El escritor estadounidense Amor Towles
El escritor estadounidense Amor Towles - ROSER NINOT

Amor Towles: «La mayoría de los escritores actuales sólo escriben sobre sí mismos»

El autor estadounidense regresa a la ficción con «Un caballero en Moscú», novela que narra la historia del conde Alexander Rostov, sentenciado por los bolcheviques a vivir confinado en el hotel Metropol, frente al Kremlin

BarcelonaActualizado:

Aunque Amor Towles (Boston, 1964) empezó a escribir siendo un niño, su destino profesional estuvo alejado de la literatura, al menos al principio. Poco después de mudarse a Nueva York -no tendría más de 25 años-, un amigo montó una empresa de inversiones, y decidió unirse a él para probar suerte. Aquella tentativa, un poco improvisada, funcionó y la aventura se prolongó durante casi dos décadas. Hasta que Towles sintió, de nuevo, la llamada de la ficción, a la que tenía abandonada desde sus tiempos en Yale y Stanford.

Si su primera novela, «Normas de cortesía», apareció un año antes de que decidiera abandonar, definitivamente, el mundo de las finanzas, el germen de la segunda surgió cuando aún era un alto ejecutivo, en mitad de uno de esos viajes de trabajo, interminables, en los que pasaba cada semana en una ciudad diferente, siempre en los mismos hoteles: Londres, París, Roma… Así hasta que, un año, llegó Ginebra y, al entrar, reconoció a la gente que estaba en el vestíbulo: «Era como si no se hubieran marchado de allí», recuerda el escritor.

En el ascensor, pensó que había dado con una idea «interesante» para un libro: estar atrapado en un hotel durante mucho tiempo, imaginar lo que sería vivir allí. Llegó a la habitación, cogió papel y lápiz y se puso a urdir la trama de «Un caballero en Moscú» (Salamandra). Sin pretenderlo, a través de la historia del conde Alexander Rostow, aristócrata ruso al que los bolcheviques condenan a un encierro de por vida en el Metropol poco después de la Revolución, Towles termina narrando el devenir de Rusia en la primera mitad del siglo XX. Por cierto, Kenneth Branagh protagonizará la adaptación a la pequeña pantalla, que dirigirá Tom Harper.

¿Por qué Rusia?

Escribo sobre cosas que me fascinan. Durante mi adolescencia, leí a todos los escritores rusos del siglo XIX; después, a los autores de la era soviética… Fue algo natural. En cuanto me vino la idea a la cabeza, pensé que Rusia sería un telón de fondo maravilloso. En parte, porque allí hay tradición de arresto domiciliario, desde la época de los zares, con el ejemplo de Pushkin, a Siberia. Todo parecía encajar. Muchos lectores no lo sabrán, pero un tercio de la nobleza rusa se quedó allí después de la Revolución y siguió con su vida, aunque en circunstancias más modestas (ríe).

Toda la trama transcurre dentro del Metropol, pero logra trascender las cuatro paredes del hotel y se convierte en un relato de la historia reciente de Rusia.

Sí. En la narrativa hay una gran tradición minimalista: Chéjov, Hemingway… Pero yo sabía que esta novela iba a ser maximalista, arrastrando a su interior muchísimos elementos: literatura, filosofía, música, cine, gastronomía…

Como un gran cóctel narrativo.

Exacto. Una vez encerrado el conde, el juego consistía en lograr meter al resto del mundo en el hotel. El lector tiene la experiencia de leer una novela del XIX, pero en el mismo espacio. Cuando escogí Rusia como escenario, sabía que el reto más importante era contar una historia que enganchara, a través de la personalidad del conde, pero sin obviar los problemas soviéticos de esas décadas. Si hubiera pasado por alto la historia de Rusia, no hubiera sido justo. Rusia avanzaba económicamente, de la Revolución salieron cosas positivas… No es que justifique la era soviética, pero es importante recordar que en la Primera Guerra Mundial Rusia era el país más rezagado de todo Occidente: el 95% de la población era analfabeta, el 85% eran campesinos que no tenían tierras propias y la aristocracia rusa se comportaba como si fuera 1812. La Revolución era inevitable. No fue la primera, fue la última.

Pero tuvo consecuencias terribles, que además detalla en el libro. Me pregunto si recurre al humor, a la fina ironía de Rostow, para poder ponerlas de manifiesto.

Sí. Antes de empezar a escribir, me paso dos o tres años pensando. En el primer esquema de esta novela, el humor no aparecía. Lo descubrí cuando empecé a escribir. La sensibilidad del conde sirve para compensar el aspecto más duro del libro. Es un papel crítico el del humor.

¿De dónde viene ese amor que las páginas de la novela destilan hacia la literatura rusa?

El conde adora las novelas del siglo XIX, así que el libro es justo con ese amor y me ofrece la oportunidad de tejer la historia de esa manera. ¿Alguna vez ha usado un caleidoscopio?

Sí.

Pues el caleidoscopio es una metáfora perfecta para explicar cómo funciona la narrativa que es eficaz. Cientos de años después, seguimos leyendo a Cervantes, a Shakespeare, aún nos entretienen. Hay algo en esa narrativa que engancha, que nos forma ideas.

¿Y qué es ese algo?

La narrativa bien hecha es como un caleidoscopio: los trocitos de cristal son las distintas personalidades, lo que le pasa a cada personaje, los escenarios… Todos esos elementos nos enganchan con la historia, nos entretienen y, de algún modo, combinándolo todo, nos llevamos esa impresión, que es muy real, pero distinta en función del lector.

Me imagino que, al escribir sobre la historia, que al cabo es lo que ha hecho en esta novela, habrá sacado alguna conclusión…

Sí, creo que, como sociedades, recreamos nuestros problemas de país a país, de siglo en siglo, y no son pequeños, tienen graves consecuencias, pérdidas de vidas, a gran escala. Pero, dicho esto, a los estadounidenses nos enseñaron que la era soviética eran colas de racionamiento, represión artística, temor, necesidad de huir a Estados Unidos… Esa era la visión del enemigo de la Guerra Fría. La realidad es que eso era parte de la vida en Rusia, pero la gran mayoría de rusos no se fueron, vivieron sus vidas, se enamoraron, se casaron, tuvieron hijos…

Al final, pese a los giros del destino, todos terminamos volviendo a lo que consideramos nuestro hogar... Como Rostow.

Realmente, es un impulso muy primitivo y muy real para muchos de nosotros. Es algo muy humano. A cierta edad, sientes lealtad hacia tu hogar.

¿Y son las novelas el hogar de un escritor?

Ah, pregunta interesante… Sí, supongo que es una manera de explorar lo que no sabes, pero vuelves a descubrimientos de tu propia vida… Hay un grupo de novelistas modernos, en Estados Unidos, en Francia y seguro que también en España, que sólo escriben sobre sí mismos. Son autores a los que les gusta trabajar muy de cerca sobre su experiencia personal. Pero a otros, entre los que me incluyo, les gusta salir a explorar el mundo. Pero, tiene razón, incluso cuando tienes ese impulso, siempre vuelves…

Sí, sientes que perteneces a esa historia.

Así es, es un ciclo. Mis tres libros favoritos son «Guerra y paz», «Moby Dick» y «Cien años de soledad». Los tres salen a experimentar, pero hay un momento en el que consideran que han cerrado el círculo. Me gusta esa dinámica. Una novela puede ser como una sinfonía: se alarga en el tiempo, tiene distintos movimientos, distintos instrumentos, temas con tempos diferentes… Pero, al final de la sinfonía, llegamos a ese punto culminante, a ese momento final.

Hablando de finales, y sin hacer «spoilers», en el último encuentro que el conde tiene con uno de sus grandes amigos, éste le dice que cada país tiene una obra de arte que resume la identidad nacional para las generaciones futuras. ¿El de su país sigue siendo «George Washington cruzando el Delaware» o ha cambiado, tras los acontecimientos de los dos últimos años?

Sigue siendo esa obra. Según las últimas encuestas, la gran mayoría de estadounidenses se fía del FBI y piensa que Trump es una mentira. ¿Por qué «George Washington cruzando el Delaware» representa nuestra identidad? Porque los estadounidenses quieren que su país sea tan íntegro como ese hombre. A medida que va pasando el tiempo, la gente ve que Trump es un contraste ridículo. La gran pregunta es: ¿puede Trump cargarse, a largo plazo, esa idea de la devoción hacia George Washington?

¿Podrá?

Según las encuestas, cada año que pasa está peor. La realidad de lo que hace es innegable, incluso para sus partidarios. Así que… ya está bien, por favor. Por cierto, ¿cuál sería ese cuadro en España?

Creo que, en estos momentos, «El duelo a garrotazos», de Goya.

Oh, ya veo… Hubiera preferido que fueran «Las meninas», de Velázquez (reímos los dos).