Retrato de Enrique Granados
Retrato de Enrique Granados - ABC

La mano amable de Enrique Granados

Hace hoy cien años moría el compositor español en el naufragio del Sussex, que fue atacado por un submarino alemán mientras navegaba en aguas del Canal de la Mancha

Actualizado:

La tradición ha impuesto que Albéniz, Falla y Granados pasen a la historia como los grandes representantes del nacionalismo musical español en el tránsito al siglo XX. Pero la tradición es perezosa y acaba prefiriendo la brocha gorda al pincel. Singularmente, en el caso de Granados, cuyo retrato artístico merecería una revisión crítica. Falla supo preservar su legado y siempre ha tenido colaboradores suficientes como para abrillantar los detalles más insospechados de su obra. Acabando la década de los últimos noventa, Albéniz, vivió un resurgir formidable, a partir de la recuperación de su obra escénica y vocal, lo que llevó a estudios solventes.

Granados aguarda su momento bajo el paraguas de una lluvia fina que no acaba de penetrar en la cuidada imagen de quien siempre posó con atildado recato, cierta ensoñación y un indudable halo romántico: de pronto surge un disco que presenta parte de su música de cámara, algún otro que atiende al piano más desconocido, se anuncia la interpretación de una ópera… pero, a cien años de su muerte, ¿tiene la opinión general en consideración aquellas «particularidades» que Falla exigía para los grandes de su tiempo?

Salvo los años de estudio en París, Enrique Granados desarrolló el grueso del trabajo en Barcelona. Hay que pensar en una ciudad cosmopolita, abierta, en la que es posible interesarse por la historia de una España que se ha hecho culta de la mano de la ilustración dieciochesca. Para Granados, la rememoración de aquel tiempo concluye con «Goyescas», suite pianística tras la que bulle un argumento en relación con escenas pintadas por Goya. Color, luz, sentimiento y ritmo traducidos en música, incluyendo la referencia a alguna tonadilla. Fernando Periquet añadiría las palabras y Granados la reconversión en una ópera que hoy suena más agradable que vital.

Por alguna razón, la mano amable siempre surge al hablar de Granados. En el piano, su instrumento, porque gustó del romanticismo concentrado: el de las «Escenas poéticas»; el que animaba a la burguesía diletante con fantasías y valses; y también el que se imponía con fulgor y virtuosismo según la «Rapsodia aragonesa» o el «Capricho español». En todos los casos se trata de música inmediata, que huye de los grandes desarrollos y que reclama la imaginación de un intérprete que debe ser mucho más que un buen lector de partituras. El propio Granados triunfó como improvisador, como genio de un teclado cuyos principios técnicos aún difunde la Academia Granados-Marshall.

Todo ello es lo sabido. Se ha difundido menos el poso catalanista de algunas de sus primeras obras, por ejemplo el «Trío con piano». O el compromiso modernista de su teatro musical: salvando la costumbrista «María del Carmen», calificada entonces de «escuela moderna»; «Picarol» sobre texto catalán de Apel.les Mestres; «Follet», «Gaziel»... Desde Barcelona partió hacia Nueva York para estrenar «Goyescas» en el Metropolitan Opera House. Falla y otros amigos acudieron a despedirle. A la vuelta, el barco en que regresaba fue atacado por un submarino alemán. Un 24 de marzo de 1916. «Tinc un mon de projectes», había escrito poco antes.