Anthony Horowitz
Anthony Horowitz - Jon Cartwright
ENTREVISTA

Anthony Horowitz: «En una historia de asesinatos, el clásico ‘‘quién lo hizo’’ ya no es suficiente»

En «Asesinato es la palabra», el escritor británico propone una historia de ritmo frenético en la que, no conforme con ser el autor, se convierte en protagonista. Más que una novela policiaca, es una reflexión sobre la creación literaria

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Anthony Horowitz (Middlesex, Reino Unido, 1956) es inmune al aburrimiento y, al detenerse a revisar su extensa bibliografía, compuesta tanto por ficción literaria como por guiones cinematográficos y para la televisión, cuesta creer que siga afrontando cada proyecto como si fuera el único, pero así es. Creador de Alex Rider, uno de los personajes emblemáticos de la literatura juvenil más reciente, y responsable de una de las muchas resurrecciones de Sherlock Holmes, así como de la adaptación televisiva de algunas de las mejores historias de Agatha Christie, el escritor y guionista británico demuestra en su nueva novela, Asesinato es la palabra, que es posible ser fiel a los parámetros de la narrativa policiaca más clásica y, a la vez, incorporar a la trama los elementos necesarios para conectar con los lectores de su tiempo.

Subvertir el género

Tal vez por eso, tras profundizar en las necesidades de un público cada vez más inclinado al fácil consumo de productos audiovisuales y más centrado en sí mismo, dada la influencia de las redes sociales y las nuevas tecnologías, Horowitz ha escrito una historia de ritmo frenético en la que, no conforme con ser únicamente el autor, se ha convertido también en protagonista.

«Asesinato es la palabra» es más que una novela policiaca, es una reflexión sobre la creación literaria. ¿Por qué ha elegido el género negro para este análisis?

Fue al revés, que iba a escribir una novela policiaca estuvo claro desde el principio. Llevaba muchos años escribiendo sobre crímenes, principalmente para la televisión, y cuando mis editores me sugirieron que empezara una serie de historias policiacas destinadas a convertirse en libros, me pregunté a mí mismo cómo podía hacer que semejante proyecto, en apariencia tan manido, fuera diferente. Sabía que no iba a ser capaz de dedicar un año de mi vida a escribir la historia de un asesinato centrada en el clásico «quién lo hizo». Durante mucho tiempo había querido escribir precisamente sobre cómo escribir, sobre la vida del escritor; era una idea que me rondaba la cabeza después de haber leído Mientras escribo, de Stephen King, y Las aventuras de un guionista en Hollywood, de William Goldman; y de repente, se me ocurrió que, si me convertía en un personaje de mi propia novela, podría explicar desde dentro el proceso de su construcción y subvertir el género.

Así se convirtió en Ant, su alter ego en la novela, quien constantemente conversa con el expolicía Hawthorne, el otro protagonista indiscutible, acerca de cuál es el elemento fundamental de una historia criminal: el asesinato, la trama, el detective… ¿Cuál es para usted esa pieza imprescindible?

Siempre empiezo interrogándome acerca del móvil: alguien mata a alguien y yo me pregunto por qué. ¿Qué me puedo inventar que sea novedoso? ¿Qué hará que mis lectores sonrían? La magia de la trama criminal es que une a personajes y lectores en un contexto de drama y violencia que, por supuesto, se ve reforzado por la presencia de un crimen. La novela negra se caracteriza por las emociones fuertes y porque siempre cuenta con un punto de inflexión, que yo adoro, en el que una vida termina y, con su final, otras vidas cambian por completo. Eso es lo que me gusta describir.

«La novela negra se caracteriza por emociones fuertes y un punto de inflexión: una vida termina y otras cambian por completo»

Los dos personajes principales son un claro homenaje a Holmes y Watson: Hawthorne se ajusta a los parámetros de los investigadores literarios más clásicos y Ant es un detective «improvisado», una figura que actualmente se repite con frecuencia en el «noir». ¿Se ha agotado la fórmula del detective tradicional?

¡Espero que no! Es verdad que Arthur Conan Doyle creó un perfil que, sin duda, se repite en mis libros. Al fin y al cabo, él es el padrino de la ficción de detectives moderna. Sin embargo, creo que mis dos protagonistas y la relación que mantienen es muy diferente a la que mantenían Holmes y Watson. Por otra parte, ¿qué hace que consideremos a un detective «tradicional»? Supongo que su inteligencia, la capacidad para, a partir de los hechos y sin la ayuda de la ciencia o la tecnología, esbozar las conclusiones correctas que nos conduzcan hasta el asesino… si esto es una «fórmula» -palabra que intento evitar a toda costa-, creo que perdurará para siempre.

Junto a la amistad entre Ant y Hawthorne, uno de los puntos más interesantes de «Asesinato es la palabra» es cómo aborda la disección del proceso creativo y juega a confundir realidad y ficción, dejando clara la misión del escritor como puente para transformar la primera en la segunda. En sus novelas, ¿qué elementos utiliza para realizar esta transformación?

Con los años, he convertido en parte central de mi trabajo derribar los muros entre el autor y sus personajes, y entre el mundo real y el ficticio. Creo que empecé a transitar por estas fronteras cuando publiqué Magpie Murders, que ya fue descrito como metaficción. Al convertirme a mí mismo en personaje y voz de Asesinato es la palabra, y habitar el libro, juego con el hecho de ir escribiéndolo mientras la acción está en curso, de manera que, si Hawthorne no resuelve el crimen, mi libro quedará incompleto. Además, yo no soy el único personaje real que aparece en la novela, incluyo a mi esposa, a Steven Spielberg… y eso me divierte, me encanta la idea de que la ficción, de algún modo, abra una brecha en el mundo real y lo sangre.

«No soy el único personaje real que aparece en el libro, incluyo a mi esposa, a Spielberg… La ficción abre brecha en nuestro mundo»

La novela sigue así la estela de una tendencia literaria claramente dominante, la de incorporar al autor y su vida real a la trama. ¿Qué aporta su realidad al desarrollo de la historia?

Soy afortunado. Como autor, tengo una vida muy llena: he escrito libros para niños, para adultos; he trabajado como guionista de televisión; en el teatro y en el cine. He conocido gente interesante y he participado en proyectos de éxito, y también en otros que se han convertido en auténticas pesadillas. Así han transcurrido cuatro décadas de mi vida y creo que esto me autoriza a retratar cómo es la vida de un escritor, cómo es lidiar con las ideas y bregar con un millón de palabras, vivir constantemente entre la esperanza y el miedo; los agentes, los editores, los festivales literarios, los productores de cine, los viajes de promoción y todo lo demás… mi ilusión es que, leyendo sobre esto, la gente se entretenga, pero es importante señalar que yo no soy el centro de la novela, solo un valor añadido.

Leyéndola se intuye lo mucho que se ha divertido al escribirla, hay en ella un constante desafío al lector. ¿Qué hay de juego en la narrativa policiaca?

Me alegra que me pregunte eso, porque lo que plantea define exactamente mi propósito. Quiero que mis libros sean divertidos y, por supuesto que sí, afronto cada una de mis historias como un desafío entre el lector y yo. Todas las pistas están en el texto, delante de sus ojos. La cuestión es si será capaz de verlas. La solución al misterio está al alcance de la mano, pero mi función es complicar su deducción. En la mayoría de los títulos de lo que ahora llamamos «la edad dorada» de la ficción detectivesca subyace un sutil sentido del humor que yo trato de mantener presente en mi obra.

¿Y qué hay de juego en la literatura en general? A lo largo de «Asesinato es la palabra», Shakespeare aparece citado varias veces… Si todas las historias están ya contadas, ¿dónde podemos encontrar la innovación? ¿Cuál es el reto de los autores del siglo XXI?

Todos los autores, no importa la época, se enfrentan al mismo reto: superar los límites establecidos por sus predecesores y encontrar nuevas historias y nuevos modos de contarlas. Ser original pasa por dar con lo que el lector del tiempo en el que escribimos quiere y espera. Hay que sorprender a la gente, lograr que sonría. Esa es exactamente la razón por la que escribo. Cuando no sea capaz de hacerlo, lo dejaré.