Lana del Rey, anoche durante su actuación en Barcelona
Lana del Rey, anoche durante su actuación en Barcelona - INÉS BAUCELLS

Lana del Rey, noche de blanco satén en el Sant Jordi

La cantante americana reivindicó su pop lánguido y vaporoso en un recinto a medio llenar

BARCELONAActualizado:

Apareció la neoyorquina en un escenario repleto de palmeras de pega y rocas de cartón piedra, algo así como una playa de Malibú remezclada por David Lynch y, por más que los gigantescos telones negros apenas llegaban a disimular la desnudez de las gradas, a nadie pareció importarle que el Palau Sant Jordi se hubiese quedado a medio llenar y que la pista presentase una gigantesca calva grisácea a partir de la mesa de sonido.

No le importó a ella, emocionada (eso dijo) por acabar su gira en España, ni tampoco a un público que, apretujado en las primeras filas, gritó y celebró el doble para que el asalto de Lana del Rey a las ligas mayores del pop no acabase deslucido por algo tan prosaico como un buen puñado de entradas sin vender.

Así que para cuando llegó «Pretty When You Cry» y la cantante empezó a despachar cabriolas vocales estirada en el centro del escenario, aquello ya era un festival de móviles en alto y explosiones de euforia. Un griterío que se vio reforzado cuando «Blue Jeans» y, ya al final, «West Coast», trajeron de vuelta a la diva de proximidad, la misma que disfruta bajando del escenario para acercarse a sus seguidores mientras ejecuta su particular besamanos, se deja abrazar y fotografiar e interpreta «Carmen» sobre la marcha a petición de su público.

Antes de eso, «13 Beaches» y «Cherry» –pedazos del «Scarborough Fair» de Simon & Garfunkel incluidos– ya habían marcado el rumbo de una noche de melodías sinuosas, susurros intrigantes, terciopelo azul y blanco satén. Un menú de contornos vaporosos y estribillos trémulos que la cantante, acompañada por cuatro músicos y dos bailarinas, quiso despachar con ademanes algo deslavazados entre guiños a Henry Mancini y amagos de reconstrucción con vistas a la música negra como los que propone «Lust For Life».

De ahí que toda la noche tuviese algo de tira y afloja entre las melodías atiborradas de melancolía y el músculo romántico de «Summertime Sadness» o «National Anthem»; entre el atracón de vintage porque sí de «Terrence Loves You» y el jugoso retrofuturismo de «Off The Races». Un duelo desigual que, a falta de mayores distracciones y de un montaje algo más imaginativo y elaborado, cargaba todo el peso del relato en un repertorio algo irregular. No había más que fijarse en el público para darse cuenta: alborozo máximo con «Born To Die», aplausos corteses para una extenuante «Honeymoon», repunte de atención con una «Lust For Life» de ritmo mutante, y éxtasis para recibir «Video Games», uno de los himnos con los que se dio a conocer que interpretó ayer suspendida desde un columpio.

Coronada como diva lánguida y a ratos excesivamente torturada, Lana del Rey se quedó a medias en su intento de llenar el Sant Jordi, pero sí que recreó con cierto tino unos paisajes emocionales teñidos de blanco y negro y salpicados de guiños a la mitología americana -no faltó su meterse por unos segundos en la piel de Marilyn Monroe-. Una recreación algo deslavazada que si no funcionó del todo fue porque sus canciones, saturadas todas ellas de melancolía y temblores, parecen hechas para envolver salones aterciopelados y no fríos recintos de hormigón. O será sencillamente que su voz, más fiable aunque algo agotada después de una larga gira, promete un pasado que nunca acaba de llegar porque algo se pierde en la traducción al presente. En cualquier caso, ahí seguía, cuatro años después de su última actuación, celebrando su rareza y demostrando que, a pesar de todo, otro tipo de diva también es posible.