Dibujo de las gárgolas de Notre Dame obra de Arturo Franco Taboada
Dibujo de las gárgolas de Notre Dame obra de Arturo Franco Taboada

Notre DameSombras del infierno

Desde sus atalayas imponentes sobre el humilde caserío de la ciudad medieval, protegían a su espalda el refugio de seres malditos, carne fresca de excelente literatura

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Colgados de cornisas imposibles al borde del precipicio, esas criaturas de otros reinos que acechan entre legiones de vampiros ocultos en los cuadrales, entre tejas y telarañas, han contemplado el paso peligroso de la Historia como el desfile grotesco de una triste mascarada. Desde sus atalayas imponentes sobre el humilde caserío de la ciudad medieval, protegían a su espalda el refugio de seres malditos, carne fresca de excelente literatura.

Como en la perversa trama de un videojuego, esos homúnculos paradójicos vigilan impávidos desde hace siglos, los peones de ajedrez de un mundo efímero que discurre confiado a sus pies, entre glorias provisionales y aterradores acontecimientos. «Allá abajo las ratas persiguen a los gatos por los tejados, y los hombres se comen a los asnos, acosados por el hambre suplicando que vuelva Farnesio» (Carta de Bernardino de Mendoza a Felipe II en 1588, desde su casa Rue de Puilles).

Luego vendrá el Rey Sol adornado de luz e ilusiones pasajeras que harán rodar las cabezas con Robespierre. Después Napoleón coronado bajo esas bóvedas, y casi anteayer, un anticristo que asolaría Europa.

Tan temibles custodios de nuestra humilde condición anuncian con elocuente silencio que en cualquier momento puede acabarse la partida. Platón describía las ciudades mediterráneas como ranas en una charca. La Edad Media sembró a lo largo de las arterias fluviales, en primitivas cuadrículas romanas, el triunfo de la cristiandad sobre la paganía del Imperio.

Altivos templos religiosos, paradigmas de expresión simbólica, pero sobre todo ingenios sociales, auténticas factorías de oficios gremiales que otorgaban dignidad a sus infinitos artesanos, generando tejido urbano en su entorno durante siglos. Crecía la catedral, mientras las manufacturas circulaban por el río a lo largo de las noventa ciudades que describió la Crónica de Colonia en tiempos de la dinastía Hohenstaufen.

Cuando los arquitectos consiguieron desvelar el destino de los esfuerzos con precisión geométrica, desviaron la gravedad desde las arriesgadas bóvedas, convirtiendo los pesados paños ciegos del Románico en livianas vidrieras que inundaron de luz el espacio de culto. Tal conocimiento, patrimonio en sus inicios de alguna masonería secreta, reveló la solución definitiva para una etapa de la civilización, expulsando el esqueleto al exterior en forma de esbeltos arbotantes coronados de estatuas que equilibraban los esfuerzos.

Lección magistral

Tal vez nunca más apropiado que en esta ocasión recordar una sucinta lección magistral de quien sería el restaurador de la vetusta iglesia de Notre Dame, Eugène Viollet-le-Duc, en el siglo XIX: «Ha sido la búsqueda incesante de la optimización de las relaciones entre envolvente y sustentación lo que ha iluminado el camino desde la iglesia paleocristiana hasta la catedral gótica», aforismo que señala con inteligencia la evolución de la técnica y el ingenio, durante diez siglos.

Viollet-le-Duc tuvo noticia por Jean-Baptiste-Antoine Lassus, restaurador de la Sainte Chapelle, de la existencia del cuaderno medieval de Villard de Honnecourt y pudo aplicar con rigor la solución de arbotantes sobre la amenazada catedral desde 1843. En las antípodas de las ideas conservadoras de Lassus y también del teórico coetáneo en Inglaterra John Ruskin, Le Duc tuvo la osadía de proponer una idea para completar Notre Dame, situando agujas sobre torres en los extremos de los brazos de la cruz latina.

Cuando en 1888 el esqueleto de la Torre Eiffel sobrepasó la altura de las torres de la catedral, se estremecieron desde sus terrazas aquellas sombras del infierno.

-¡Santo Dios! Esos desdichados ya han aprendido a jugar con el fuego.

Y aquella pieza de oro que había coronado durante siglos el cielo de París quedó congelada para siempre en su incompleta estatura a excepción de la aguja que el propio Le Duc proyectó para el centro de la cruz.

[Arturo Franco es arquitecto y autor de «El Legado del obispo nigromante»].