El escritor Paolo Cognetti, fotografiado en el mirador Gallarza, en el puerto de Navacerrada
El escritor Paolo Cognetti, fotografiado en el mirador Gallarza, en el puerto de Navacerrada - ABC

Paolo Cognetti, el escritor que encontró la inspiración en las montañas

El autor italiano escribió su última y exitosa novela, «Las ocho montañas», en una cabaña en los Alpes

Puerto de Navacerrada (Madrid)Actualizado:

Subimos a la montaña y el frío se vuelve más soportable, aunque la nieve no deja de caer en forma de polvo. La temperatura de Navacerrada, en contra de toda lógica, es más agradable que la de Madrid. Lo llaman inversión térmica: ese momento extraño en el que las cumbres blancas ofrecen cierta calidez. En el mirador Gallarza, Paolo Cognetti (Milán, 1978) disfruta de unas vistas que van mejorando mientras el cielo se abre y se pueden ver, al fondo, los picos que nos rodean. Está en su elemento. Es esta altura, este aire, el motivo que ha inspirado su última novela, «Las ocho montañas» (Literatura Random House), y que lo ha llevado a vivir la mitad del año en una pequeña cabaña en los Alpes, lejos del ruido de Milán.

«A los 30 años me fui a la montaña a buscar la soledad, a convertirme en una suerte de eremita para dedicar todo mi tiempo a escribir», recuerda al abrigo de una estufa. Sin embargo, allí se topó con dos personas, Remigio y Gabriele, con las que entabló una profunda amistad, que se ha extendido a lo largo de los años y ha marcado su literatura. De hecho, son ellos el magma del que nació Bruno, uno de los protagonistas de esta novela, un hombre tímido, que posee esa sabiduría que solo el silencio ofrece y que se convierte en el alma gemela de Pietro, el narrador de la historia.

«Son dos hombres muy tímidos, dos jóvenes condenados a la soledad. Pero la montaña obra el milagro de la amistad», explica el escritor. Aunque el título de la novela hace referencia a esas montañas que marcan su vida (la real y la literaria), el asunto central del libro es la amistad: la relación con Bruno, la relación con su padre. Pero esta relación solo es posible en la naturaleza, un lugar de libertad donde compartir soledades.

La montaña es el material de esta historia, pero también la mitad de la vida de Cognetti: «Llevo una doble existencia: en Milán y en los Alpes. Y en ambos con una rutina muy sencilla, concentrada en la escritura». Son dos espacios que se complementan. Por un lado, la ciudad es el lugar del encuentro, de la diversidad. Y por el otro, está su cabaña, donde lleva a cabo sus retiros, donde aprende a estar solo. «Para mí, la soledad no es sencilla. Es un reto. Por eso la montaña es una especie de escuela de la soledad», sostiene.

Ansia de libertad

Toda la obra de Cognetti está marcada por el ansia de libertad que despierta en él la naturaleza. Es un motivo que descubrió en la literatura norteamericana, esa que devoró con pasión en Nueva York, una de sus ciudades predilectas. «Son escritores transgresivos, poco intelectuales, que se van a la guerra, a la aventura, a cazar ballenas. Tienen un gran sentido de la libertad. Cesare Pavese los llamaba los escritores bárbaros». ¿Quiénes son? «Bukowski, Fante o la Generación Beat. Y en relatos cortos, Carver y Hemingway», añade.

De ellos admira su oficio autodidacta, que hoy echa de menos en la literatura. «Ahora los escritores salen después de hacer un itinerario académico marcado». En su caso no fue así. Hasta los 21 años, estudió matemáticas, pero el ansia por convertirse en narrador lo llevó a abandonarlo todo por la escritura. «Entonces me dediqué a leer de forma voraz a todos estos escritores a los que admiro. A leerlos y a estudiarlos, pero por mi cuenta».

A sus 40 años, y siguiendo esa formación autodidacta, Cognetti se ha convertido en un escritor reputado. De hecho, «Las ocho montañas» le brindó el premio Strega, el más importante de las letras italianas. Pero eso no ha cambiado sus intereses ni su «modus operandi». «Ahora escribiré sobre mis viajes a Nepal. Para mí la vida es la que nutre la literatura, y no al revés». Quizá por eso le preocupa tanto la conservación del medio ambiente, que es el alimento amenazado de sus historias. «Para la naturaleza, sería una fiesta si se extinguiera el hombre», bromea. Fuera, en la intemperie, sigue nevando y nuestras huellas ya se han borrado.