Emilio de Justo planta cara al tercero de la tarde
Emilio de Justo planta cara al tercero de la tarde - Efe

Emilio de Justo llama a las puertas de Las Ventas con victorinos en Vistalegre

Corta una oreja, al igual que Curro Díaz, en el homenaje a Victorino Martín

MADRIDActualizado:

Continúan los justos homenajes al inolvidable Victorino Martín, listísimo «paleto», defensor de la casta brava como fundamento necesario de la Fiesta. Pero no es sólo historia: su ganadería, regida por su hijo, abre la temporada en Vistalegre y en Las Ventas, vuelve a la Feria de Castellón.

El metro nos deja fácilmente a la puerta del cómodo Palacio Vistalegre, construido encima de la inolvidable «Chata»: ¡cuántos recuerdos de Antonio Bienvenida, de Luis Miguel, de Curro Vázquez! El público madrileño, con su asistencia, debería apoyar que este nuevo Palacio jugara, a lo largo de la temporada, el mismo papel de «La Chata», como «segunda plaza» madrileña, complemento y contrapunto del exigente rigor de Las Ventas.

Atrae a mucho público un cartel bien concebido. La entrada en la Plaza, un coso cubierto, moderno, es un verdadero caos; la ausencia de acomodadores, lamentable. Parece que estemos en el siglo XIX. En ningún otro espectáculo (cine, teatro, concierto, fútbol) se toleraría hoy algo semejante.

Denominador común de la casta

Se aplaude la salida de algunos victorinos, muy en el tipo. Flaquea un poco alguno pero tienen el denominador común de la casta: lo que tantas tardes echamos de menos.

El primero tiene bella estampa y noble embestida. Curro Díaz dibuja preciosos lances; un comienzo de faena de muleta de categoría, muletazos con sabor y torería pero el toro queda algo corto y la faena, a medias. Mata bien: la petición es insuficiente. Se orienta el cuarto de salida, la lidia es desordenada. Brinda a Victorino hijo. No le duda, muletea con empaque. El toro ha mejorado mucho y Curro traza naturales clásicos, hermosos doblones, acogidos con clamor. Se ha bordeado el triunfo grande pero no ha acabado de llegar. La espada queda desprendida pero corta una oreja y el buen toro se lleva una gran ovación.

El «renacido» Daniel Luque ha demostrado ya muchas veces su capacidad. Las lesiones contribuyeron a que perdiera el primer plano. En el segundo, pegajosito, saluda Juan Contreras. Lancea con estética Luque; embarca bien al toro y liga solemnes muletazos pero no cuaja del todo el trasteo. Mata con decisión pero la estocada queda rinconera. El quinto recuerda a las clásicas «alimañas», se queda debajo de los engaños. Luque ha tenido el peor lote.

Dificultades

En los cosos franceses, igual que otros diestros, ha encontrado refugio Emilio de Justo, que siempre ha lucido buen estilo. Flaquea el tercero, tardea pero empuja en varas, se viene arriba, vuelve rápido. Los muletazos tienen emoción y mérito, se la juega de verdad; aunque la faena no sea perfecta, levanta un clamor, en los tendidos. Y se vuelca con la espada: justa oreja de un toro muy encastado. El último embiste con alegría de salida pero la lidia es trabajosa, y el toro saca dificultades. El diestro no se aflige, pasa varios sustos; la faena tiene más voluntad que mando. La estocada queda baja. Queda el recuerdo de su anterior trasteo: Emilio le ha echado –como decía «La verbena de la Paloma»– «lo que hay que tener». Con esa actitud, llama a la puerta de Las Ventas.

Queda claro que la gente tiene ganas de ver toros; que el llamado Palacio Vistalegre debería ofrecer más festejos, como segunda Plaza madrileña, pero es urgente que mejore los temas de venta de entradas, taquillas y acomodadores; que los tres diestros han mostrado buenas condiciones artísticas pero… Y, una vez más, queda clarísimo que el toro encastado es la base fundamental de la Fiesta. Por eso seguimos acordándonos de Victorino Martín y rindiéndole homenajes.

Postdata. Acaba de inaugurarse en Manzanares (Ciudad Real) un Museo en homenaje a Ignacio Sánchez Mejías, una extraordinaria figura del toreo y de la cultura española. En una conferencia en la Universidad de Columbia, en 1929, dijo esto: «Mientras los seres humanos hablen tranquilamente del número de hombres que cada nación puede matar, en un momento determinado, hablar de la crueldad de las corridas de toros es ridículo». Algunos, en la ONU, todavía no se han enterado.