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«Propiedad digital», libelo contra la propiedad intelectual

Este libro podría haber sido un aceptable manual, pero su contenido ideológico, que parece revindicar a la difunta URSS, llena sus páginas de disparates, como defender el plagio

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Según las directrices que plantea este libro, ustedes, mis queridos lectores, pueden perfectamente piratearlo. No hace falta que lo compren. «Los cortes de conexión a internet o las intensas campañas antipiratería orquestadas por los estados son sólo ejemplos del papel que el poder político-jurídico juega en la defensa de un modelo mercantil de regulación de los bienes culturales», se dice en la página 87, entre otras. También el editor, si aún no le ha pagado sus honorarios, puede perfectamente no hacerlo, pues la propiedad intelectual «protege el aspecto individual y mercantil de un bien cultural, artístico o intelectual, y desatiende su carácter necesariamente social» (pág. 82).

En realidad, la estupenda editorial Trotta, según todo lo que se dice, tampoco debiera haberlo editado, pues sus diatribas contra los editores, de antes y de ahora, son tremendas: «Conviene por ello recordar que el interés de los editores era asegurar su propia forma de negocio, no la educación de la ciudadanía. Esta podía ser relevante en la medida en que significaba más lectores potenciales y, con ellos, mayor volumen de negocio» (pág. 43 y otras). Hay que recordar que este libro recibió una subvención de un proyecto europeo y del Ministerio de Economía y Competitividad. Le podrían reclamar su devolución, después de lo que el autor escribe: «Esta globalización ha implicado, entre otras cosas, un incremento de las desigualdades, una oleada masiva de privatizaciones en Occidente y una pérdida sustancial de soberanía de los estados a favor de instituciones no democráticas como la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial».

Furibundo inquisidor

Según esto, el ministerio español tampoco es democrático. Igualmente, si alguno de ustedes está haciendo un trabajo universitario, un doctorado o incluso escribiendo un libro, no se preocupe a la hora de plagiar, si le es menester, en su totalidad o parcialmente. El libelo, en la página 139, defiende la tradición japonesa (la desconocía) según la cual se pueden tomar prestados, sin vergüenza alguna, temas, personajes, ambientes y demás de otros autores, «sin que ello sea visto como plagio o ataque alguno a los derechos de autor. Al contrario, la sociedad japonesa lo considera culturalmente enriquecedor». En este libro tampoco se defienden los valores morales de las obras.

A la altura de esta reseña el lector ya se habrá dado cuenta de que el autor es un furibundo inquisidor contra la libertad y el derecho que tiene todo creador a vivir de su trabajo. Ni más ni menos que cualquier otro profesional. Para él, un ejemplo de fomento de la lectura y de aprendizaje es una biblioteca o una escuela pública, no una editorial. Gran parte de este libro gira alrededor de la crítica del entorno mercantil de la creación, impresión, difusión, distribución, promoción y venta. Evidentemente, el creador cede gran parte de sus emolumentos en todas estas fases que le son fundamentales. ¿Por qué el autor de esta obra no ha seguido cualquier otro procedimiento distinto?

Su autor arremete contra la libertad y el derecho de todo creador a vivir de su trabajo

Evidentemente los colegios, las familias, las bibliotecas públicas escasas, las subvenciones ínfimas, y las ayudas fiscales casi inexistentes han ayudado a la cultura, pero también su cauce mercantil del que viven, en nuestro país, miles de familias. Quizás para este autor, que prescinde de todo teóricamente pero que sigue cumpliendo con los mismos ritos que los demás, su modelo sea el de la URSS difunta. No se atreve a citarlo directamente, pero late en su espíritu y en todas las diatribas que lleva a cabo contra la economía liberal y socialdemócrata. Quizás piensa que sería mejor que todos los derechos de autor perteneciesen al Estado y que éste los repartiese según los méritos ideológicos de los creadores, como así fue, y como, desgraciadamente, sigue siendo en algunos lugares.

Poder comer

En la página 77 se escribe que «la figura de la propiedad privada ha sido, desde sus inicios, incapaz de satisfacer determinados requisitos importantes respecto de los bienes culturales, como garantizar los medios para que los creadores puedan crear y subsistir dignamente, o garantizar una correcta difusión de dichos bienes». Claro que no ha sido todo perfecto, pero los genios están ahí. La conversión en mercancía del trabajo intelectual ha sido una necesidad imprescindible para poder seguir comiendo. ¿Un profesor, un abogado, un médico, o un arquitecto acaso no hacen lo mismo? En los países totalitarios este problema nunca existió. «El derecho no sólo ha tenido que fingir que nos encontramos ante una propiedad, sino ha tenido que regularla de forma que pueda funcionar como cualquier otro bien en el sistema económico en el que se desarrolla (una propiedad, pues, privada)». ¿Acaso las clases no lo son, o las sentencias, los proyectos arquitectónicos, los análisis clínicos, y tantas cosas más?

Gran parte de la obra gira alrededor de la crítica del entorno mercantil de la creación

En este libro-libelo también se pone en duda que el cine y la fotografía deban ser protegidos por la ley de propiedad intelectual (pág. 91), pues, para él, esto es «fruto de necesidades empresariales, y no porque tal forma de regular la creación artística-propiedad intelectual o derechos de autor-copyright sea inherente a todo tipo de expresiones…».

Las únicas páginas sensatas son las atribuidas a Carlos Rogel Vide, que su reproductor critica pues provienen del orden establecido. Internet parece que lo solucionará todo al tener la red vía libre para hacer lo que les dé la gana. Eso sí, esta vez con razón, pone reparos a las empresas.

Propiedad digital hubiera sido un aceptable manual de la historia de la propiedad intelectual, a lo largo de los siglos, si no fuera por el contenido ideológico que le insufla. Yo estoy totalmente de acuerdo con Diderot en que el trabajo intelectual es la más sagrada de las propiedades y es fruto del trabajo de la propia mente, y el producto más personal de un ser humano. ¿Cómo puede alguien, doctor en Filosofía del Derecho, ponerlo en duda?