Prada, durante la presentación de su novela en Valladolid
Prada, durante la presentación de su novela en Valladolid - efe
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Juan Manuel de Prada y «El castillo de diamante»: la princesa contra la santa

¿Por qué Ana de Mendoza denunció a Santa Teresa ante la Inquisición? Juan Manuel de Prada ahonda en las razones de la princesa de Éboli y convierte «El castillo de diamante» (Espasa) en un combate

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¿El odio? ¿La envidia? ¿Qué separó a dos mujeres tan distintas a simple vista como Teresa de Ahumada y Ana de Mendoza y de la Cerda, princesa de Éboli? ¿Y qué las unió, además del destino? ¿Quizá la admiración? El castillo de diamante es la propuesta que hace Juan Manuel de Prada para responder a estas preguntas. Repito: la propuesta. Porque el autor de Las máscaras del héroe y Morir bajo tu cielo no nos cuenta qué pasó, sino qué cree él que pasó. Qué pudo suceder.

«Caballera andante de Su Majestad» –es decir, de Dios–, así se ve Teresa: «Mujer ruin y con más pecados que lunares es lo que soy». A pesar de ello, vive entre arrobamientos y, en más de una ocasión, al ir a comulgar, tiene que asirse a la reja que le separa del sacerdote para que su cuerpo no se eleve hasta el techo, prodigio que demuestra su amor de Dios. Hay veces que, en el refectorio, cuando los pies de Teresa se despegan más de un palmo del suelo, su fiel Isabel de Santo Domingo debe tirarle del hábito, impidiéndole que eche a volar. Y es que Teresa, para sentirse viva, «necesitaba platicar con Su Majestad y dejar que se le metiese hasta las cocinas del alma»; ese alma que, según ella, es un castillo de diamante.

Hacer frente a las murmuraciones

Frente a Teresa se alza como una sombra Ana de Mendoza, esposa de Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli y consejero de Felipe II. Una mujer, Ana, que debe hacer frente a las murmuraciones. La nueva Mesalina, dicen que es. En los mentideros alimentados por el partido del duque de Alba se rumorea que mantuvo un idilio clandestino con el Rey. E incluso que el primero de sus hijos lo es también de Felipe.

La altivez de la princesa no conoce límites: «Así como hay algunos advenedizos que gustan de repetir que su linaje viene de reyes, Ana podía afirmar sin empacho ni hipérbole que reyes venían de su linaje». No ha nacido para hilar, sino para mandar. Qué no daría la princesa de Éboli por gobernar ciudades, hacer leyes y capitanear ejércitos. Qué no daría, además, por ser amiga y confidente de Teresa. Su curiosidad hacia la monja es tan fuerte que se acerca a ella como polilla a la llama. Con extrañeza. Con irritación. No sabe cómo calificarla: ¿como santa o como excéntrica?

Un homenaje a la novela de caballerías en medio de una explosión de imágenes asombrosas

Teresa. Ana. Ambas protagonizan El castillo de diamante. Almas gemelas que Juan Manuel de Prada transforma no en personajes, sino en personas de carne y sangre. Las dos caras de la misma moneda: una elige el ansia de Dios; la otra, el ansia de poder. Pero, en el fondo, se parecen más de lo que ellas mismas creen: «No se habían conformado con ser las mujeres que el mundo había querido que fueran, sino las mujeres que ellas habían querido ser, contra viento y marea».

Si grande, de tan humana, se vuelve en manos de Prada la figura de Teresa, la de Ana se hace inmensa. No entiende la princesa de Éboli que, a alguien insignificante como Teresa, «Dios le conceda tan altos y singulares favores en forma de arrobos, habiendo tantas personas principales y de gran valía que en vano los imploran». ¿Qué tiene esa monja testaruda que no tenga ella?, se pregunta. ¿Por qué Dios la prefiere y la colma de visiones? Esa es la duda que atormenta a Ana y envenena su corazón; ese porqué. De ahí a sentirse Caín en este duelo entre hermanas de fe, un paso. El siguiente será denunciar a Teresa ante el Santo Oficio. Por rabia. Por despecho. Quizá también por odio, por envidia.

Cuenca vacía

Y mientras Prada hace crecer todos estos sentimientos en el alma de la princesa de Éboli, asistimos en primera fila a la Historia con mayúsculas. Ante nuestros ojos se despliega la reforma de la Orden del Carmelo –una vuelta a la rusticidad y al recogimiento– y vemos a Teresa ir fundando conventos –sus «palomarcitos»– en Ávila y en Medina del Campo, en Valladolid y en Malagón, en Toledo y en Pastrana.

Asistimos, además, a la cruzada contra la secta de los alumbrados; a la rivalidad entre el príncipe de Éboli y el duque de Alba; y al ascenso de Antonio Pérez, que va ganándose el ánimo de Felipe II, «sobre el que ejercía una influencia como ningún otro de sus secretarios anteriores, pues nadie había sabido manejar antes con tanta habilidad las flaquezas y debilidades del Rey, ni recordarle con tanto tacto y reserva sus olvidos y negligencias, ni señalarle con muy leve insinuación sus equivocaciones, consiguiendo que Felipe rectificase a su dictado, creyendo que lo hacía movido de su única y soberana voluntad». Otra cosa que va ganándose Antonio Pérez es el interés de Ana; y si de él dependiera, también se ganaría su corazón... y el premio de poder levantar el parche que le cubre la cuenca del ojo derecho, vacía, para besar por fin su herida. Y es que Prada sabe ser morboso como pocos.

Arar en la luz

Todo narrado con infinidad de guiños –a los clásicos, a la novela de caballerías– y una explosión de imágenes asombrosas. Así, en El castillo de diamante los mastines llevan el mordisco en la sangre, la primavera se anuncia en el vestido nupcial de los almendros, la luna baja es tan clara que se puede arar en su luz y el jilguero sigue cantando como si quisiera romperse.

Y no falta el humor: «Pero [a Teresa] más la impresionaba todavía el frío de nevero que, incluso en verano, se conservaba entre las paredes de la catedral de Toledo, un frío donde hasta el Santísimo tiritaba». Ironía, en esta y en mil y una frases más, quizá para suavizar la furia de Ana de Mendoza y de la Cerda, princesa de Éboli, cuya venganza estuvo a punto de acabar con la vida de Teresa de Ahumada a manos de la Inquisición.