El escritor británico John Banville (Benjamin Black)
El escritor británico John Banville (Benjamin Black)
LIBROS

Benjamin Black y Jonathan Lethem, perversos hasta la médula

Jonathan Lethem y Benjamin Black («alter ego» de Banville) escriben dos «thrillers» atípicos y apasionantes

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A más de uno el que Benjamin Black (alias de John Baville, Irlanda, 1945) y Jonathan Lethem (Estados Unidos, 1964) compartan aquí página y reseña se le antojará un capricho inexplicable. Pero esta asociación no es tan ilícita y no es tan arbitraria como parece a simple vista y primera lectura.

A saber: uno y otro son sendos polimorfos perversos y tienen desde el principio de sus carreras una relación tan enamorada como abierta con variados géneros, ambos practican la crítica literaria con profundidad y gracia y malicia. Y detalle interesante: estas dos novelas suyas cambiaron -por esas inexplicables cuestiones editoriales- de título cuando cruzaron el Atlántico en ambas direcciones. Así la británica «Prague Nights» amaneció como «Wolf on a String» en Estados Unidos y la norteamericana «A Gambler’s Anatomy» apostó en Reino Unido por «The Blot». Pero acaso lo que más y mejor las hermana: son dos «thrillers» atípicos y -cada uno en su estilo- apasionantes.

Alquímico siglo XVI

Porque en «Los lobos de Praga» Black -creador del patólogo Quirke y revisitador de Philip Marlowe luego de breve escala en el policial manhattanesco «à la» Colin Harrison que fue «El lémur»- retrocede hasta el alquímico siglo XVI y se pasea por las callejuelas de la corte del emperador Rudolf II obsesionado con las artes ocultas. Banville ya había dedicado una sentida «memoir de flâneur» a esta ciudad («Imágenes de Praga», Herce Editores) y estudiado la época en su novela científico-histórica «Kepler» (de 1981 y de la que recupera al formidable enano ficticio Jeppe Schenkel). Pero de lo que aquí se trata es de seguirle la pista al un tanto despistado Christian Stern: hijo bastardo de un príncipe regente con ganas de trepar en la corte pero tropezando con un hermoso cadáver, inoportuno y recién degollado. Stern se convierte entonces en un improvisado detective (la sensación es la de seguir a un Adso de Melk quien no tuvo la suerte de cruzarse con un William of Baskerville que le explique todo lo que no entiende en «El nombre de la rosa») para salvar su pellejo. Y Stern no sólo es pésimo a la hora de la deducción (lo suyo está más cerca de Closeau que de Holmes) sino que, enseguida, aparece otro cadáver.

Banville se impone a Black con exquisitas descripciones de la época, del lugar y de las sombras

También, digámoslo, siente una atracción muy fuerte por el alcohol y el café turco y el sexo de concubina imperial. Y la trama es un tanto delirante y por momentos bordea «el penny dreadful». Pero lo que aquí importa son los numerosos tramos en los que Banville se impone a Black con exquisitas descripciones de la época y del lugar y de las sombras que por allí se proyectan y que incluyen a las de los hechiceros hechizantes John Dee y Edward Kelley y Tycho Brahe.

Lethem, por su parte, también mezcla ingredientes y altera todo con palabras mágicas. Porque «Anatomía de un jugador» es algo así como si los hermanos Coen le hiciesen a «El mago» de John Fowles aquello que le hicieron a «El sueño eterno» de Chandler a la hora de «El gran Lebowski». Un divertimento loco y enloquecedor que parece algo barajado y mezclado y repartido entre Ian Fleming, J. P. Donleavy y Philip K. Dick.

Tan bien escrito

Intentemos explicarlo: un jugador profesional de «backga-mmon» y «ciudadano de ninguna parte» con la ocasional capacidad para leer la mente de sus rivales llamado Alexander Bruno quien quisiera sentirse Bond (por ahí se nos informa que «se parece a Roger Moore o al bajista de Duran Duran») pero en verdad está más cerca de George («Un Hombre Singular») Smith. Alguien casi flotando por los casinos del planeta y -no lo sabe, pero pronto lo sabrá- portando dentro de su cráneo y detrás de sus ojos un tumor mortal y supuestamente inoperable.

Entonces reaparece en la vida de Bruno un viejo compañero de secundaria: el obeso y nada elegante Keith Stolarsky reconvertido en exitosísimo magnate inmobiliario y rey de la «fast-food» quien se ofrece a pagar cirugía californiana de última generación. Y Lethem -quien ya probó su capacidad para el policial diferente con la consagratoria «Huérfanos de Brooklyn» y con la recién publicada en USA y «pynchonesca-trumpiana» «The Feral Detective»- vuelve a demostrar su talento en las minuciosas páginas dedicadas a una intervención que incluye amputación y reinjerto de cara y caída en desgracia y el descubrimiento que la casa siempre gana.

Y, de acuerdo, es espacial y temporalmente imposible que suceda. Pero aún así no cuesta nada imaginar un encuentro -en una taberna de Malá Strana o en un muelle de la West Coast- de estos dos triunfales perdedores unidos por haber sido poseídos y descartados por poderosos y por ese sentimiento siempre tan atractivo en lo que hace y deshace a la literatura: el no tener la menor idea de por qué les suceden cosas tan raras y peligrosas y divertidas y, sí, tan bien escritas.