Los murciélagos, como los cetáceos, algunas aves y los seres humanos, poseen un biosonar
Los murciélagos, como los cetáceos, algunas aves y los seres humanos, poseen un biosonar - Archivo

El «superpoder» que permite a los humanos orientarse como los murciélagos

Las personas podemos competir con estos mamíferos en la capacidad para ecolocalizar objetos

Pedro Gargantilla
MadridActualizado:

En el año 1974 el filósofo Thomas Nagel publicó su célebre artículo titulado «¿Qué se siente al ser murciélago?». La pregunta no era baladí, ya que estos mamíferos están más próximos a nosotros que las arañas o las abejas, y además perciben el mundo de una forma muy diferente a la nuestra.

A través de un sistema conocido como ecolocalización o biosonar, los murciélagos obtienen una información detallada de su entorno, obteniendo un mapa cartográfico exacto gracias al cual pueden capturar a sus presas y eludir a los depredadores.

El biosonar consiste, básicamente, en emitir pulsaciones acústicas que al chocar con los objetos provocan una reverberación que es recogida por la fuente emisora. En función del tiempo transcurrido, la distancia al objeto será mayor o menor.

Los humanos también tenemos un biosonar

El biosonar no es patrimonio biológico exclusivo de los murciélagos, también lo utilizan los cetáceos, algunas aves, como los vencejos e, incluso, los seres humanos. El filósofo francés Denis Diderot (1713-1784) fue el primero en describir que las personas invidentes podían utilizar un sistema similar al de los murciélagos para conocer el entorno.

A pesar de que la evolución biológica en cada uno de estos animales ha sido independiente, compartimos un mecanismo molecular parecido. Así, se ha demostrado que la mayoría de los animales que utilizan la ecolocalización tienen una proteína llamada prestina, cuya función es amplificar determinadas frecuencias de sonidos.

Los Homo sapiens tenemos una ventaja añadida: nuestro cerebro es enormemente plástico, y es capaz de adaptar sus funciones según los requerimientos individuales. Es precisamente esta adaptación la que constataron científicos de la Universidad de Western Ontario al observar que la ecolocalización en personas invidentes se aloja en la parte del cerebro que se utiliza para la visión y que, por tanto, en ellas estaba inactiva.

No deja de ser curioso que cuando este estudio se repitió en personas videntes, la información era procesada en una zona cerebral diferente, concretamente en la corteza motora, la encargada de analizar el movimiento.

De alguna forma, el estudio nos viene a indicar que el cerebro es capaz de dar una utilidad a una zona cerebral que está en desuso, en este caso la corteza visual en las personas ciegas.

Una habilidad poco explorada

La ecolocalización en los seres humanos puede ser de dos tipos: pasiva -aprovechando los ecos del ruido externo- o activa, generado un sonido. Las personas ciegas suelen ejercitar la forma activa mediante el llamado «clic palatal», más conocido como «chasquido de lengua». Se origina al golpear la lengua contra el techo del paladar, justo detrás de los dientes, realizando un movimiento rápido y hacia atrás.

El «clic palatal» es similar al que emiten los delfines, la gran ventaja de estos animales sobre nosotros es que tienen órganos especialmente adaptados para ejecutarlo, gracias a lo cual consiguen emitir hasta doscientos clics por segundo, mientras que el ser humano está limitado a la emisión de tres o cuatro.

En definitiva, la ecolocalización en los seres humanos no es una técnica fácil, pero a través de un entrenamiento se puede llegar a dominar la ejecución y la interpretación de las pulsaciones acústicas, de forma que pueda ser utilizada para distinguir objetos según su geometría.

M. Jara
M. Jara

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación