«Merrie Land», el «british way of life» según Damon Albarn

El nuevo disco del súpergrupo The Good, The Bad & The Queen es uno de los lanzamientos destacados de la semana

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  1. The Good, The Bad & The Queen «Merrie Land»

    Una década larga, diez añitos de nada con todos sus meses perfectamente alineados, es lo que ha necesitado Damon Albarn para hacer un hueco en su apretadísima agenda y reactivar The Good, The Bad & The Queen. ¿Y por qué sólo Albarn, se preguntarán, si en el supergrupo inglés el protagonismo se lo reparten Paul Simonon de The Clash, Simon Tong de The Verve y el batería afrobeat Tony Allen? La respuesta fácil sería que entre lanzamientos en solitario, idas y venidas de Blur y vidas paralelas al frente de Gorillaz, Albarn ha sido durante estos diez años uno de los hombres más ocupados del planeta, pero en realidad todo se limita a la habilidad del británico para vampirizar y apropiarse cualquier cosa que toca.

    En este sentido, si «The Good, The Bad & The Queen» aún tenía algo de diálogo a cuatro bandas, con las humaredas jamaicanas y los ritmos africanos deslizándose bajo las huellas de los Specials más espectrales, «Merrie Land» diluye el tejido asociativo y se presenta como un álbum al que perfectamente podría haber dado forma Albarn en solitario. La delicada «Ribbons», sin ir más lejos, no hubiese desentonado en ese «Everyday Robots» que publicó hace un par de años. De ahí que lo más interesante de este «The Good, The Bad & The Quee» no sea el despliegue de melódicas, el bajo aún seductor de Simonon o los imaginativos ritmos que va tejiendo Kuti, sino la manera que tiene Albarn de ir avanzando casillas para posicionarse como aventajado discípulo de Ray Davies.

    Y es que, como ya hiciera con el «Parklife» de Blur, el británico transforma en canciones pedazos del british way of life del siglo XXI. La diferencia, sin embargo, es más que notable y la sombra del Brexit planea sobre un disco de poso melancólico e inocencias perdidas; un disco con aroma a despedida que el cuarteto resuelve de una manera algo más convencional, con el pop y el folk ganado presencia y la mano de Tony Visconti dándole un acabado algo más clásico. Falta algo de la asfixiante oscuridad de su debut, sí, pero a cambió entregan delicias de pop abatido como «Gun To The Head» y «The Poison Tree», retazos de esa Gran Bretaña cada vez más empequeñecida y que Albarn consigue capturar en cuatro trazos ágiles.

    DAVID MORÁN

  2. Muse, «Simulation Theory»

    El primer adelanto de este nuevo disco de Muse hizo fruncir el ceño a sus incondicionales, y reír a los que ya no esperan nada bueno de ellos. «Something human» no es sólo una de las canciones más flojas de su trayectoria, además late con un aire de latineo que causa bochorno una vez superada la perplejidad. Después, cuando este «Simulation Theory» cae en nuestras manos con una portada digna de reguetoneros gangsta, queda claro que el trío está tocando fondo. Al menos a partir de aquí lo peor ya ha pasado.

    Hay donde agarrarse en temas como «Pressure» o «Blockades», que tienen algo de aroma a hit perdurable en el tiempo, y el resto del repertorio al menos ofrece cierta coherencia estética. Pero ahí viene el problema: los lamentos épicos de Matt Bellamy aburren más que nunca entre los zumbantes graves cibernéticos que pretenden dar un aire retro-futurista a este disco que parece más un onanista proyecto en solitario que la obra de un grupo de rock. Sin el menor rastro de autoexigencia, el esqueleto de las composiciones se queda escandalosamente endeble, construido de forma perezosa y maquillado con un efectismo que nunca había sido tan poco convincente. Sin ninguna duda, el peor disco de la carrera de Muse.

    NACHO SERRANO

  3. Kokoshca «El Mal»

    Empecemos por «El mal», la última canción del disco de los pamplonicas y que le da nombre al mismo, en donde se canta «He visto a Juan Carlos Girauta sin camiseta liderar la conga de la cena del Congreso». Será la frase más cachonda de este tema entre nu metal (género aberrante) y Corcobado que sale irregular y en tono irónico y visión de pedestal («he visto a la moral de la izquierda sosteniendo el sistema»).

    Esta canción es una de las singularidades de este disco de rock garagero y, precisamente, en estas excepciones como en la lambadesca «Bom-Bom» y, sobre todo en su cima, «Me arranque la piel», es donde se ven los coletazos de inquietud musical y riesgo más excitantes. Habría que decir que en su zona de confort saben sacar también unos estribillos ganadores que, en verdad, es el otro puntal de este álbum de rock evasivo aunque politizado con un inicio notable.

    JAVIER VILLUENDAS