La Sagrada Familia
La Sagrada Familia
ARQUITECTURA

«El amo de esta obra no tiene prisa»

Más de 130 años lleva la Sagrada Familia, la obra inconclusa del arquitecto, generando polémicas. No han faltado ni los que solicitaron su derribo, ni los que la prefieren en su estado de «ruina». Estos son los hitos del proyecto cumbre de Gaudí

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Antonio Gaudí se convirtió en el arquitecto responsable de la Sagrada Familia en 1883. Se le asignó el proyecto cuando el arquitecto Francisco de Paula del Villar lo abandonó por discrepancias con J. M. Bocabella (el propietario del solar donde el templo se construiría). Fue Joan Martorell, asesor de Bocabella, quien propuso su nombre para que se hiciera cargo de proseguir con el que entonces se pensaba como proyecto para una basílica neogótica.

Gaudí se atuvo inicialmente a lo definido por Villar. En 1890 se finalizó la cúpula, se inició el ábside y la fachada del Nacimiento, y fue en ese momento cuando abandonó el plan de Villar y decidió construir un templo de dimensiones monumentales, siendo plenamente consciente de que jamás llegaría a ver terminado y que sería, por ello, una tarea para más de una generación. En ese año se publicó el primer plano de conjunto del templo, con planta basilical de cinco naves, crucero con otras tres, doce campanarios y un cimborrio central.

Sufragada por donativos, la construcción del templo fluyó a buen ritmo. Sin embargo, a comienzos del siglo XX, estas aportaciones menguaron y las obras debieron casi detenerse. Esto no amilanó a Gaudí, para quien la Sagrada Familia era un templo «expiatorio», que «debía nutrirse de sacrificios».

Su convicción era que la construcción de la basílica avanzaría según los designios de la Providencia, por lo que no le inquietaba la falta de fondos. Ello imponía una lentitud que obraría en su favor, pues le facilitaba estudiar más cuidadosamente la solución de los problemas y evitar aplicar soluciones industriales. «Además, con más pobreza resulta más elegante, porque la elegancia no se presenta rica y abundante», afirmaría: «Todas las cosas que han tenido larga vida crecen despacio y con interrupciones». Así, señaló cómo canónigos de Reims mendigaron para recaudar fondos para su catedral. «El Amo de esta obra no tiene prisa».

Vivir en el tajo

A partir de 1914, Gaudí se entregó enteramente a la construcción de la catedral, instalándose incluso en ella. Realizaría toda una serie de minuciosas maquetas que fueron destruidas durante la Guerra Civil y que, tras reconstruirse, han constituido la base del trabajo de construcción actual. Dejó también definidas, aunque con menor detalle, indicaciones para otras partes del templo, hasta el momento de su muerte en 1926, confiando en que futuros arquitectos asumirían la tarea de desarrollarlas.

Las obras prosiguieron hasta el estallido de la guerra, quedando interrumpidas hasta que en 1944 se reorganizó la Junta Constructora del Templo. Lentamente, a lo largo de las siguientes décadas, la construcción del templo fue avanzando, coronándose los campanarios en 1976. A mediados de los años 80 comenzó a planificarse la ordenación interior y se introdujo asimismo la tecnología digital como herramienta para desarrollar los conceptos indicados por Gaudí. La conversión del templo en un absoluto referente turístico en las últimas tres décadas ha permitido financiar los costes de su construcción, acelerando su ritmo de crecimiento, aunque quizá al precio de una más que cuestionable respetabilidad estética.

Cruzada

Aunque la aceptación se ha ido imponiendo sobre el rechazo, todavía persiste lo que fue la idea romántica o purista de detener la construcción y conservar como una aparatosa ruina lo construido bajo la dirección de Gaudí. De entre todos los detractores, el más tenaz ha sido Oriol Bohigas, que en 1965 firmó una carta junto a otros arquitectos, artistas e intelectuales de altísima talla, reclamando que no se prosiguieran las obras. Entre los firmantes figuraban Le Corbusier, Pevsner, Zevi, Coderch, Miró, Tàpies…

En 1990 volvió a emprender esta cruzada con una ruidosa manifestación en protesta contra la fachada de La Pasión, realizada por Josep Maria Subirachs (paradójicamente, firmante de esa carta de 1965). Pero, pese a todas estas acciones, la Sagrada Familia ha continuado adelante. Con toda seguridad porque, pese a muchas de las aberraciones arquitectónicas perpetradas, el templo exige seguir vivo.

Un becerro de oro

Un paseo hoy ante la catedral y sus inmediaciones traen de vuelta estas reflexiones de Rafael Argullol en «Mi Gaudí espectral»: «La catedral de los pobres, en el sueño de Gaudí, se había transformado en un becerro de oro alrededor del que bailaban los idólatras». Hay algo de desquiciado y de perfectamente lógico en que el paisaje más preciso del tiempo en que hoy vivimos esté condensado en unos pocos metros cuadrados saturados de restaurantes de comida rápida y tiendas de souvenirs frente a los que pululan centenares de turistas móviles en ristre, todos en torno al anacrónico acto de la construcción de una iglesia en el siglo XXI, convertido en perfecto pretexto para la estulticia consumista. Aquella catedral de los pobres se ha convertido en uno de los iconos de la disneylandización de Europa, anabolizada y siliconada. Retrato de paisaje de la religión y alma de nuestro tiempo.