El sepulcro de Camoens en el monasterio de los Jerónimos (Belém)
El sepulcro de Camoens en el monasterio de los Jerónimos (Belém)
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«Os Lusíadas», la epopeya de la hispanidad

Esta obra es el quivalente en lengua portuguesa al «Quijote». Ahora nos llega la versión que el poeta Aquilino Duque ha hecho de los versos de Camoens

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Al hexámetro homérico y virgiliano le sucedió a partir del siglo XV como verso de la épica culta europea la octava real, ensayada con éxito en Italia por Boiardo en su «Orlando innamorato» y por Pulci en su «Morgante» y llevada a lo más alto de las letras renacentistas por Ariosto en su «Orlando furioso». Las dos aportaciones más relevantes de la epopeya ibérica a la música inigualable de la octava regia fueron «La Araucana», del madrileño de origen vasco Alonso de Ercilla, y «Os Lusíadas», del lisboeta Luis Vaz de Camoens, ahora de actualidad a causa de la aparición en las librerías españolas de la excelente traducción métrica del poeta sevillano Aquilino Duque, cuya primera versión apareció en 1980 en Editora Nacional. Hoy, debidamente corregida, ve la luz en la colección «Poesía universal» de la editorial hispalense Renacimiento.

Sin pelos en la lengua

Su reaparición constituye un verdadero acontecimiento literario, pues «Os Lusíadas» no solo equivale en las letras portuguesas a lo que supone el Quijote en las españolas, sino que, de algún modo, es, como dijo Ramiro de Maeztu, la «epopeya de la Hispanidad», o sea, de los pueblos que habitan en la vieja Hispania de los romanos, que no entendían de fronteras entre los hispanos cuando llamaron así a la península que separa el Mediterráneo del Océano.

Nadie, ni portugués, ni castellano, ni catalán, rehuía en el siglo XVI acudir al topónimo «Espanha», «España» o «Espanya», derivado del latín «Hispania», para designar a la Península Ibérica en su totalidad. Y, desde luego, Camoens no tuvo pelos en la lengua a la hora de adscribir la gesta narrada en «Os Lusíadas» a los hijos de Luso, primero -es decir, a los portugueses-, pero también, subsidiariamente, a los habitantes de España o, si se quiere, de las Españas, pues ese era y es el nombre que debe darse a la entidad geográfica que hoy alberga dos estados soberanos: España y Portugal.