Una de las escenas de la obra de Sasha Waltz
Una de las escenas de la obra de Sasha Waltz - ABC
Crítica de Danza

Cosas de familia

Estreno en España en el teatro Central de Sevilla de la obra de Sasha Waltz, «Allee der Kosmonauten»

SEVILLAActualizado:

Tres generaciones conviven en una misma casa. Cada uno tiene su propio microcosmos en esta especie de universo particular que ha construido Sasha Waltz en «Allee der Kosmonauten», una obra estrenada en 1996 y cuya nueva «recreación» ha sido estreno en España este fin de semana en el teatro Central.

Seis magníficos intérpretes para componer este microcosmos donde todo ocurre a la vista de todos. Los estados de ánimo cambian desenfrenadamente, desde la ira al juego, desde el humor a la tragedia, ni siquiera el sexo es algo privado.

La danza de Sasha Waltz es siempre muy física pero exigiendo asimismo a sus bailarines un alto nivel de interpretación, como el genial personaje creado por el español, Juan Kruz Díaz de Garaio Esnaola, que lo mismo baila, que toca el acordeón, incluso cabeza abajo, o lleva la tensión con la palabra a extremos elevadísimos. Su personaje es de los más intensos de la obra.

La tensión es absolutamente constante, resolviéndose en duros y espectaculares pasos a dos que van intercambiándose en parejas. No hay problemas, se puede celebrar un cumpleaños, regañar por la música alta de una radio, o por la forma en que unos y otros deciden poner los escasos muebles de la escena.

Personaje singular

Sasha Waltz se ha introducido en las tripas de cada personaje desmenuzando su personalidad hasta fundirla en un ambiente que termina agobiándonos, como consigue el singular personaje que interpreta Takako Suzu, un ama de casa aburrida y tediosa que sólo quiere seguir en la rutina.

La danza de Waltz es dura, muy a ras de suelo y muy física. Se permite el lujo de realizar algunos fragmentos que levantan la carcajada del espectador, que ríe sin saber lo que le espera.

Lo pequeñoburgués de este microcosmos familiar se va reflejando en pantallas situadas estratégicamente en los lateriales de la escena.

No hay pausa, todo transcurre sin que se quede vacío el tapete central, donde los bailarines parece que siguen más su instinto para realizar los movimientos que la propia coreografía. Pero no es así. Cada pequeño gesto está controlado por la creatividad de Waltz que nos ha llevado a este genial teatro de lo absurdo y lo grotesco.