Mavis Gallant en París en 2006
Mavis Gallant en París en 2006
LIBROS

«Agua verde, cielo verde», una novela «Gallante»

La escritora canadiense Mavis Gallant es una joya oculta que adoran todos los grandes autores de la literatura anglosajona

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Hace ya unos años que -cada vez que escucho a alguien suspirar extático un «Alice Munro»- yo, reflejo y automático pero muy consciente de lo que hago, contraataco con un «Mavis Gallant». Diré, en mi defensa que -en más de una entrevista- lo mismo le sucede a una tal Alice Munro: cada vez que alaban su maestría, ella no puede sino lanzar con orgullo un «Mavis Gallant» como reconocimiento a aquella de la que aprendió casi todo. Lo que habla bien de Munro, claro. Pero no es la única: cuando los relatos de Mavis Gallant (Montreal, 1922-París, 2014) fueron reeditados por la rescatadora y enaltecedora editorial de la NRYB, prologuistas del calibre de Michael Ondaatje, Jhumpa Lahiri, Peter Orner y Russell Banks se repartieron el placer y el privilegio de re/presentarla. Antes, Margaret Atwood y John Updike y Joy Williams ya se habían reconocido como fans. Y en su momento la crítica no dudó en acercarla a George Eliot, Anton Chéjov, Henry James.

De nuevo las comparaciones son odiosas y pertinentes: Gallant y Munro son ambas canadienses y perfeccionaron hasta extremos casi indecentes la práctica del cuento desde las páginas del semanario «The New Yorker» (donde Gallant llegó a publicar 116 de ellos); pero cabría apuntar que el universo de Gallant es más amplio y variado. Y que es superior a Munro a la hora de conseguir ese prodigio espacio-temporal de que toda una novela quepa dentro de un relato. Impedimenta ofrece una de las únicas dos novelas que escribió Gallant. E invierten un tanto la ecuación: aquí se trata de la expansión de momentos que acaban definiendo vidas enteras. Una y otra son inequívocamente gallantes: sutiles a la vez que feroces, tristes pero con humor.

Bordear la pesadilla

Pero, también, son muy diferentes. La segunda de ellas -«A Fairly Good Time», de 1970- tiene algo de frenética «comedy of manners». La primera, «Agua verde, cielo verde» (1959) es desoladora y, por momentos, bordea la pesadilla. Y su entramado es clásico y siempre funciona: una madre divorciada, Bonnie McCarthy, huyendo de sí misma y arrastrando en su fuga a su hija adolescente Florence «Flor» por los paradisíacos paisajes de Venecia y Cannes y París súbita e íntimamente diabólicos. Quien, en principio, parecía una de aquellas «belles» de Scott Fitzgerald perdida en la suavidad de noches ásperas, de pronto se asemeja demasiado a una de esas disfuncionales antiheroínas de Jean Rhys o de Patricia Highsmith.

«Agua verde, cielo verde» comienza psicologista y concluye psicótica y con buena parte de sus personajes optando por olvidar lo que debería ser inolvidable para así poder mantenerse a flote. Aunque se sepan ahogados desde hace ya tanto tiempo y, tal vez, pensando en que en el pueblo chico de Alice Munro las cosas quizás sean igual de complicadas pero no tan raras como en el infierno grande de la alguna vez fresca y ahora marchita Flor.