Eusebio Poncela y Pablo Rivero, en una escena de «El sirviente»
Eusebio Poncela y Pablo Rivero, en una escena de «El sirviente» - Teatro Español

Eusebio Poncela: «Hay una atmósfera de mentira, de poca vergüenza y de pérdida de respeto como nunca la habido»

El actor interpreta «El sirviente», de Robin Maugham, en el Teatro Español, junto a Pablo Rivero, Sandra Escacena, Lisi Linder y Carles Francino

Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

Novela primero, y más tarde obra teatral y película de culto (con guión del Nobel Harold Pinter; dirección de Joseph Losey e inquietante interpretación de Dirk Bogarde), «El sirviente» llega ahora al Teatro Español traducida por Álvaro del Amo, dirigida por Mireia Gabilondo e interpretada por Eusebio Poncela, Pablo Rivero, Sandra Escacena, Lisi Linder y Carles Francino.

La función cuenta la historia de Tony, «un londinense de fortuna», que contrata a Hugo Barret como su criado. A éste lo interpreta Eusebio Poncela, que asegura que lo que más le atrae de su personaje es «su afán de vendetta». «Hugo quiere ajustar cuentas con las dos clases sociales, que me parecen impresentables las dos». La venganza, dice el actor, «siempre resulta muy atractiva, muy potente, sobre el escenario».

Cree Poncela que Robin Maugham, el autor de «El sirviente», no pudo en su día (1948) escribir la obra como hubiese querido. «Le habrían metido preso; ahora nosotros nos hemos inventado un final que resulta totalmente más coherente para mostrar cómo se fagocitan, cómo se devoran y se vampirizan unas clases a otras; y las dos salen perdiendo. Esta esclavitud de unos hacia otros es eterna». Barret -sigue su intérprete- «es un hombre muy curioso; hoy sería Ferran Adrià, un genio de la cocina, un artista y él lo sabe. Lo que rescato de este personaje es que él quiere que le dejen ser, porque la servidumbre es invisible (aunque las cosas iban a cambiar radicalmente desde el estallido de la bomba atómica en 1945 -tres años antes de que Maugham escribiera la obra). Barret es un adelantado a su tiempo, un excéntrico; yo lo hago así, al menos, porque si no tendría que hacer un personaje mucho más formal, y no me interesa eso. Lo llevo, sin exagerar, a esa excentricidad y a querer “ser“, insisto, a huir de la invisibilidad».

La relación entre clases sociales era a finales de los años cuarenta -la función, al contrario que la película de Losey, mantiene la ambientación original- muy distinta de la de hoy en día. «En la convención de las formas sí son distintas, pero quizás hoy sean las diferencias más profundas, con mayor salvajismo, hipocresía y esnobismo». Y es que, si nos referimos a España, cree Poncela que estamos «enfrentados todos con todos; creo que hay una generación nueva que está radicalizando un cambio -para bien, para mal y para muy mal-; hay también una atmósfera de mentira, de poca vergüenza y de pérdida de respeto como nunca la habido. Habrán pasado cosas parecidas en el pasado, pero no de esta manera tan desvergonzada. Hay una exhibición impúdica que antes se mantenía con cierto estilo».