó el hardware de la profesión. Ahí han quedado el diseño curvo de la espuela respetuosa con los flancos del caballo, los limados de las estructuras rectas de los estribos, bocados y demás utillaje. Siempre supo que el círculo era una figura geométrica más perfecta que el cuadrado. Reinició el software del espectáculo, impulsó la doma sin martingalas sojuzgantes, incorporó el rejoneo a dúo, puso por primera vez banderillas por la izquierda, a dos manos, a caballo suelto, con una rosa, y tantas otras novedosas aportaciones que han quedado como cánones del toreo a caballo.

Tres voluntades

Todo ello brotaba de la observación, de la reflexión filosófica. Como el pensador que sin duda era, resumía las complejidades de los seres vivos de forma clara y precisa. Explicaba el rejoneo con su teoría del centauro. Señalaba que «en el ruedo compiten tres voluntades: la del toro, la del caballo y la del hombre». El toro amedranta al caballo haciéndole huir sin freno. El rejoneo se basaba hasta entonces en domeñar el miedo del caballo para ordenar su escapada. Para Ángel no bastaba con someter al caballo para que resistiera la embestida del toro, porque no concebía el rejoneo como una lucha donde impera la fuerza y el temor, sino como un arte que nace de la destreza y la confianza, de la compenetración con la psicología del animal: «Amar a los animales es amar a la creación». Con tiempo, con afecto e inteligencia prepara, educa al caballo para llegado el momento crucial de la lidia contenga su miedo instintivo y se deje guiar por su jinete. «Cuando el caballo comprende que el jinete no le lleva al peligro, sino que le va a ayudar a salir de él, surge el centauro. A partir de ese instante, solo quedan dos voluntades en la plaza: la del toro y la del centauro», explicaba con sencillez. El toreo para Ángel era un juego mitológico, un regocijo sublime, que por un momento olvida el miedo, la indefectible muerte…

«… Perdona caballo mío

al toro cuarenta y dos.

Cuando cayó a mis pies,

sentí pena por los dos.

Tu moriste en centro

Como mueren los valientes,

con una corná en el pecho

Toreando frente a frente.

Y el murió embistiendo,

embistiéndole a la muerte,

como muere el toro bravo

y ser bravo, es de valientes».

En fin… Ángel fue, sobre todo y solo por ser algo, un buen hermano, que recibió, del suyo, Rafael, ciento por uno, como dice la parábola del sembrador. La trayectoria personal de Ángel no puede entenderse sin Rafael, su hermano más allá de la sangre, su alma gemela, su alter ego, su collera taurina, su inspiración artística, su único socio en la vida. Si Ángel es inconfundible por ser el primero en su género, Rafael ha sido reconocido por ser su par, y juntos una única entidad: los hermanos Peralta. Eran –y aún es Rafael- inventores y atrevidos, como los hermanos Wright en su capacidad para intuir lo que nunca antes había existido, y de los hermanos Grimm celebraban la inagotable imaginación lírica. Una fraternidad inquebrantable y eterna.

«Que no se oigan las palmas

Que mi cabriola duerme,

La cuna de “colillero”

Lo ha dormido con la muerte».

Descansa en paz, Ángel. Tu amigo,

Pedro Pablo Mansilla Izquierdo.

(Nota: todas las cursivas entrecomilladas son pensamientos y poemas de Ángel Peralta)