Rafael Spregelburd en «Spam»
Rafael Spregelburd en «Spam» - HERNÁN CORERA
Crítica de teratro

«Spam», añicos del pasado

Rafael Spregelburd y Zypce ofrecen un formidable espectáculo que es una laberíntica acumulación de datos, información, animaciones, sonidos, imágenes, canciones, ficticios reportajes televisivos y hasta sombras chinescas

MADRIDActualizado:

Una ópera hablada. Así define Rafael Spregelburd el fenomenal artefacto que ha titulado «Spam», como esa basura virtual que se agolpa en las bandejas de entrada de las direcciones de correo electrónico, un maremágnum de ofertas para hacerse rico, milagrosos remedios salutíferos, tentaciones pornográficas e innumerables posibilidades de convertir la vida en un paraíso apenas con un clic. Su formidable espectáculo es así una laberíntica acumulación de datos, información, animaciones, sonidos, imágenes, canciones, ficticios reportajes televisivos y hasta sombras chinescas, en la que un Teseo sin memoria se busca a sí mismo.

La función arranca a los sones de una canción interpretada por el músico Federico Zypce, compinche de Spregelburd en este envite, mientras este desbarata con un aspirador-soplador de jardín una sucesión de números, del 1 al 31, colocados en un atril a la manera de una hoja de calendario. Recolocados de forma arbitraria, o eso parece al menos, el oficiante habla de cada día en el orden en que han quedado en ese nuevo calendario caótico.

Pieza a pieza, en el delirante argumento nos encontramos con un hombre que despierta amnésico en la habitación de un hotel de La Valeta, junto a un montón de cajas con muñecas habladoras y un ordenador portátil; va vestido, según nos enteramos, con el esmoquin que llevó Sean Connery en la película «Agente 007 contra el doctor No». Según avanza, o retrocede, la trama en un ir y venir de lo más reciente a lo más antiguo de ese mes de vértigo, el personaje va recomponiendo su memoria: tal vez sea un profesor napolitano llamado Mario Monti, acusado por una alumna de haber plagiado un trabajo sobre los inuit.

Las pistas se asoman desordenadamente a correos electrónicos, un mensaje de spam jocosamente traducido que lo involucra en una trama mafiosa malaya, ofertas de métodos de alargamiento de pene, millonarias transferencias bancarias, un tan fantástico como absurdo diccionario de eblaíta, idioma de un antiguo pueblo mesopotámico, un buzo suizo, «La decapitación de san Juan Baustita» pintada por Caravaggio en Malta como agradecimiento por haber hallado allí refugio tras ser acusado de un crimen…

El espectador sigue asombrado y divertido los vaivenes argumentales de esta propuesta tan sugestiva y original como extenuante, mientras se afana en colocar cada pieza en su sitio, reconstruir la linealidad de la historia del amnésico, aunque esto sea lo de menos, porque lo que Spregelburd nos ofrece durante más de dos horas, en las que apenas deja de hablar, es una descripción del mundo fragmentado en el que intentamos mantenernos a flote, guiados por una brújula enloquecida, en un océano insondable y tumultuoso de datos, voces y estímulos engañosos, un muladar en el que se acumulan, como los plásticos arremolinados en el Pacífico norte (la imagen es del autor, actor y director argentino), mensajes basura, propuestas dudosas e irrelevantes con el caos y el azar como normas anormales.

Larguísimo gran trabajo de este formidable creador escénico, que ofrece una ópera hablada –el término está muy bien escogido– multimedia junto a Zypce, un creador musical singular, mago de los sonidos no convencionales. Solo estarán hasta el domingo próximo en los Teatros del Canal, dentro de la programación estimulante y guadianesca del XXXIV Festival de Otoño a Primavera.