Laia Manzanares y Pablo Gómez-Pando, en «Tres sombreros de copa»
Laia Manzanares y Pablo Gómez-Pando, en «Tres sombreros de copa» - marcosGpunto

El intangible universo de los sueños

Actualizado:«Tres sombreros de copa»Teatro María Guerrero, Madrid

El día que perdamos absurdos complejos y prejuicios bobalicones se considerará a Miguel Mihura uno de los pilares básicos del teatro español del siglo XX -es justo reconocer que son legión los que ya lo consideran, pero su nombre provoca todavía cierto sarpullido entre algunos modernos «eruditos a la violeta»-. Y dentro de su jugosa producción, «Tres sombreros de copa», una obra tan adelantada a su tiempo que pasaron veinte años entre su escritura y su estreno, ocupa un muy destacado lugar. A su delirante comicidad, su asombroso ingenio y sus disparatados diálogos se unen el contraste de un retablo de personajes guiñolescos y arenosos (Fanny, Don Sacramento, El Odioso Señor...) con la pareja protagonista, el pasmado y candoroso Dionisio y la ilusionada e ilusionante Paula.

No es fácil, hoy en día, poner en pie obras como «Tres sombreros de copa», de tan extenso reparto -dieciséis personajes-; por eso hay que aplaudir al Centro Dramático Nacional que haya asumido esta puesta en escena que Natalia Menéndez propuso a Ernesto Caballero. La directora está ligada sentimentalmente a esta obra, puesto que fue su padre, Juanjo Menéndez, quien estrenó la obra. La directora sitúa la función en un limbo, en el intangible universo de los sueños y transforma la humilde -¡pero con teléfono en ella!- habitación del hotel de provincias desde donde se ven las lucecitas de las farolas del puerto, dos blancas y una roja, en un espumoso universo a medio camino entre el circo y el music-hall, con tíovivo incluido, La entrada de Paula, la joven bailarina, es como el estallido de una botella de champán que empapa la grisura de la vida de Dionisio en un colorista sueño del que el joven a punto de casarse se resiste a despertar. El necesario caos que la directora siembra en el magnífico y atractivo montaje es, sin embargo, embarullado en algunos momentos, y niega la respiración necesaria a un texto que esconde verdaderas cargas de profundidad detrás de una aparente nadería.

Dos jóvenes y dos veteranos destacan del amplio reparto. Laia Manzanares aporta al tiempo ingenuidad, dulzura y chispa a Paula, mientras que María Besant le da a Fanny el carácter cómicamente seductor que pide el personaje. Y tanto Mariano Llorente como, sobre todo, Arturo Querejeta, dictan lecciones de buen hacer en sus respectivas escenas.