Imagen de Jesús Lopez Cobos, en el Auditorio Nacional, en 2013
Imagen de Jesús Lopez Cobos, en el Auditorio Nacional, en 2013 - IGNACIO GIL
Cultura

El director Jesús López Cobos muere a los 78 años

Referencia absoluta en la historia de la dirección de orquesta española y uno de los grandes de la escena internacional, fallece en Berlín a consecuencia de un cáncer

MADRIDActualizado:

En varias entrevistas concedidas en los últimos años, Jesús López Cobos (Toro, 1940-Berlín, 2018) explicaba que la carrera del director de orquesta alcanza la plenitud cuando se ingresa en la década de los sesenta. De ser verdad, significaría que durante otras cuatro estuvo dedicado a forjar un carácter en el que las dificultades, el riesgo y la superación corrieron parejas. La relación con el ambiente musical español es paradigmática. Abandonó el país por primera vez siendo un notable director de coros madrileños creados por Antonio Iglesias desde la Delegación Nacional de Juventudes. Buen amigo desde entonces, reconocería más tarde que fue un patinazo mayúsculo poner el grito en el cielo tras escuchar a López Cobos el anuncio de su marcha al extranjero para convertirse en director de orquesta.

Volvería a salir España tras afrontar importantes destinos artísticos. El de la Orquesta Nacional de España, prologado con el Príncipe de Asturias de las Artes, se adornó con las mejores galas de un ambiente donde latían torcidas voluntades. Un artículo de prensa acabó por catalizar el proceso aniquilador iniciado por una orquesta que ya había deglutido poco antes a Ros Marbà como director titular. Pese a los logros, lo de López Cobos fue un choque inevitable contra la pared. Cuando, 14 años después, quiso hacer las paces con la ONE, esta le recibió con una huelga. Un alto cargo del Ministerio preguntó cuándo podrían volverle a invitar y sólo hubo una palabra: «Jamás».

Sentido racionalista

Ya era entonces evidente el sentido racionalista de sus interpretaciones, la organización y la mesura, el sentido práctico que desarrollaría en Berlín. Había salido de Madrid consolidando a Bruckner, los grandes oratorios de Schumann, el Mahler y el Brahms vocal. Porque las voces siempre fueron piedra de toque en la carrera de López Cobos, hábil en el acompañamiento y en la buena respiración. Lo operístico se asentó en la Deutsche Oper de Berlín, teatro reconstruido bajo el equilibrio de la tensa guerra fría. El sistema de trabajo asociado al repertorio fue una escuela tan intensa como estimulante, hasta el punto de que su trabajo como Generalmusikdirektor conllevó alguna de las más grandes satisfacciones operísticas de su carrera. Consta la oportunidad de hacer el «Anillo» wagneriano en Japón, la primera vez que allí se interpretaba.

Al rememorar su carrera, López Cobos decía que apenas había trabajado diez años en España, al añadir también los siete en el Teatro Real. El retorcido colofón, soportado al alimón junto con el director artístico Antonio Moral, se disimuló en forma de contrato caducado, aunque se formalizara con formas chabacanas. El reguero se sustanció con demandas al honor contra varios responsables y una buena respuesta de los aficionados tras importantes interpretaciones, refinadas en el acabado, redondas en la sonoridad, apenas distantes, con un punto de flema y otro de relevancia.

El «Ballo» en la inauguración en la temporada de despedida fue una piedra de toque referencial, como aquella «Atlántida» con la que inauguró el Auditorio Nacional de Madrid. Cuando en este escenario el propio Moral le colocó en un solo día ante todas las sinfonías de Beethoven, el 21 de junio de 2013, una sensación de tiempo perdido vino a rematar una jornada histórica. En el ínterin, encontró en la Sinfónica de Galicia la puerta hacia su país, afianzándose como principal director invitado mientras la de Castilla y León le nombró director honorario.

Por encima de las circunstancias y la incomodidad de las malas experiencias, López Cobos ha sido, ante todo, un artista internacional que heredó las iniciativas pioneras de Argenta y compartió el cosmopolitismo, sobre todo, de Frühbeck de Burgos. Fue el primer español en entrar en el foso de La Scala, Convert Garden, Ópera de París, de Viena y Nueva York. Permaneció quince años junto con la Orquesta Sinfónica de Cincinatti, fue titular en Lausana, en Suiza, y dirigió las más grandes orquestas del mundo. La medalla de oro al mérito de las Bellas Artes, en 2001, y otros honores en Alemania, Francia y América, refrendaron una carrera todavía pionera en España, país a cuya normalización musical contribuyó de manera indiscutible.