Agatha Christie, en una de las fotografías recogidas en «El gran tour»,  «con su vestido de caballos y cuádrigas»
Agatha Christie, en una de las fotografías recogidas en «El gran tour», «con su vestido de caballos y cuádrigas»
libros

Agatha Christie, camarera de salón

Suráfrica, Australia, Nueva Zelanda, Honolulu y Canadá. Agatha Christie dio la vuelta al mundo en 1922 en compañía de su primer esposo. «El gran tour» recoge cartas, diarios y fotografías de quien aún no era la reina del misterio

Actualizado:

«Los cruceros y los viajes de larga duración están a la orden del día. Cualquiera los puede hacer. Son razonablemente baratos, y gran parte de la población tiene posibilidad de disfrutarlos.» Estas palabras parecen haber sido escritas hoy. Pero no. Fueron escritas en 1922. Por Agatha Christie. Una Agatha Christie que no soñaba ni de lejos con llegar a convertirse en la reina del misterio; soñaba, en caso de necesidad, con encontrar trabajo como camarera de salón: «Sabía qué clase de vajilla había que poner en la mesa, podía abrir y cerrar la puerta [principal, se entiende], limpiar la plata y servir la mesa razonablemente bien».

Otra cosa que jamás se le pasó por la cabeza a Agatha Christie fue dar la vuelta al mundo. Pero eso es lo que hará cuando en 1922 acompañe a su marido, Archie, en una misión oficial: promover la Exposición del Imperio Británico que se celebraría en 1924. Un recorrido por Suráfrica, Australia, Nueva Zelanda, Honolulu y Canadá.

«Tenemos un enorme ventilador y dormimos desnudos»

Casi un año duró el gran tour lejos del hogar, donde el matrimonio Christie había dejado a su hija, la pequeña Rosalind, al cuidado de la madre de Agatha. «Desde hoy escribiré una especie de diario», les anuncia mientras viaja a bordo del crucero Kildonan Castle. «Lo peor fue atravesar el golfo de Vizcaya, por lo que permanecí durante toda la travesía en mi camarote, gimiendo mareada. Durante cuatro días estuve postrada en la cama, incapaz de mantenerme en pie. Continué gimiendo como si estuviera a punto de morir, y debía de tener un aspecto cadavérico, pues una mujer de un camarote próximo preguntó a la camarera con gran interés: ‘¿Se ha muerto ya esa señora?’», cuenta nada más zarpar. Y poco después: «Por supuesto ha hecho muchísimo calor estos días en que hemos pasado la línea (el Ecuador). Pero a mí no me importa. Tenemos un enorme ventilador eléctrico en el camarote y dormimos desnudos, rogando a la Providencia que nos despertemos ¡antes de que la camarera entre!»

Sin pose de novelista

En estas cartas, postales y diarios, siempre acompañados de fotografías que ella misma va tomando, Agatha Christie no adopta la pose de novelista; de hecho, las noticias de sus libros nos llegan como un eco lejano: «He recibido dinero procedente de los derechos suecos por El misterioso caso de Styles», «Asesinato en el campo de golf se publicará a comienzos de octubre o noviembre, creo»; poco más. Porque lo que le importa son las anécdotas, los «momentos que me han marcado».

«Siempre estábamos comiendo un buey increíblemente duro»

Entre esos momentos, las cataratas Victoria, a las que se alegra de no haber regresado jamás, «pues de ese modo mi primera impresión permanece intacta». Ciudad del Cabo: «Habitaciones cómodas y baño, comida insípida y nadie que responda a la campanilla si no es por accidente». Melbourne: «No nos dieron nada apetecible; parecía que siempre estábamos comiendo un buey increíblemente duro, o pavo; para una chica educada en las costumbres victorianas, los cuartos de baño también dejaban mucho que desear». Y mucho, mucho sentido del humor: «El gato de la estación [de Waddamana, Australia] no sabía leer la señal de ‘peligro’, de modo que el otro día recibió una descarga de 6.600 voltios. Hubo un terrible relámpago ¡y el gato se esfumó!»

«Viajar en tercera clase en los trenes extranjeros era algo impensable para las señoras. Chinches, piojos y borrachos eran lo mejor que te podías encontrar. Incluso las doncellas de las señoras viajaban en segunda», puntualiza antes de partir. Su primer marido y ella no viajaron en segunda, no; ni siquiera en primera. Viajaron a todo lujo, como corresponde a lo que eran: «personas VIP». Aunque por entonces Agatha Christie soñara con ser camarera de salón.