Elina Garanca y su marido, el director de orquesta Karel Mark Chichon, saludan al público tras el concierto del domingo
Elina Garanca y su marido, el director de orquesta Karel Mark Chichon, saludan al público tras el concierto del domingo - JAVIER DEL REAL
Crítica de música clásica

La zarzuela arrasa

El recital de Elina Garanca en el Teatro de la Zarzuela vino a demostrar que la calidad es el mejor de los caminos para la defensa de un género tantas veces estereotipado

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Sobreponiéndose a la tensión ambiental que el domingo se respiraba en el Teatro de la Zarzuela, el recital de Elina Garanca vino a demostrar que la calidad es el mejor de los caminos para la defensa de un género tantas veces estereotipado. La absorción que el moderno Teatro Real va a hacer del viejo coliseo de la calle Jovellanos, ya lo saben los lectores de ABC, tomó forma a través de un comunicado leído por el director musical Karel Mark Chichon, quien, junto con Garanca, reclamaron «un teatro público y accesible». El jaleo de los espectadores se sumó a la ya importante reacción frente a una actuación definitiva, soberbia y arrolladora.

En las versiones musicales de Garanca hay una evidente hipertrofia de la naturaleza esencial de la zarzuela y una incierta traducción del texto, pero es tan abrumadora la perfección técnica que cualquier propósito estrictamente emocional queda en segundo lugar. La versión junto a Andeka Gorrotxategui de la jota de «El dúo de la Africana» alcanzó cotas afectivas muy elevadas porque el tenor vasco vino a ponerle sal a la cuestión a pesar de que su timbre sea ahora más opaco. En su primera actuación madrileña, y desde la primera nota, Garanca se impuso por la calidez del timbre, por la uniformidad, por la intensidad del volumen y lo infalible del criterio. Mark Chichon contribuyó con versiones ágiles, directas y punzantes. Se fue haciendo, poco a poco, con la Orquesta de la Comunidad de Madrid y desde una todavía torpe segunda suite de «El sombrero de tres picos» se creció en igualdad, implicación y redondez.

Se oyeron fragmentos de «Carmen» en los que la seguridad y el carácter espartano dibujaron a una protagonista cierta y calculadora. El alarde de medios y la rotundidad del agudo convirtieron la romanza de «El barquillero» en una ostentación de facultades. Vino a redondear la escena el Coro del Teatro de la Zarzuela, particularmente efusivo en el chotis coreado de «La chulapona». Y, en el final, la canción española de «El niño judío» contaminando de entusiasmo el Teatro de la Zarzuela. Se puede cantar de maneras diversas, pero alcanzar tal superioridad es muy difícil.