Pauline Delabroy-Allard
Pauline Delabroy-Allard - Delphine Chanet

Pauline Delabroy-Allard: «La pasión está vinculada a la tragedia y siempre termina mal»

Con su debut literario, «Voy a hablar de Sarah», que ahora llega a España, la autora se ha convertido en una de las voces revelación en Francia, donde ha sido candidata al premio Goncourt

Madrid Actualizado: Guardar
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Lo hemos escuchado muchas veces y, con suerte, o sin ella, lo habremos vivido: el relato de una pasión que lo altera todo a su paso, que reduce el mundo a una mirada, a un cuerpo imantado incapaz de distinguir el querer y el deber. Un antes y un después en una biografía. El éxtasis, el dolor: una eternidad comprimida en pocos meses. El «amour fou». Lo han contado muchas veces, sí, pero no tantas el lirismo y la autenticidad se abrazan en una misma novela. Sí ocurre en «Voy a hablar de Sarah» (Lumen), el flamante debut literario de Pauline Delabroy-Allard, que tiene 172 páginas y podría resumirse en una de sus frases: «El amor con una mujer: una tempestad».

Una mujer, divorciada pero con novio e hija, conoce a otra mujer, se enamora y todo cambia: la relación se rompe y ella, la madre, deja de ser tan madre. «Tenía ganas de mostrar que la pasión es diferente del amor. Cuando vives una pasión esta lo barre todo, incluso los sentimientos más fuertes, como la maternidad», comenta Delabroy-Allard a ABC. Así que la historia, su historia, es básicamente eso: la pasión y la destrucción de la mano, caminando de forma inevitable hacia el dolor.

Historia de una obsesión

«Para mí, la pasión está vinculada a la tragedia: siempre termina mal. Y la narradora trata de escaparse, se marcha, se aleja, se va a Italia, pero incluso ahí se ve acosada por el fantasma de Sarah, por su historia con ella», asevera la autora. ¿De verdad cree que el amor siempre deriva en desastre? «Este es un libro sobre la obsesión amorosa. Sí creo que hay otra forma de amor mucho más tranquila, más sencilla, que permite construir algo. Pero estas dos protagonistas no construyen nada, se destruyen, más bien», responde.

La historia, sí, la hemos escuchado muchas veces. Y no lo niega Delabroy-Allard: «No cuento una historia original. Es algo banal, una trama de amor sencilla. Sí, entre dos mujeres, pero ahora mismo eso tampoco es tan original. Lo que me interesaba era la escritura», confiesa. La escritura, el lenguaje: también eso es el amor. «Una historia de amor importante, una que se distingue de una mediocre, es la que inventa un lenguaje. De hecho, la primera parte de la novela narra momentos de la relación que parecen banales, pero que son imprescindibles para entenderla. Son pequeñas pinceladas del lenguaje».

Ese equilibrio entre lo poético y lo veraz, afirma, solo se puede conseguir habiendo estado ahí, en la tormenta, con alguna cicatriz encima. «No puedes inventarte eso. Para mí es imposible», asegura. Pero avisa: no es tanto una autobiografía como una autoficción. «La narradora se parece a mí, pero no soy yo. Tiene rasgos en común conmigo, es un doble, pero hace cosas que yo no haría nunca, como abandonar a su hija», subraya.

«Voy a hablar de Sarah» convirtió a Delabroy-Allard –que, por cierto, tiene 31 años– en jovencísima candidata al premio Goncourt, aunque después el jurado no la incluyó entre las finalistas. «Casi mejor no haberlo ganado, porque vista la repercusión de haber estado nominada… Si lo llego a ganar, me suicido. Porque después es una locura. Viajar, entrevistas… No, no, prefiero no haberlo ganado», bromea.

Sea como fuere, lo que sí ha logrado esta ópera prima es fundar una voz literaria, porque ella se había prometido a sí misma que si no conseguía terminar una novela antes de los treina dejaría de intentarlo. «Pensaba que era la edad de la verdad, en la que hay que saber bien quién es uno mismo... Bueno, era una tontería», recuerda entre risas.