Juan Manuel de Prada - Raros como yo

El laberinto de presencias de Ana María Martínez Sagi

Atleta, poetisa y sindicalista, Ana María Martínez Sagi tenía un talento fulgurante que cayo en el olvido

Juan Manuel de Prada
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Quizá porque todo hombre de letras gesta dentro de sí un hombre de acción reprimido, me embarqué, allá en la juventud, en la misión de rescatar del olvido a Ana María Martínez Sagi (1907-2000). El resultado de aquella búsqueda fue mi tercera novela, « Las esquinas del aire», que entregué a mis editores el mismo día en que Ana María fallecía en una residencia de ancianos de Santpedor.

El detonante de mi curiosidad fue un libro de entrevistas de César González-Ruano, titulado «Caras, caretas y carotas» (1930), que incluía la semblanza de una «poeta, sindicalista y virgen del stádium» que acababa de llegar a Madrid para promocionar su primer poemario, «Caminos». Con un periodismo transido de urgente poesía, Ruano retrataba a una «muchacha joven, de veinte años tal vez escasos», con el pelo «como una llama rubia en el frío rostro de estatua» y los brazos desnudos y «tostados por el mar y la montaña». Ana María era una catalanita consagrada con igual fervor al cultivo de la poesía y el «sport», que se declaraba, en pleno reinado de Alfonso XIII, «convencidamente republicana» y reconocía haber participado en mítines sindicalistas. «En la conversación no se descubría –escribió Ruano–. Guardaba el tabernáculo de su intimidad, sin entregar su secreto».

«Alas de luz»

A mí tampoco acabó de entregármelo del todo, o sólo me lo entregó aderezado de ensoñaciones. Sobrina del célebre barítono Emilio Sagi-Barba, había nacido en Barcelona, en el seno de una familia muy acaudalada dedicada al negocio textil. En la adolescencia, destacó en las más diversas disciplinas deportivas, llegando a obtener una medalla de oro en lanzamiento de jabalina en el primer campeonato nacional de atletismo. En 1929 publica «Caminos», un volumen de tono elegíaco y raro misticismo sensual en el que ya se adivina a una autora con «alas de luz en el alma, / inquietud en las pupilas, / y en el corazón la llama / de la piedad encendida». Cuando visite Madrid por primera vez, Cansinos-Asséns y Antonio Machado –entre otros– no vacilarán en proclamarla «heredera de Rosalía de Castro» y en lanzarle piropos que enojan sobremanera a otra poetisa de la época, Pilar de Valderrama (la Guiomar machadiana), provocando las patéticas excusas de su amante: «Perdona, mi reina, mi diosa. La sucesora de Rosalía eres tú, y no esa nadadora catalana. ¡Si yo pudiese escribir sin trabas!».

Los elogios que más gustaron a Ana María fueron, sin embargo, los de Ruano, que invita a la poetisa a comer callos en un merendero, después de requebrarla y robarle algún tímido beso. Pero para entonces Ana María ya había ofrecido sus primicias en los altares de Lesbos.

Su gran amor –del que pocas veces habló– fue otra «rara» ya aparecida en estas páginas: Elisabeth Mulder

Por aquella misma época, participa en la fundación del «Club Femení i d’Esports» para muchachas obreras. Son años en los que se multiplican sus apariciones y empieza a colaborar en la revista «Crónica» con reportajes e interviús de agilidad chispeante e intención social. En 1932 publica su segundo poemario, «Inquietud», donde ya se adivina un mayor despojamiento reflexivo; y en 1934 es nombrada miembro de la junta directiva del Fútbol Club Barcelona. Cuando estalle la Guerra Civil, Ana María se incorporará como corresponsal a la Columna Durruti y convivirá con los anarquistas en el frente de Aragón, publicando crónicas donde relumbra la perplejidad de un alma pura que contempla la demolición de sus sueños. Asiste al bombardeo de Caspe y es herida en una pierna, momento en el que se le pierde la pista, hasta que la vemos cruzar la frontera a través de los Pirineos, cuando las tropas de Yagüe entran en Barcelona.

A la conclusión de la guerra, hace fortuna en Cannes, pintando fulares con polvillo de oro (entre sus clientes más constantes se hallaba Begun, la esposa del Aga-Khan) y, con la pequeña fortuna que logra ahorrar, adquiere unos terrenos en Montauroux que dedicará al cultivo del espliego y el jazmín, para proveer a la industria cosmética. Son estos los años más borrosos y secretos de su vida, en los que tal vez sueña tener una hija muerta prematuramente. Luego cruza el charco y se instala como profesora de español y francés en la Universidad de Urbana, en Illinois.

Romance agazapado

Cuando vuelva a España, allá por 1969, publicará «Laberinto de presencias», una voluminosa antología poética que contiene sus mejores poemas, despojados ya de los amaneramientos del romanticismo tardío y memoriosos siempre de un amor agazapado allá en los años juveniles, un amor que no osa decir su nombre (aunque a mí me lo susurró al oído, y era el de Elisabeth Mulder, otra rara a la que ya hemos rendido homenaje en esta sección); y luego calla para siempre, o al menos hasta que yo la encontré en Moià, donde residía desde hacía treinta años, apartada del mundo y de sus pompas.

Era entonces Ana María una anciana que contemplaba la muerte con esa resignación convaleciente de quienes han visto discurrir demasiados paisajes y han padecido una existencia demasiado vapuleada de sinsabores, demasiado afligida de soledad y desesperanza. Y sólo cuando invocaba el nombre de Elisabeth Mulder sus ojos acechados de noche se avivaban con el rescoldo de una secreta dicha.

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