The XX, sobre el escenario del Primavera Sound
The XX, sobre el escenario del Primavera Sound - EFE

Primavera SoundThe XX, romanticismo sintético para las masas

La banda británica capitanea la segunda jornada de un festival en el que aparecieron por sorpresa los escoceses Mogwai

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Segunda noche del Primavera Sound y segundo llenazo en el Parc del Fòrum. Nada nuevo para un festival al que ni siquiera la inoportuna cancelación hace menos de una semana del concierto de Frank Ocean, uno de los platos fuertes de la noche del viernes, ha conseguido borrar la sonrisa. Éxito plácido y previsible, pues, para una cita que concentró anoche todas las miradas en el regreso de The XX, convertidos casi por eliminación en grandes estrellas de la noche.

Los británicos, recién salidos de esa cueva de oscuridad aterciopelada en la que gestaron sus dos primeros trabajos, venían a presentar el algo más luminoso «I See You» y acabaron reinando sin demasiado esfuerzo en una explanada abarrotada para la ocasión. Se estrenaron con «Say Something Loving», una de las piezas estrella de su último trabajo, y poco a poco fueron acunando al público entre melodías minimalistas, injertos (poco) bailables y rescates primerizos como «Islands» y «Crystalised».

Es cierto que siguen sin ser la alegría de la huerta y que su electrónica vaporosa y sutil no siempre acaba de encajar en escenarios descomunales como el de ayer, pero a lo que no hay quien les gane es a elegantes y torturados. Cualidades que quizá no coticen demasiado al alza cuando se bordea la medianoche pero que a los ingleses les valieron para apuntalar su popularidad y subrayar las bondades de piezas como «On Hold».

Son, en cierto, modo, los nuevos románticos del pop sintetizado, la nueva ola de la nueva ola rebuscando en el baúl de los ochenta y encomendándonse a los ritmos de baile ralentizados y somnolientos para intentar presentar como nuevo algo que tampoco lo es tanto. El sonido, tirando a plano y tristón, no acabo de acompañar, pero nada de eso les impidió coronarse como grandes favoritos de la noche y firmar un nuevo clímax emocional para el público del festival.

Picoteo y dispersión

Con la mayoría de platos fuertes concentrados en la jornada de hoy, la de ayer fue una suerte de velada puente para el picoteo y la dispersión; otra noche de contrastes (aunque no tan extremos como la del jueves) en la que los vascos Belako, tan jóvenes como arrolladores, confirmaron todo lo bueno que se ha dicho de ellos en los últimos años, y en la que lo mismo te podías cruzar con el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, que confirmar que los conciertos sorpresa se han convertido este año en otra constante. Así, si el jueves fueron Arcade Fire los que pillaron al público desprevenido, ayer les tocó a los escoceses Mogwai, quienes aparecieron por sorpresa en uno de los escenarios periféricos del festival para presentar los latigazos eléctricos de «Every Country's Sun», álbum que publicarán en septiembre.

A esa misma hora, el cantante británico Sampha abarrotaba el escenario Ray-Ban con sus ritmos sedosos y unas baladas de soul contemporáneo que, en realidad, tampoco están tan lejos del R&B de los noventa, y los estadounidenses Whitney se ajustaban como un guante a su franja horaria, ese momento en que el sol andaba ya de retirada, con su pop playero con una pizca de soul y falsetes blanditos. Suavidad estival para un concierto que, al parecer, se celebró por los pelos: horas antes, el batería y cantante de la banda, Julien Ehrlich, tuvo un percance con una motocicleta en Tossa de Mar. «Creo que me he roto el dedo», informó al público mientras enseñaba un vendaje que cubría su pulgar.

En el Auditori, los Magnetic Fields de Stephin Merrit se quedaron a medias en su cabaretera representación del espléndido «50 Song Memoir» -este sábado siguen, también en el Auditori, a partir de las cuatro-, mientras que el resto de escenarios se acumulaban los impactos, pugnando entre ellos por llevarse la atención del público. Así, Mac deMarco se creyó Bowie por un día (pero no), The Make-Up volvieron del más allá para marcarse una despeinante sesión de soul-rock añejo y sudoroso y, en otro arrebato de nostalgia de la buena, los Descendents se reivindicaron como kilómetro cero del hardcore melódico y el punk californiano.

Eso sí, la imagen de la noche fue, una vez más, para Shellac, entretenidos en servir sus hachazos de distorsión apocalíptica a pocos metros de uno de los yates que se calcinaron hace poco en el puerto de Sant Adrià.