Roberto De Candia y Rebecca Evans, en «Falstaff»
Roberto De Candia y Rebecca Evans, en «Falstaff» - JAVIERDELREAL

A Falstaff le gusta el misterio

Actualizado:FALSTAFFTeatro Real. Madrid

Varias sonrisas y alguna que otra alegría acompañaron la representación de «Falstaff» que anoche ofreció el Teatro Real. Ayudó a ello la sutil naturaleza del libreto de Arrigo Boito y la inmensidad de la música de Verdi, cuyos gestos y referencias, superficiales y cultas, dibujan una comedia magistral, satírica, inmediata y fluida. Se ha dicho que esta ópera es teatro de acción y, quizá, tratando de enfatizarlo el propio compositor reclamó para su estreno un director teatral dispuesto a servirla obviando cualquier vanidad.

Al Real ha venido Laurent Pelly, para estrenar una producción hecha en colaboración con la Monnaie de Bruselas, Burdeos, la Tokyo Nikikai Opera y Neoescenografia. Su propuesta se presenta honrada y veraz, pareciera que cercana al espíritu verdiano. Apenas comienza la obra, la posada es un espacio de aire contemporáneo, incómodo y angosto que se abre a la mirada cotilla de mil ventanas en cuanto el protagonista señala que «este es mi reino». Al poco, la casa de Ford es una escalera laberíntica, cuya balaustra y pared en damero rememoran épocas más históricas y shakesperianas. Se intuye la burla, la aceleración y el trueque. El enredo.

Sin embargo, este «Falstaff» camina siendo una idea prometedora que lenta e inexorablemente agota cualquier atisbo de imaginación. La sobrecogedora fuga final pondrá a cualquier espectador los pelos de punta pero no será porque la escena en el parque ayude a traspasar lo real penetrando en lo onírico («sogno o realtà?», había preguntado Ford), o porque la fantasía se adueñe definitivamente del escenario. El lugar es común, el ademán es corriente y la realización es tópica, incluso elemental, incluyendo el espejo final en el que, con propósito metafórico, se contemplan los espectadores. Contra pronóstico, Pelly incurre en la muletilla y en lo obvio, a pesar de que su vuelta al Real venía precedida por estupendas realizaciones de «La fille du régiment», «Hänsel y Gretel» y «El gallo de oro».

El ámbito musical es distinto. En el foso se presenta Daniele Rustioni, director en Lyon, la Toscana y muy pronto en Belfast, quien coloca la obra en una posición importante. Dota a la partitura de una interpretación limpia, directa, expresiva, sin sicologismos. Esencialmente musical antes que descriptiva dejando en muy segundo plano efectos y onomatopeyas. Sin duda, su versión tendrá con el tiempo otro calado, mayor implicación con la palabra, pero de momento es muy de agradecer que todo adquiera energía y al tiempo claridad escénica. Porque el vigor cuadra muy bien con el Falstaff de Roberto De Candia cuyo timbre, moderadamente veterano, se abre a una representación burlona, hedonista y digna. Con autoridad defiende su monólogo poco antes de que Simone Piazzola se crezca en el suyo. Sin más armas que la presencia en un escenario desnudo, lleva a Ford hasta un espacio de distinción, más gentil que grosero, que es una palabra del mismo Verdi.

Ambos son estupendos actores en un entorno en el que el ademán nunca rebasa la caricatura. También dan cuenta de la importancia que tienen los intérpretes masculinos en el primer reparto. A pesar de que «Falstaff» sea una obra de corte muy femenino. Rebecca Evans, Alice Ford, y Maite Beaumont, Meg Page, rematan con prudencia y gusto sus intervenciones. La voz es moderada y la intención algo inocente. Daniella Barcellona camina de puntillas por su personaje, más apoyada en su presencia física que en los vericuetos de su entonación. Mientras, Ruth Iniesta dibuja una excelente Nannetta, particularmente cuando se encuentra con Joel Prieto cuya dirección melódica es dudosa, lo que deja a Fenton convertido en un conquistador sin demasiado arte. El largo reparto incluye también al irónico Christophe Mortagne, al eficacísimo Mikeldi Atxalandoso, y al, un poco rudo, Valeriano Lanchas. En el cierre, este «Falstaff» se adueña da un sabor extraño. De comedia, sin duda. Aunque más cándida que mordaz.