Juan Manuel de Prada - Raros como yo

¿Qué me importa sufrir?

Armando Buscarini fue un poeta sin desmayo, pese a pasar su vida entre la bohemia más mísera y el manicomio

Juan Manuel de Prada
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En casi todos los opúsculos que publicó en vida, que fueron muchos y muy menesterosos, solía Armando Buscarini (1904-1942) publicar su retrato, que la mala calidad del papel y el fogonazo del magnesio han ido convirtiendo en el retrato de un ectoplasma. Pero cuando posaba para el retratista, Buscarini lo hacía con gallardía y donosura, incluso con cierta alucinada arrogancia, como si avistase una posteridad que lo redimiría de las incontables penalidades que padeció en vida. «Gárgola adolescente y maltrecha», lo describió César González-Ruano; y en verdad, hay algo entre gótico y patético en ese muchacho de fisonomía lombrosiana, melena embarullada de piojos, nariz formidable que hubiese envidiado Cyrano de Bergerac, mirada ensimismada o retadora y orejas de soplillo, como alas raquíticas de un ángel proletario que ha renunciado al vuelo.

A veces, contemplando esos retratos que aparecen en el frontispicio de sus libros esmirriados, he llegado a creer que Buscarini no existió en realidad, que sólo fue un fantasma que vino a colgarse de mi imaginación febril, como los murciélagos se cuelgan de las paredes de una cueva. Pero Armando Buscarini existió de verdad; y la suya fue una de las existencias más trágicas que uno puede encontrar en aquel Madrid «brillante y hambriento» de las primeras décadas del siglo XX.

Niño mártir

Nacido en Ezcaray, en 1904, Buscarini (que en realidad se llamaba Armando García Barrios) se instala en la capital española con apenas catorce años, acompañando a su madre soltera. Niño mártir amarrado al suplicio de sus versos, Buscarini empezó a publicar sus opúsculos poéticos cuando apenas contaba catorce años. Eran los suyos poemas casi siempre apolillados, casi siempre ripiosos y mal medidos, casi siempre equivocados de siglo, que trataba de vender entre los parroquianos de los cafés, como un buhonero de la poesía. Como había días que no lograba reunir el dinero que le permitía calentar las tripas horras, al llegar la noche amenazaba desgañitado y aterido con tirarse desde el Viaducto; y entonces siempre había alguna piculina romanticona que le daba una limosna, o siquiera lo recogía por piedad en su lecho de sábanas resudadas y hormigueantes de sífilis.

Convertido en un sablista profesional, Buscarini regaló algunas de sus mejores páginas a los grandes cronistas literarios de la época –de Cansinos Asséns a González-Ruano, pasando por el propio Ramón–, que hicieron de aquel niño moreno de pálida luna el protagonista de las anécdotas más chuscas o crueles; y, andando el tiempo, Buscarini llegaría a ser uno de los protagonistas de mi primera novela, y el ángel custodio de mi vocación literaria, que todavía sigue protegiendo, con sus alas rebozadas de fango.

La suya fue una de las existencias más trágicas en aquel Madrid «brillante y hambriento»

En poco más una década, escribió poemarios, narraciones galantes, estampas de la vida golfa, obras de teatro que nunca lograría estrenar y hasta una autobiografía portátil, titulada pomposamente «Mis memorias», que publicó cuando apenas contaba veinticuatro años; y en la que nos confiesa que nunca estrenó más camisa que la camisa de fuerza. Diecinueve años tenía cuando visitó por primera vez el Departamento de Observación de Dementes, anejo al hospital provincial de la calle de Santa Isabel, hoy Museo de Arte Reina Sofía (no en vano hay quienes afirman que el arte contemporáneo es cosa de locos); y apenas veinticuatro cuando ingresó definitivamente en el manicomio. Para entonces, harto de perseguir el espejismo de la gloria y abandonado de todos los santones literarios en los que buscó protección (a veces con los métodos más chantajistas y truculentos), Buscarini parece casi un anciano, infestado de tuberculosis y delirios en los que cree ser víctima de conspiraciones acaudilladas por su madre.

Herido de belleza

Entre 1928 y 1940, Buscarini peregrinó por diversos manicomios, hasta acabar sus días en el de Logroño, en un periplo lóbrego que lo dejó desamparado de las musas y convertido en un añico o migaja de hombre. Alguno de los doctores que llegaron a tratarlo evocó, muchos años después, aquellos raros instantes en los que, entre los escombros de la locura, se alzaba, como una mariposa con las alas hechas jirones, el poeta herido de belleza, peregrino incansable de quimeras mustias.

Tal vez, en alguno de aquellos lapsos en los que volvía a florecer su musa maltrecha, a los labios de Buscarini acudiese el más hermoso de sus poemas, en el que en un tono vibrante de emoción enumera los padecimientos de su vida bohemia, para concluir orgullosamente: «Nada me importará, porque yo siempre, / caminando sereno por la tierra, / con el alma latiendo por la gloria / y flotante a los vientos mi melena, / iré diciendo al mundo con voz fuerte, / ¡con voz en la que vibre mi alma entera!: / “Es verdad que yo sufro; pero oídme: / ¿qué me importa sufrir, si soy poeta?”». Descansa en paz, amado poeta del arroyo; y protégeme de los hombres de alma ruin que nunca sueñan.

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