Carlos Edmundo de Ory
Carlos Edmundo de Ory - ABC
CULTURA

Carlos Edmundo de Ory, geografía emocional de un poeta raro

José Manuel García Gil publica la biografía del autor gaditano y creador del postismo en una obra publicada por la Fundación José Manuel Lara

SevillaActualizado:

Genial, extravagante, raro, maldito, anárquico, visionario, mefistofélico y loco. ¿Quién fue Carlos Edmundo de Ory? Probablemente uno de los poetas más interesantes del siglo XX, un escritor inclasificable, mago de las últimas vanguardias salvajes, alquimista de la palabra y creador de ese cosmos lírico que forman sus aerolitos.En los aerolitos el poeta gaditano concentraba quintaesencias poéticas y trozos de irrealidad brevísima, acerada, como dardos de palabras: «Triste estoy como un cajón vacío», escribió. Carlos Edmundo de Ory (Cádiz, 1923-Thézy-Glimont, París, 2010) es el poeta que deslumbra después de haber pasado por un desierto de silencio y olvido. «Prender con queroseno el pasado» es el título de la biografía que el investigador José Manuel García Gil ha dedicado al poeta y con la que obtuvo el Premio Antonio Domínguez Ortiz que otorga la Fundación José manuel Lara. Era necesaria esta biografía para conocer a un autor que hizo de su vida un poema interminable. Ory fue en cierto modo el último vanguardista, alguien que impulsó la fiebre lírica en el Madrid gris de la posguerra creando junto a Eduardo Chicharro y Silvano Sernesi el postimos, el ismo después de todos los ismos. La biografía es un jugoso paseo por su vida y su obra en un juego de espejos, porque una no se entiende sin la otra. «La historia de la vida de Ory está transmutada en su obra. Ambas no pueden ni deben explicarse por separado sino que constituyen la raíz de un mismo árbol definitorio de su personalidad y estilo. Con esto me refiero tanto a sus diarios como a su poesía y obra narrativa. Precisamente, este libro aspira a poner en escena un diálogo entre esa literatura y aquellos momentos de la vida que le dieron sentido». Arranca la biografía con una audacia de novela. Todo comienza un 27 de abril de 1923 en la Alameda de Apodaca, esquina con la calle Buenos Aires. Las olas atlánticas casi baten en los balcones de la casa familiar. El padre, Eduardo de Ory, celebrado poeta modernista, espera en la biblioteca. Una biblioteca que marcará al niño que acaba de nacer. Una biblioteca de diez mil volúmenes abierta al mar y a la literatura. Las lecturas tendrán siempre para Ory un lejano olor a salitre y ultramares. «Cádiz es para mí una onda maligna, un pavimento perturbador que confunde mi conciencia; aquí están mis raíces dolorosas, mi origen trágico de aventurero divino, hijo del mar», escribió el poeta sobre su ciudad natal. El biógrafo describe la Atlántida de su infancia con la Playa del Sur y el Balneario Reina Victoria que daría paso al Hotel de la Playa en 1931. «La familia Ory tenía allí una caseta de madera, con toilette y bañero de visera y guardapolvo», explica García Gil sobre esa infancia de caracolas. El padre de Ory murió pronto. Un hecho que marcó al poeta en su adolescencia. En el relato «José en el camposanto» aparece un personaje que va a la tumba de su padre a hablar con él y que relata un hecho confesado por el propio Ory: «Los cigarrillos a medio fumar que te dejaste en la cajita de cartón de las tarjetas de visita, no pudiendo aguantar, me los fumé». En 1949, el autor de «Melos melancolía» o «Música de lobo» escribe todas las noches en su diario de pastas de hule negro sintiendo «la cálida humareda del abismo». Los diarios acompañan al poeta, desvelan sueños y transmiten un caos perfectamente ordenado. Es algo que sorprende y fascina en Carlos Edmundo de Ory. Se descubre al visitar su Fundación en Cádiz. Allí se observan los libros de su biblioteca, los álbumes personales con fotografías perfectamente identificadas, las cartas localizadas con copias también de las enviadas. Parece que el autor de extravagancias y vanguardias hubiera apuntalado su propia posteridad. Es algo confirmado por el biógrafo: «Como un escritor antiguo, pensaba antes en el destino de su obra y en el juicio de la posteridad. Eso explica su voluntad de no tirar un solo papel que le sirviera para explicarse a sí mismo tras su muerte». La biografía sigue su trayectoria hasta un Madrid asfixiado de consignas posbélicas, «sórdido garaje de ratones viejos», y su amistad con otros poetas que seguían conservando la lumbre de la literatura. Así hasta que abandona España en 1954, trasladándose a París y más tarde viajando a Lima agobiado por la penuria económica. El poeta muestra sus inevitables credenciales de errante y apátrida. Los últimos años en Amiens y luego en Thézy-Glimont conforman el tiempo del «Atelier de Poésie Ouverte» y el de su reconocimiento gracias a la antología de su obra a cargo de Félix Grande en 1970. El poeta rescatado -casi- del olvido. Como escribió Gabriel Celaya: «Carlos Edmundo, trasto de lo eterno / acéfalo, tiernísimo y antiguo».Ahora esta biografía lo recupera de forma definitiva sin olvidar uno de los rasgos definitivos del poeta. «Ory fue un escritor extraterritorial y casi secreto sin premeditada intención de serlo», confiesa su biógrafo. Quién sabe, quizás se esconda en la sombra oculta de sus aerolitos.