Liam Gallagher, durante su actuación en Barcelona
Liam Gallagher, durante su actuación en Barcelona - ORIOL CAMPUZANO

Liam Gallagher, un espejismo a mayor gloria de Oasis

El cantante británico se estrenó en solitario en Barcelona con un discreto concierto generoso en clásicos de su antigua banda

BARCELONAActualizado:

En el reparto de talentos en casa de los Gallagher, a Noel le cayó el genio compositivo y Liam se tuvo que conformar con la voz y el carisma malcarado, así que desde que decidieron enviar a Oasis a la papelera de la historia para probar fortuna separado, sus carreras no han hecho más que avanzar a trompicones. Siempre a medias y siempre tropezando en sus intentos por replicar aquella alquimia que surgió del Manchester de los noventa entre borbotones de electricidad y coros de hooligans pasados de pintas.

Llegará un día en que una oferta lo suficientemente suculenta les haga olvidarse de rencillas familiares y riñas legendarias y vuelvan a activar esa maquinaria que, después de varios amagos, dejó de funcionar en 2009, pero mientras tanto ninguno de los dos esconde que su empeño no es otro que recuperar la chispa que inflamó discos como «Definitely Maybe» y «(What’s The Story) Morning Glory».

Lo hace Noel cada vez que suena «Don’t Look Back In Anger» y su cuenta corriente crece un poco más y, cómo no, lo hace también Liam ahora que su estreno en solitario con «As You Were» le permite volver a juguetear con las viejas canciones de la banda británica. De hecho, más allá de su bienintencionado aunque muy irregular debut en solitario, el señuelo de la gira que anoche revivió en Barcelona los mejores llenos de la sala Razzmatazz no es otro que el de ver cómo el menor de los Gallagher da carpetazo a esa nadería que fue Beady Eye para bucear una vez más en aquellos maravillosos años de euforia pop y excesos rockeros.

Así que Liam, insólitamente puntual y enfundado en un cortavientos amarillo -los brazos, eso sí, siempre pegados a la espalda como con Loctite-, no perdió el tiempo y empalmó dos rocosas versiones de «Rock ‘N’ Roll Star» y «Morning Glory» nada más salir al escenario. El público, que ya se había desgañitado antes del concierto con el «I Am The Resurrection» de los Stones Roses, celebró cada canción de Oasis como si fuese un gol por la escuadra, aunque la euforia empezó a decrecer en cuanto cayeron los primeros temas propios. A saber: el rock plomizo de «Greedy Soul», esa resultona «Wall Of Glass» con vistas a Paul Weller, una «For What It's Worth» que sigue a pies juntillas el canon lennoniano… La voz, es cierto, aún le acompaña, así que, por más que el material sea fofo y endeble, se las apañó para defender con cierta autoridad canciones nada memorables como «Paper Crown» o «Bold».

Con «Some Might Say» y «Slide Away» volvieron los brazos en alto y las cervezas volando por los aires. Un espejismo de intensidad para mantener en pie un concierto que, de ser por cosillas como «Come Back To Me» o «You Better Run», se hubiese desplomado en el acto. Y es que Oasis, para entendernos, son los ruedines con los que Liam está empezando a caminar en solitario por lo que, sin aquellas canciones que escribió su hermano hace dos décadas, su estreno «en solitario» en la ciudad hubiese sido lo más parecido a un naufragio. De hecho, tampoco la materia prima garantiza el éxito, como pudo verse con esa indolente y perezosa versión de «Live Forever» con la que se despidió después de rescatar con cierto garbo «Be Here Now», «Cigarettes & Alcohol» y una «Wonderwall» tan calcinada como infalible.

Al final, lo que quedó fueron 70 minutos raspados de concierto, un repertorio con ocho canciones de Oasis (la mitad de las que sonaron, ni más ni menos) y la sensación de que tanto Liam como Noel necesitan urgentemente una excusa para hacer las paces.