Luis Ventoso

La comida se vuelve ideología y espectáculo en una gran muestra en Londres

El Museo Victoria & Albert muestra 70 proyectos artísticos y culinarios que abogan por una alimentación sostenible y sorprendente

Enviado especial a LondresActualizado:

Augusto Assía fue un gran corresponsal español en Londres. Captó el alma inglesa mejor que el tal vez sobrevalorado Julio Camba, su paisano gallego, que pasó por Inglaterra, pero Inglaterra no pasó por él. Assía dejó una fina observación sobre la curiosa relación de los isleños con la comida: «De los pueblos que guisan mal, los ingleses son sin duda el más interesado en la cocina».

Ambos asertos son ciertos. La relación tradicional de los británicos con la comida siempre fue más bien utilitaria (llenar el buche con buen aporte calórico, porque el clima rasca y lo demanda, y no perder demasiado tiempo en los fogones). Siendo Gran Bretaña una isla con ricos bancos pesqueros, sorprende desdén ante el pescado, que si no es salmón inmediatamente se es disfrazado con alguna maseta que intenta tornarlo más seductor. El aceite de oliva continúa mirándose bajo sospecha, y aunque avanza, no resulta masivo. En el desayuno arrasa el Marmite, una pasta negra de levadura de cerveza. Cuando hace dos años el inicio del Brexit provocó que ese ungüento escasease en las baldas de los supermercados se convirtió en noticia de primera plana. Muchos ciudadanos de vida acelerada, sobre todo en las grandes ciudades, comen de sándwich a las doce y cenan un plato precocinado.

L. V.
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Y, sin embargo, la información gastronómica es omnipresente, con varios chef estrella. Un concurso de repostería es uno de los programas más vistos del país (y hasta hubo una opa hostil de la ITV para robárselo a la BBC). Las revistas, periódicos y webs publican extensos consejos de recetas. El país no cesa de pensar en la alimentación. La lucha contra el azúcar es asunto de debate parlamentario, con una tasa sobre ella. La moda vegana va a más y –por ahora suavemente, pero ya amenazando– sus paladines empiezan a insinuar que comer carne puede expresar «una falta de sentimientos hacia los animales, sus derechos y sufrimiento», como ha llegado a recoger estos días el editorial de un periódico.

Este es el contexto en el que el extraordinario Museo Victoria & Albert de Londres, fundando en 1852 como un centro de artes decorativas, pero en realidad un sensacional cajón de sastre que va mucho más allá, inaugura hoy la exposición «Comida. Mucho más grande que el plato». Se presenta como «un viaje sensorial a través de la comida, desde el abono a la mesa». Se trata de recoger todo lo que pasa en el viaje invisible desde el campo al tenedor. A través de 70 proyectos preparados expresamente para la ocasión, artistas y diseñadores han trabajado con chefs, granjeros, científicos y comunidades agrícolas para meditar sobre la comida, que al fin y al cabo es «el material más importante del mundo». La enorme exposición, que podrá verse hasta el 20 de octubre previo pago de 17 libras, presenta un marcado sesgo ideológico, pues indaga cómo puede lograrse que la comida del futuro «sea más sostenible, justa y deliciosa». Aunque al término del recorrido, un tanto esnob, se echan en falta más referencias a los seres humanos que viven de la agricultura y aquellos que pelean cada día por comer.

L. V.
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No faltan sorpresas provocativas, como tres quesos elaborados a partir de bacterias humanas de personajes populares, con los «selfmade cheeses» de artistas como Suggs, el cantante de Madness, o Alex James, el bajista de Blur. Tampoco, por supuesto, una aportación del inefable Ferran Adrià, esta vez reconvertido en dibujante. Aunque el gran público se dejará llevar por la evidente diversión y fascinación que ofrece la exposición, sus comisarias, Catherine Flood y May Mosenthal, intentan explicar la hondura conceptual que han buscado: «En una era de cambio y desafíos ecológicos enormes es crucial preguntarnos no sólo qué comeremos mañana, sino que clase de comida queremos. ¿Cómo será? ¿A qué sabrá?». Una meditación tal vez sugerente en el primer mundo, pero que podría parecer esnob en países donde cada día se lucha simplemente por comer, como la actual Venezuela.

La exposición define el hecho de comer como «la decisión más importante que tomamos cada día, porque además la comida nos conecta con otros, con nuestra cultura y sobre todo con nuestra naturaleza y qué mundo queremos». Por supuesto, el cambio climático sobrevuela por las salas.

El Museo V&A, que el año pasado recibió en su sede de South Kensington 4,3 millones de visitantes (3,6 en el Prado) es tal vez el más curioso de los museos de Londres. Allí puede encontrarse desde una copia a tamaña real del Pórtico de la Gloria (tomada en Santiago en su día con un molde de yeso que arrancó parte de la pintura), hasta olvidados cuadros de Turner, joyas cerámicas chinas o toda una planta sin fin dedicada a la porcelana. La exposición «Comida» entronca en cierto modo con su pasado, pues hace 150 años la parcela del museo acogía un vivero de frutales. De su colección se aportan treinta objetos, ilustraciones, cerámicas, anuncios de comida... y también los posos de café que sobran en su bar, que sirve mil tazas al día, porque uno de los proyectos de la muestra cultiva hongos sirviéndose de ellos. El resultado puede admirarse en un coqueto invernadero pop.

L. V.
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La exposición se divide en cuatro partes: compost, agricultura, comercio y comer. La primera es tal vez más sorprendente. Descubrimos, por ejemplo, que con parte del plástico que envenena los océanos podríamos hacer Parblex, un bioplástico del que vemos unas estupendas gafas de sol. De manera más radical y provocativa, en una sala aparecen los urinarios y mesas hechas... con excrementos humanos, aportación del Museo de la Mierda de Piacenza (y no es una broma escatológica). Interesante el espacio que muestra todos los trabajos de marroquinería que se han podido hacer con una sola vaca. Curiosos los murales que muestran una suerte de árbol genealógico de las gallinas. Para hacer una parada, un bar de bebidas de colores, creadas por una empresa organizada comunalmente por unos vecinos del Este de Londres, o un pequeño mostrador a la salida donde pueden probarse algunas de las nuevas ideas culinarias. No faltan momentos frikis, como la urna llamanda «La Cocina del Enemigo», que entre otras cosas muestra un cuchillo repujado que Donald Rumsfeld encargó al maestro orfebre de Sadam Hussein, una vez pasado su jefe por la horca.

Una exposición discutible, que a veces se queda más en la sorpresa que en la hondura, pero que vale la pena ver. A ratos hace pensar y en otros arranca una sonrisa.