Setenil de las Bodegas atravesada por el río Guadalporcún
Setenil de las Bodegas atravesada por el río Guadalporcún - ABC
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Los mil y un encantos de Setenil de las Bodegas

Un recorrido por uno de los pueblos de la provincia de Cádiz que más postales nos ofrece. Gastronomía, monumentos y rutas por un espacio rural inclasificable

CÁDIZ Actualizado: Guardar
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En la pared de los pueblos blancos se escriben sin tinta los relatos que construyen su historia. Cada grieta en la cal, cada pórtico o cada cueva convertida en hogar cuenta una leyenda remota de sí misma. Hay municipios que presumen de encanto, pero pocos lo hacen de la misma forma que Setenil de las Bodegas, a la sombra del pasado que lo acompaña. Sus cuestas, el castillo, el entramado sinuoso y en pendiente de sus calles, las casas que se acoplan a la curiosa orografía, los puentes y arroyos… Todo sumó a la hora de declararlo Conjunto histórico-artístico y en su inclusión, desde el 1 de enero, en el listado que ofrece la Asociación de los Pueblos más bonitos de España.

La provincia de Cádiz se prolonga sobre terreno malagueño y Setenil encuentra un espacio en el mapa sobre el que asentarse. La sierra le vigila. La montañas lo protegen. A menos de dos horas en coche tanto de Sevilla como de la capital gaditana, los años han convertido a este municipio de casi 3000 habitantes en una parada rural imprescindible. Adoquín, teja y duende. Silencio de arboleda y poco más.

El pueblo, un monumento en sí

No hay que acudir a ninguna guía para conocer los mil y un encantos que esta antigua villa nos ofrece. Un paseo sin rumbo, un banco en el que recuperar el aliento o la manifestación sublime de los geranios en la pared será suficiente. Los miradores surgen de forma casi espontánea. El de la Villa, en la plaza de la Iglesia Mayor, o el del Lizón, a los pies de la Torre del Homenaje, guardan postales únicas.

Mientras que las propias calles que se ven desde esas mismas barandas nos reservan el camino en el que parece obligatorio perderse. La calle Herrería o las conocidas como Cuevas del Sol y Cuevas de la Sombra, a un lado y al otro del río Guadalporcún, son, sin duda, las más originales y hermosas de la localidad. La piedra se ha incrustado como un puñal en el pueblo y estos trayectos discurren bajo ella. Un techo salvaje y férreo que merece congelarse en las instantáneas de quienes lo visitan.

Setenil de las Bodegas
Setenil de las Bodegas - ABC

Además de las ermitas y los puentes, que algunos, como el de la calle Triana, son del siglo XV, la fortaleza nazarí que custodia a Setenil de las Bodegas es otro de sus emblemas. Este alcázar conserva su estructura y cuenta con una muralla que supera los 500 metros de longitud. A su lado, la imponente Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación echa la vista al campo desde la montaña que ocupa.

Las viviendas de los vecinos, por último, presentan una serie de particularidades que las encumbran como destino turístico. La práctica inexistencia de terreno llano ha agudizado el ingenio y encontramos, en líneas generales, cuatro tipos de casa condicionadas por su situación geográfica: la vivienda popular, la media, la propiedad con patio y la vivienda cueva. Esta última es la más característica, ya que aprovecha un espacio natural para configurar sus elementos.

El buen comer

La gastronomía se ha convertido con los años en uno de los factores más determinantes en la elección de un destino, según demuestran diversos estudios. Y la comarca en la que se integra Setenil de las Bodegas presume de sus caldos y fogones, que son similares a los de otras zonas de Málaga y Cádiz. Estamos, por tanto, ante una tierra serrana pero cercana al mar. Con una amplia oferta de vinos blancos que en los últimos años se ha ramificado incluso hacia los tintos.

Cuentan con un recetario donde abunda la cuchara, las chacinas y el atún. También las sopas cortijeras, los quesos y dulces con aceite de oliva. ¿Y dónde podemos probarlos? Pues muchas de las cuevas que mencionamos anteriormente se han transformado en mesones y restaurantes. Como referencias, podríamos mencionar La Escueva, La Tasca y la Abacería El Puente, además del Mirabueno, en la parte más alta, o la Venta Para Si Puedes.

La sierra que lo acompaña

Nada de lo que sucede en esta ladera tiene sentido si se desconoce lo que hay fuera. El carácter de sus vecinos, la gastronomía autóctona o el entramado urbanístico está supeditado al entorno en el que se ubica. Por eso es necesario conocerlo y se han elaborado una serie de rutas para atraer a un mayor número de visitantes. Así, por ejemplo, el Camino de las Limosnas es un recorrido que atraviesa todo un monte de encinas que colocaron a Setenil en el mapa por dar una bellota al cerdo de un acusado dulzor.

Vista aérea de Setenil
Vista aérea de Setenil - ABC

También resulta interesante la Colada de Venta de Leche, que se encuentra al suroeste del núcleo urbano y conecta con la conocida como Ruta de los Bandoleros. Esta última nos recuerda la estrecha relación entre este área y la picaresca que fue más allá de la legalidad. Algunos proscritos como El Tempranillo o Tragabuches, que se dedicaron a asaltar diligencias en la sierra durante el siglo XIX, anduvieron por este trayecto, que cuenta con un yacimiento arqueológico de la época romana y gran variedad paisajística alrededor de once kilómetros.

Otras rutas adecuadas para quienes practican el senderismo son la de la Cañada de Málaga, que comunica al pueblo con la provincia vecina por una senda sin asfaltar, o la Ruta de los Molinos, que discurre a lo largo de un afluente del río Guadalporcún: el Arroyo de Alcalá. Dos molinos en desuso y una almazara de aceite se reparten por la vereda.

Setenil de las Bodegas es una de esas paradas que resulta difícil de definir. La historia se aúna al encanto y su gastronomía se entreme para hacerla aún más atractiva. Lo rural invade la calle de una forma entre fortuita y agresiva. Las rocas se abrazan a los tejados y la estampa aprieta aún más la tuerca de lo genuino, porque estamos ante una de las pocas poblaciones donde el medio no solo está fuera, sino que se cuela y se utiliza como parte de la identidad que lo forma. Las alforjas, las macetas, el río que divide y empapa más con el ruido que con el agua. ¿Solo mil y un encantos?