Annet Fritsch, en una escena de «Idomeneo»
Annet Fritsch, en una escena de «Idomeneo» - JAVIER DEL REAL
CRÍTICA DE ÓPERA

La emocionante actualidad de Mozart

Dar un sentido tan emocionante a «Idomeneo» significa sintetizar la importancia de una obra que rompió moldes, señaló caminos y encumbró la madurez de un Mozart de apenas 25 años

Actualizado:«Idomeneo»Teatro Real

El mensaje de la mitología clásica traspasa el tiempo dando sentido a cuestiones que nos incumben en el día a día. Lo explica Robert Carsen en la nueva producción de «Idomeneo» que ayer se estrenó en el madrileño Teatro Real y se coproduce con Toronto, Roma y Copenhague. Dioses, reyes y héroes son ahora personas que sienten y padecen. Refugiados y soldados, que al final todos son uno, colocados en algún lugar donde se sabe del sufrimiento. Pero la herencia es brumosa porque, como se ha señalado abundantemente en los muchos previos que han precedido al estreno, en la ópera de Mozart se superponen capas de significado que enriquecen su origen, según el texto de Antoine Danchet y adaptación de Giambattista Varesco. En «Idomeneo» subyace el genio mozartiano liberado del yugo del padre dominador, y todo se culmina con un «lieto fine» de carácter ilustrado con el amor venciendo al odio y el acuerdo al enfrentamiento.

El destilado de Carsen asume estos puntos de vista en una robusta demostración de sabiduría teatral, propia de quien lee las obras con lógica y análisis, sabiendo entresacar las experiencias que impulsan la acción. Pero aun olvidando las ideas previas y las razones teóricas, una afinidad inmediata explica que hay mucho de verdad en esa multitud de figurantes sin referencia que se agolpan en el escenario del Real dispuestos a señalar la posibilidad de un «Idomeneo» antibelicista. Mucho más rotundo, desde luego, que aquel abstracto, desnudo, monolítico y falto de compromiso que hasta el Real trajo Luc Bondy en 2008.

En realidad, Carsen apura un propósito que ya ha circulado previamente. A vuela pluma, Christophe Honoré se implicó, aunque con torpeza, en la crisis humanitaria con el «Così fan tutte» de Aix-en-Provence en 2016 y Peter Sellars lo hizo muy brillantemente ante «La clemenza di Tito» en Salzburgo un año después. En este último caso con el apoyo revolucionario y mozartianamente inquietante que le proporcionó la propuesta musical de Teodor Currentzis. En Madrid, las cosas son ahora ligeramente distintas, al menos en la representación de anoche donde costó mucho dibujar una versión armada. Hubo que esperar al aria final de Elettra, «D’Oreste, d’Aiace», para que Eleonora Buratto, con su voz un punto ácida, directa y abundante, encontrara un fondo de nervio en el foso. Imperó el querer al poder en una versión a veces pesante y poco imaginativa a cargo de Ivor Bolton. Lo reveló la «ouverture», la falta de sincronía en el coro «Pietà! Numi, pietà», la insulsa transición del terceto al enardecedor coro «Qual nuovo terrore» en el final del segundo acto o la famosa aria de Ilia «Zeffiretti lusinghieri». Aquí con Anett Fritsch recuperando detalles de gusto y correcta emisión.

En ese sentido tan ingrata puede ser la escasez como el exceso de verismo con el que Eric Cutler asumió en el aria de Idomeneo «Fuor dal mar». Su actuación se asentó poco a poco, como lo hizo la voz de David Portillo, cuyo Idamante renqueó inicialmente por inestabilidad y falta de apoyo. Con independencia de las circunstancias que ayer se vivieron, el potencial del primer reparto es evidente, como también el del maestro Bolton quien abrirá a nuevos matices a esta producción. Su grandeza bien puede resumirse en la sutil iluminación de Carsen y Peter van Praet o en la configuración de una escena estrecha y dominada por una gran pantalla de fondo. Allí es donde se plasma la «sombra dolorida» de Idomeneo, donde se agita la tormenta, donde se observan los estragos del monstruo en una imagen de derrota tras la guerra. El lugar en el que se esparce una alfombra de chalecos rojos ante la que sobran las palabras. Dar un sentido tan emocionante a «Idomeneo» significa sintetizar la importancia de una obra que rompió moldes, señaló caminos y encumbró la madurez de un Mozart de apenas 25 años. Demostrar que se trata de algo vivo.