Chicho Ibáñez Serrador y el talento en minifalda

«Intuyo que los españoles iniciamos la cátedra de mirones de buenas piernas con las azafatas del "Un, dos, tres"»

Ángel Antonio Herrera
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Chicho Ibáñez Serrador se inventó para siempre el «Un, dos, tres», que es un clásico de la tele, o sea, un clásico de la memoria, un clásico del futuro de la nostalgia. El primer programa ocurrió el 24 de abril de 1972, y luego cundió, intermitentemente, durante diez temporadas de plenitud. Se fue, pero casi no se ha ido. Es un gozo ver de nuevo, en los vídeos de remembranza, a las azafatas de Chicho, que constaban de gafas inútiles y minifaldas emocionantes. Las gafas casi eran más grandes que la falda escueta de vuelo, que era más vuelo que falda. Yo intuyo que los españoles iniciamos la cátedra de mirones de buenas piernas con las azafatas de este concurso, que ahora que lo pienso más bien ni llevaban minifalda. Eramos unos mirones domiciliares, veniales y conyugales que adorábamos a aquellas minifalderas como si fueran extranjeras. Y luego dicen que la tele no promueve la imaginación. Al menos, la tele de entonces, cuando éramos jóvenes, felices e indocumentados. Qué programa, este de Chicho. Qué gran programa. Cuando lo echaban por la tele era una fiesta familiar, como un cumpleaños sin cumpleaños, como una champions de variedades, como un porno para todas las edades. Hoy el programa sería denostado en las redes, desde el atareado feminismo, porque había mucha amenidad de muslos de guapísimas, y eso sí que no. En algún día, ya remoto, entrevisté yo a alguna de las guapas talentosas del elenco de Chicho, y ahí al plató iba, como un doble enamorado, porque iba enamorado del periodismo y también de la chica en cuestión, que se llamaba Kim Manning, o quizá Silvia Marsó.

En aquellos setenta represados, y no digamos en los desabrochados ochenta, nos enamorábamos todos los días. Puedo presumir de haber trabajado, ocasionalmente, para el «Un, dos, tres», porque me inmiscuí entre sus lozanas, andaluzas o no, grabadora en mano, y siempre tenía una entrevista pendiente, porque las azafatas cambiaban en cuanto se hacían archifamosas, que era enseguida. Eran la zona lírica, recálida y dulcísima del programa, y luego estaba la zona «negativa», con los Tacañones o la calabaza Ruperta. En el último tercio, «La subasta», nos iban echando cómicos de chiste de barbacoa, o bien ingenios más finos. En medio de todo estuvo Kiko Ledgard, primero, y luego Mayra Gómez Kemp, que sabe de todo, y gasta reloj de profesionalidad. Mayra es una cubana del barrio madrileño de Argüelles, y tiene eso incógnito, grato e indiscernible que los expertos llaman el don de la comunicación. Relevó al incalculable Kiko Ledgard, y cada presentador superaba al anterior, que ya era superar, y así hasta llegar a la abrileña Miriam Díaz Aroca, que llevó la batuta de este show en sus tiempos últimos, pero siempre pujantes.

El «Un, dos, tres» nos presentó a Victoria Abril, a Nina, a Paula Vázquez. Dalí fue al plató, a montar su número, con una calabaza, y algún particular se llevó de regalo un coche, o un apartamento. Les tocó la lotería. Allí nació Sabrina Salerno, con corpiño inútil. El «Un, dos, tres» no volverá, pero aquí vuelve. Se fue Chicho, el jefe, pero dejó un legado alegre. Y con él sus musas, que han sido un verano del talento en minifalda, para tantos años. Para siempre.

Ángel Antonio HerreraÁngel Antonio HerreraArticulista de OpiniónÁngel Antonio Herrera