Alejandro Talavante
Alejandro Talavante - fabián simón

Zaragoza apuesta por la Fiesta de los toros

Talavante abre la puerta grande y Urdiales corta una oreja en una tarde en la que la afición clamó libertad

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Da gusto ver el coso de Pignatelli, engalanado con grandes carteles y abarrotado. Emociona escuchar las ovaciones que levantan los aficionados catalanes, con sus pancartas; sobre todo, una, con una sola palabra, enorme: «¡Libertad!»

Los toros de Núñez del Cuvillo, flojos, dan juego desigual. Talavante corta las orejas al mejor y sale en hombros; otra logra Urdiales. Morante no tiene suerte, en su lote.

El primero se apaga muy pronto. Morante aprovecha el ritmo lento de las embestidas para torear con plasticidad, acompañando con la cintura, pero es demasiado poco toro. Mata mal. El cuarto sale dormido, sin celo alguno, no le deja dar ni un lance. Brinda a Ortega Cano y se esfuerza, liga muletazos con torería pero no administra la poca casta de la res, que se acaba. Torear sin toro sería milagroso...

La lidia del segundo resulta muy interesante: mansea, pega arreones en banderillas, embiste a la muleta con genio. No se amilana Urdiales, sufre varios sustos; por la izquierda, el toro sí que va. Cuando se centra con él y se confía, logra algunos buenos naturales. Una faena de aguante, con emoción, rematada con estocada desprendida: oreja. El quinto se desploma pero es manejable. Le da sitio, traza muletazos pulcros, a media altura, pero la emoción es imposible. Mata con facilidad.

Inspiración

A Talavante le toca el mejor toro, el tercero, protestado por chico: lo aprovecha plenamente, desde el recibimiento con el capote. Dibuja Morante unas preciosas chicuelinas; replica Alejandro por el mismo palo y la gente brama. Saluda Trujillo, con los palos. La faena de muleta, llena de inspiración y variedad, sorprende y entusiasma al público; sobre todo, las luquinas, aguantando mucho. Mata con facilidad y el entusiasmo se desborda: dos orejas. El toro de la jota es flojo pero manejable, repite. A favor de corriente, Talavante logra un trasteo aceptable pero sin emoción y mata mal. Sale en hombros.

A la salida, mi vecino me pasa un papel con la letra de una jota: «La Virgen del Pilar dice/ que no quiere más pamplinas,/ que siempre ha sido española,/ aragonesa y taurina».

Me quedo yo con la emoción de ver a ese público, clamando por Cataluña y por la libertad. Y recuerdo el hermoso verso de Louis Aragon –que no era de esta tierra, a pesar de su apellido–: «Escribo tu nombre: Libertad».

Postdata. En las páginas de ABC de Sevilla, lo ha denunciado Joaquín Moeckel: el Ayuntamiento de Barcelona ha prohibido que se exponga, en una fachada, el cartel en el que Morante rinde homenaje a Dalí, un catalán universal. Eso supone un grave perjuicio económico para el dueño del edificio y también para el Ayuntamiento. ¿Qué daño hacía a nadie ese cartel? Justifican la prohibición por «los derechos de los animales» y yo me planteo: ¿tienen derechos los que no tienen deberes?... Se multiplican las preguntas: ¿prohibiría también la señora Colau un anuncio de Aceitunas La Española, por si ofende los sentimientos catalanes? Conocer esta prohibición, ¿aumentará el deseo de ir a Barcelona, una ciudad tan hermosa, de los miles de aficionados a los toros? ¿Se pueden sorprender los catalanes de que decaiga la simpatía con que los ven el resto de los españoles? ¿Hasta cuándo seguirán votando los barceloneses a los que hacen estas mamarrachadas? Sólo el cielo lo sabe...