El escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, fotografiado en Madrid, poco antes de la entrevista
El escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, fotografiado en Madrid, poco antes de la entrevista - ÁNGEL DE ANTONIO
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Rodrigo Rey Rosa: «El Nobel de Literatura debió desaparecer cuando se lo dieron a Miguel Á. Asturias»

El escritor guatemalteco, maestro de la prosa punzante, regresa a la ficción con «El país de Toó», una novela que denuncia la corrupción estatal de su país de origen poniendo el foco de esperanza en la comunidad indígena

MadridActualizado:

La mirada que Rodrigo Rey Rosa (Ciudad de Guatemala, 1958) refleja en su escritura es directa, penetrante, casi intimidatoria. En las distancias cortas, en cambio, el autor es tímido, esquivo, de esos a los que, en las entrevistas, les gustaría desaparecer, a lo Salinger. Es de la combinación de ambos caracteres, el de la ficción y el personal, de donde surge el genio. Y eso ocurre en contadas ocasiones. Por eso escucharle es tan satisfactorio como leerle. Su última novela, «El país de Toó» (Alfaguara), es un mágico ejercicio de realismo (viene de donde viene, por mucho que no se sienta deudor) sobre la corrupción que lo asfixia todo en su Guatemala natal, salvo las comunidades indígenas, resistentes al desvarío de la podredumbre estatal.

Siempre que le leo, tengo la sensación de que intenta tomarle el pulso a la realidad que le rodea.

Eso es un poco lo que hace la novela contemporánea, toma el pulso.

En este caso, usa la comunidad indígena de Toó para demostrar que en Guatemala no todo está perdido, pese a la corrupción estatal.

Es algo que yo creo. Soy muy pesimista acerca del género humano, pero como estas comunidades nunca han tenido la oportunidad de ejercer el poder hacia fuera, se han convertido en una especie de refugio.

Aunque no salgan en las noticias.

Sí, claro. Son gente que vive para ayudar, es su motivo de ser. Pero si llegaran a ejercer el poder y se expandieran, podrían empezar a pecar de lo que pecan las instituciones poderosas; no están a salvo de la corrupción.

O sea que usted cree que todo el que llega al poder termina corrompiéndose.

Es un axioma que casi siempre es cierto. Maquiavelo empieza a exponer eso como principio. Si estás en el poder, vas a volverte manipulador, cruel…

Y es algo que hemos visto en Hispanoamérica con demasiada frecuencia.

Sobre todo si el poder se prolonga, termina corrompiendo a cualquiera.

En Hispanoamérica, la realidad siempre termina superando a la ficción.

Siempre.

Lo cual es llamativo en el continente en el que surgió el realismo mágico.

Sí (ríe).

¿Sigue existiendo la necesidad de contar historias allá?

Sí, sí, sí. Se puede comprobar. En Guatemala han surgido muchas pequeñas editoriales en capitales departamentales y las historias que la gente publica ahí casi todas son basadas en una biografía. La gente necesita contar sus historias.

¿Y hay lectores para esas historias?

Hay pocos, pero los hay. Yo le agradezco a Alfaguara que me haya dejado publicar mis dos últimas novelas con editoriales pequeñas, porque tienen otra vida, una vida muy distinta. Estos chicos hacen un recorrido itinerante por ferias del libro mínimas y viven de eso; no publican online, van de feria en feria, vendiendo unos cuantos libros. Gente sí hay. Y solamente viven del mercado local. Por tanto, sí hay necesidad de contar historias y de leer las historias de tus semejantes, no sólo García Márquez.

Pero, ¿cómo consigue un escritor novel liberarse de ese peso tan enorme que es la herencia del «boom»?

Tienen que olvidarse de eso, evidentemente. Estos chicos no han leído casi nada a la gente del «boom», han leído los clásicos, así que no tienen ese peso. Es un peso que nos imaginamos nosotros, que hemos crecido con eso, pero ellos tienen que contar su historia.

Hablando de esas historias, la visión literaria que se tiene de Hispanoamérica es casi siempre reduccionista: violencia y exotismo. Pero el panorama es mucho más diverso.

La culpa es del mercado, no de la literatura. El mercado, y la lógica del mercado, que tiende a clasificarlo y etiquetarlo todo. Podrías quitarle todas las etiquetas y seguiría siendo lo mismo.

¿A usted qué etiqueta no le gusta que le pongan?

El fin es vender, y si tu libro se vende, está bien.

Pero, como autor, ¿qué puede hacer para intentar cambiar esa visión reduccionista?

No mucho, porque una vez que firmas un contrato con una editorial, les tienes que dejar a ellos. ¿Dónde metes a Borges ahí? Lo venden como literatura fantástica, exótica… Y, por otro lado, yo soy fatalista, en el sentido de que uno no escribe lo que cree que quiere escribir, sino lo que puede y lo que le cae, lo que le toca.

A usted le influyeron más Borges o Bioy que la literatura del «boom».

Seguro, seguro. Del «boom», la verdad, no releo a nadie. He leído bastante, pero…

Más como obligación, casi…

No, digamos, sí y no. Hay cosas de García Márquez que he leído y que me encantan, pero no es el tipo de escritor que yo quería ser o hubiera querido ser. Lo mismo con Vargas Llosa y Carlos Fuentes. En cambio, a Borges y a Bioy sigo retomándolos y leyéndolos, y siempre aprendiendo algo o gozando mucho.

No me resisto a preguntarle por el Nobel que nunca le dieron a Borges.

Lo peor es que se lo dieron a Miguel Ángel Asturias. Desde entonces, debió desaparecer el Nobel (ríe).

Por cierto, ¿sigue siendo Tánger una ciudad que relaciona con la escritura?

Sí, con nostalgia ahora, porque ahí escribí mis primeros cinco libros. Quiero regresar, pero ha cambiado tanto… Tánger fue la ciudad en la que me formé como escritor.

Regresó a Guatemala en el 96.

Antes, un poco antes. Regresé en el 92, cuando se hizo el alto al fuego, y en el 95 ya me instalé.

Además, usted sufrió las violencia en sus propias carnes.

Un poco, sí.

Su madre fue secuestrada...

Sí, y muchos amigos míos murieron, no por razones políticas, sino porque había tanta violencia… Tengo un recuerdo muy oscuro de los años 80.

Y en estos casi cuarenta años que han pasado...

Gracias por recordármelo (ríe).

Mire, en este caso, cualquier tiempo pasado no fue mejor (reímos). ¿Cómo ha cambiado Guatemala? Porque hace poco leía unas declaraciones del director de «El Faro» en las que hablaba con optimismo, decía que Guatemala es una de las sociedades más dinámicas de centroamérica.

Salvador es más dinámico políticamente, en el sentido de que hay alternancia. En Guatemala, siempre derechas.

Creo que era Octavio Paz el que defendía que la única manera de que Centroamérica superara problemas endémicos, como la corrupción o la violencia, era que se convirtiera en una confederación.

Yo estoy de acuerdo, pero si lo dices en Guatemala, eres un traidor.

¿Y lo ve factible?

No, no a corto plazo.

¿Y por qué eres un traidor si lo dices en Guatemala?

Porque la confederación implicaría darle el poder a una metrópoli más grande. Yo he dicho alguna vez que deberíamos ser una extensión de México, como en tiempos de la colonia. Hubo un intento de confederación, que iba desde Chiapas a Costa Rica, que fracasó. La confederación es una opción mucho más interesante que estos pequeños países, que eran fincas, y donde el interés era riqueza inmediata, no había un pensamiento político.

Horacio Castellanos Moya dice que no es que los Estados centroamericanos sean fallidos, es que son tullidos.

(Ríe) Nunca llegaron a ser, es así. Eran fincas, más que Estados, donde los terratenientes eran el Gobierno, y ese ha sido el modelo. La historia nacional de cada uno es una vergüenza.

Al comienzo de la conversación, me ha dicho que es pesimista respecto al género humano. ¿Lo es también respecto a la literatura?

¿En qué sentido?

En el sentido del futuro que le espera.

En eso no soy pesimista, porque creo que las malas condiciones exteriores pueden contribuir a un crecimiento interior o a una lucidez, por lo menos. No creo que haya mucho progreso, pero tampoco retroceso, creo que el arte en general es siempre una especie de reflejo de lo que somos capaces.