Jesús García Calero

Promesas que hay que cumplir

La participación de la sociedad civil es una de las fortalezas del Real. Ojalá la zarzuela se beneficie a partir de ahora de ese modelo de gestión

Jesús García Calero
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Sobre el papel, el Real Decreto que prepara el Gobierno permite pensar en la creación de una gran institución cultural que resultaría de la unión del Teatro Real y el Teatro de la Zarzuela. Si se cumple la intención expresa que preside esta fusión, el Teatro Nacional de la Ópera y la Zarzuela jugará en una liga superior con coliseos operísticos europeos y se posibilitará la promoción internacional de la zarzuela como género con las armas y la gestión del Real, habrá muchas razones para felicitarse. Por qué esa promoción no ha recibido la determinación de los gobiernos de las últimas décadas es una cuestión muy compleja que merece reflexión en estos momentos.

Porque la operación no está exenta de peligros y contradicciones, que señalan profundos conocedores de la cultura operística y que deberán despejarse en los textos del Real Decreto y de los Estatutos de la Fundación resultante. La política de renovación del público en el Real y su presencia destacada en el mundo digital y de redes permiten cierto optimismo, si se aplica toda esa experiencia a la promoción de la zarzuela. El coliseo madrileño ha sido pionero en la retransmisión digital de sus producciones que han seguido decenas de miles de personas en todo el mundo y ha podido verse incluso en el AVE.

Pero el Real ha mostrado desde hace años la necesidad de un segundo escenario para mostrar producciones que no casan bien con el gran formato de su sede principal. Hasta ahora las ha ido representando en lugares como los Teatros del Canal, pero una integracion con un teatro de las dimensiones de la Zarzuela resulta perfecta a esos efectos. El peligro, sin duda, es que se invada con ópera ese segundo escenario en exceso, lo que sería en detrimento de la zarzuela. Las intenciones expresadas por quienes han hecho posible la fusión indican que se evitará que eso ocurra. De ahí lo importante de fijar por escrito las prioridades de promoción del género en los estatutos. Son promesas que habrá que cumplir, resultados necesarios. Las posibilidades de esa promoción no tienen techo, empezando por medir el interés internacional por la zarzuela que hay que medir y que la gestión del INAEM durante décadas no ha tenido medios de satisfacer.

La participación de la sociedad civil es una de las fortalezas del Real, a través de un modelo de mecenazgo que ha logrado resultados espectaculares, con el meritorio apoyo del Gobierno, que ha dotado de atractivos fiscales incluso a iniciativas como el segundo centenario (un poco forzado o inventado) que anima a las empresas a participar en bien de la cultura y de la ópera. Ojalá la zarzuela se beneficie desde ahora de toda esa capacidad, todos los medios que promete esta fusión.

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