El objetivo del paseo de Gaos (izquierda) y Zubiri era ir caminando hasta la Residencia de Estudiantes para asistir a una conferencia de Ortega y Gasset
El objetivo del paseo de Gaos (izquierda) y Zubiri era ir caminando hasta la Residencia de Estudiantes para asistir a una conferencia de Ortega y Gasset - Mariana Laín Claessón
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«Paseo filosófico en Madrid», fenomenología con la ayuda de una rosa

El «Paseo filosófico en Madrid» (Trotta) en el que Xavier Zubiri expuso la fenomenología entera a José Gaos en 1921 merecía una reconstrucción. De ella se ha encargado Agustín Serrano

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Desde el título mismo, este libro presenta al lector una estructura dual. Es por un lado la crónica de un paseo por ciertas calles de Madrid en que los caminantes hablan de filosofía. Este plano del libro contiene cosas muy precisas: personas, conversaciones, calles, edificios, ruidos, ciudad, mundo. El segundo plano discurre entre vivencias e ideas -fenómenos, horizontes, objetos, reducciones, esencias, ideales. El primero sirve de pretexto al segundo.

La reconstrucción del paseo es la forma, ciertamente oblicua, en que Agustín Serranoofrece su interpretación de la fenomenología, algo más que una mera introducción, una presentación entusiasmada de las tesis de Husserl que se define en los calificativos que para el lector avisado serán indicación suficiente: fenomenología pura en el sentido de trascendental.

En realidad, hay en este libro dos paseos. Está por un lado el paseo histórico que dieron un día de primavera de 1921 un joven Xavier Zubiri, a punto de leer su tesis doctoral, y un joven estudiante valenciano recriado en Oviedo, José Gaos, que llega a Madrid para cursar estudios de filosofía. Han quedado en el viejo caserón de la calle San Bernardo, sede de la Facultad de Filosofía y Letras. Deciden ir caminando hasta la Residencia de Estudiantes. Van a oír una conferencia que da José Ortega y Gasset.

Con tanto mimo

En la página 48 hay un plano del recorrido. Hablan de fenomenología, o, mejor dicho, Zubiri le cuenta a Gaos la «fenomenología entera» con ayuda de una rosa. Conocemos este viaje que con tanto cuidado -casi diría mimo- ha reconstruido Serrano gracias a que Gaos lo rememora en unas «Confesiones profesionales» que escribiría en 1953.

Este paseo real reconstruido casi arqueológicamente funciona como huésped metafórico de ese otro viaje virtual que al autor ejecuta en compañía del lector por las páginas del libro, presentando al paso (y de paso) la fenomenología de Husserl en sus temas centrales, teniendo a la vista la totalidad de su obra, las aportaciones bibliográficas más recientes, especialmente las escritas en lengua castellana.

La vuelta táctica por el error de Zubiri se convierte en ingrediente sustancial de esta obra

Serrano es consciente de la peculiar decisión de elaborar una «introducción a la fenomenología» a partir de la anécdota de un paseo en el que ciertamente se habla de fenomenología, pero desde una visión errónea. Al ser la lectura que predominó en la filosofía hispana, la vuelta táctica por el error de Zubiri se convierte así en un ingrediente sustancial de esta introducción a la fenomenología escrita en lengua castellana.

Se trata de una decisión biográfica. Agustín Serrano, como fenomenólogo que reflexiona en lengua castellana, asume la tarea, inscrita en nuestra tradición, de «salvar las circunstancias». Y no hay forma más efectiva de hacerlo que reconstruyendo el peculiar destino de aquel error que curiosamente pudo ser evitado por el propio Gaos, quien, años después, advirtió y denunció por escrito la lectura zubiriana.

Horizonte de mundo

Pero fue la plasmación de esa en la «Historia de la filosofía» (1942), de Julián Marías, lo que causó su propagación, acogida posteriormente en el «Diccionario» de Ferrater Mora y repetida incluso por el propio Zubiri cuando en 1962 publicó un librito de divulgación -«Cinco lecciones de filosofía», la última de las cuales iba dedicada a Husserl, donde en lo esencial repetía la visión de la rosa fenomenológica ofrecida a Gaos cuarenta años antes.

En la mezcla hábil de paseo y doctrina, la subida de la calle San Bernardo corresponde a la exposición de la situación general de la filosofía europea cuando irrumpe en ella Husserl con sus «Investigaciones lógicas» (1900), en polémica con el naturalismo, el psicologismo y el positivismo. Para cuando los paseantes lleguen a la glorieta de Bilbao tendrán claro a qué llama Husserl fenómeno y su complejidad: cuatro aspectos distintos en su unidad de dato inmediato de experiencia.

En Alonso Martínez estaremos en condiciones de entender el error de Zubiri, a saber, que ignoró la «pre-donación del mundo», es decir, que todo objeto de experiencia se inserta necesariamente en un horizonte de mundo; lo que significa que el mundo nos es tan evidente como cualquier cosa percibida. Consecuencia de esa desatención fue confundir la reducción fenomenológica con la eidética.

De Zubiri a Borges

No es lugar para desentrañar este tecnicismo. Baste decir que interpretó a Husserl al revés: este siempre aspiró a apresar el origen del conocimiento en la vivencialidad de lo real mismo. La confusión de reducciones llevó a Zubiri a una fenomenología de esencias puras, «desmundanizadas», que tenía su inspiración en Scheler.

Acabamos de girar en la glorieta de Colón. Allí abandonaremos la rosa esencial de Zubiri por la rosa que nace y muere de Borges, es decir, abandonaremos «el sesgo idealizante y objetivista» que imprimió a la fenomenología por el que se dispone a bregar con el mundo pre-donado de los cuerpos que nacen y mueren en medio de las contingencias, el «mundo que está siempre ahí como realidad». Pero ese mundo contingente y confuso se da a un sujeto cuya vida reclama sentido. Si no quiere ser toda su vida «medio filósofo», habrá de asumir una y otra vez la condición de «filósofo principiante» obligado a preguntar por las cosas, no dando nada por consabido.

Interpretara Husserl al revés llevó a Zubiri a una fenomenología de esencias puras

El paseo histórico abarca tan solo los dos primeros capítulos y termina cuando hemos comprendido que Zubiri primó un aspecto del fenómeno (el objetivo) y una especie de reducción, la eidética, en detrimento de la trascendental. El paseo virtual sigue en los dos últimos, dedicados a exponer los aspectos centrales de la fenomenología husserliana, algunos ya adelantados.

En un cuerpo

Su «nueva andadura» comienza con la cabal comprensión del alcance ontológico que encierra la reducción fenomenológica, consistiendo en suspender la creencia en el mundo. No podemos dar fe de la verdad «el mundo aparece porque existe»; pero sí de la que surge tras la suspensión: «El mundo aparece existiendo».

La tercera parte está consagrada a estudiar este nuevo «logos del aparecer» en sus estructuras: la temporalidad de la conciencia como la forma más elemental en que se dan nuestras vivencias; la correlación noesis-noema, es decir, la ley por la que las cosas aparecen en la inmanencia de nuestra conciencia intencional como contenidos noemáticos; y el hecho de que nuestro yo-conciencia lo es de un cuerpo y en un cuerpo («egología» encarnada).

El libro no se cierra con esta precisa, a la vez que elocuente, presentación de los grandes descriptores de la fenomenología. Falta responder a la pregunta ¿a cuento de qué todo este esfuerzo?, el de Husserl de aislar ese momento de pureza en la donación de lo real como punto de partida de una filosofía; y el de Serrano de esclarecer su mensaje y afirmar su validez a fecha de hoy. A esta justificación de la fenomenología y, por tanto, a sus implicaciones prácticas, esto es, éticas y políticas, está dedicada la cuarta y última parte.

En su brevedad, hay que hablar más de promesa que de desarrollo, de una invitación a otro paseo. No son menores los problemas de la intersubjetividad, de por qué y para qué filosofar o las reflexiones éticas que Husserl dedicó a la crisis europea después de la Gran Guerra y de la intensificación de la crisis cuando irrumpió en el corazón de su propio mundo alemán la barbarie bajo la forma de nazismo. Todo eso no se podía tratar en unas pocas páginas.

Quedamos, pues, expectantes, a la espera de tener noticia de un próximo paseo, de cuya conversación nos da un vislumbre en las enigmáticas palabras con que se despide: acaso un diálogo entre el heroísmo de la razón socrática y el heroísmo negativo de un burlador.