John Axelrod dirigiendo a la ROSS junto a Rinat Shaham
John Axelrod dirigiendo a la ROSS junto a Rinat Shaham - ROSS
CRÍTICA

Primeras sinfonías de dos maestros

La ROSS ofreció dos grandes interpretaciones de las primeras sinfonías de Bernstein y Mahler

SEVILLAActualizado:

Las primeras sinfonías, aun de grandes compositores, no siempre tienen éxito inicial. La 1ª de Leonard Bernstein, llamada «Jeremías» no ganó el concurso al que se presentó, en Boston. Pero el autor se la mostró a su profesor de dirección en el Instituto Curtis, el exigente Fritz Reiner, que quedó conmovido y le ofreció la Orquesta Sinfónica de Pittsburgh, que la estrenó con éxito impresionante (tres semanas después, Bernstein la volvía a dirigir con la Sinfónica de Boston, y ya mantuvo la «Jeremías» el entusiasmo general, hasta nuestros días).

No tuvo la misma suerte Mahler, cuya primera sinfonía (a la que él siempre negó el sobrenombre de «Titán») no alcanzó el reconocimiento debido hasta muchos años después de su muerte. Pero hoy ambas son dos piezas clásicas, obras maestras, que John Axelrod emparejó en un magnífico programa.

La primera sinfonía de su maestro Bernstein fue un prodigio de conjunción de las dos cualidades, aparentemente contradictorias, de hondura y transparencia. La Sinfónica lo siguió en estado de gracia, y la mezzo Rinat Shaham (Haifa, Israel) colmó de emoción a la obra cantando en hebreo, de memoria, el tercer movimiento, origen de la Sinfonía, con fragmentos del «Libro de las Lamentaciones del profeta Jeremías». Su voz, conmovedora y grave, estremecedora, supo transmitir el dolor expresado en el texto, emocionando hasta la médula a los oyentes.

En la primea mahleriana, el director hizo una lectura resplandeciente, llena de vigor, de matices, plena de empaste y perfeccionismo. Quizá no insistió, con la intensidad que tal vez merecían, en los contrastes entre seriedad e ironía (o burla), aunque no rehuyó las contenciones en los momentos pertinentes y el uso del rubato. Y, cómo no, la marcha fúnebre, en la que transmitió perfectamente el cruce de un ataúd infantil (el «Frère Jacques») con una banda de música klezmer. Magnífica velada.