Los astronautas que iban a bordo del Apolo 11, Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins, fotografiados con sus familias alrededor de una Luna gigante - NASA / Vídeo: Así fue la llegada del ser humano a la Luna en 1969
50 ANIVERSARIO DE LA LLEGADA A LA LUNA

Alcohol, divorcios y puñetazos: la vida de los astronautas del Apolo 11 tras volver de la Luna

A su regreso fue cuando los astronautas tuvieron que afrontar su mayor reto, la vuelta a una imposible normalidad

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Si hay algo que apabulla en la historia de la conquista de la Luna es el increíble músculo tecnológico, desarrollado en un tiempo récord. Pero eso no desmerece el factor humano, precisamente el de aquellos que se sentaron en lo alto del equivalente a un edificio de 36 pisos de altura, sobre 500 toneladas de material explosivo, para ser transportados hasta un lugar al que no había ido nadie antes. William Anders, integrante del Apolo 8, lo definió gráficamente cuando dijo que en el despegue se había sentido como una mariquita posada en lo alto de la antena de un coche por la autopista. Un hombre bala tamaño XXL.

En el principio, fueron las tortugas

Y no es para menos, porque literalmente la tripulación del Apolo 8 fue enviada a la Luna con escasa preparación. Como relata la astrofísica y escritora Eva Villaver en «Las mil caras de la Luna» (HarperCollins), la noticia de que, en septiembre de 1968, la nave rusa Zond 5 había logrado hacer orbitar en torno a nuestro satélite a unas tortugas que regresaron sanas y salvas hizo saltar todas las alertas en la NASA. Acomplejados por haber sido batidos hasta entonces en todo por los soviéticos, los norteamericanos temieron que lo siguiente fuese el envío de un cosmonauta (iba a ser Leónov, quien ya había protagonizado el primer paseo espacial). Así que se quemaron etapas y, sin tests suficientes, se envió a Anders, Jim Lovell (quien estaba condenado a no poner el pie en nuestro satélite, pues luego fue el comandante de la fallida Apolo 13) y Frank Borman a seguir el camino de las tortugas, dar varias vueltas a la Luna y volver. Y, contra todo pronóstico, todo fue de perlas.

A vueltas con la religión

Si algo caracteriza al espíritu norteamericano es su capacidad para el marketing, y el hecho de que el Apolo 8 fuese a pasarse el 24 de diciembre orbitando la Luna era demasiado jugoso como para dejarlo escapar. Como golpe de efecto, los astronautas leyeron el inicio del Génesis en plena Nochebuena. La imagen es de una brutal belleza. Sin embargo, aquello también llevó a la activista atea Madalyn Murray O’Hair a presentar una denuncia por lo que consideró una vulneración de la constitucional separación entre religión y Estado. Por eso, cuando Buzz Aldrin comulgó en el módulo lunar del Apolo 11 antes de descender al Mar de la Tranquilidad, la NASA prefirió no darle publicidad. En 2010, el propio Aldrin escribió en sus memorias que quizá no había sido lo correcto, pues «habíamos venido al espacio en nombre de toda la humanidad, ya fueran cristianos, judíos, musulmanes, animistas, agnósticos o ateos». Sin embargo, reconocía que, en aquel momento, «no podía pensar en una mejor manera de reconocer la experiencia del Apolo 11 que dando gracias a Dios».

Cuando faltan las palabras

La experiencia de poner el pie en nuestro satélite es tan extrema, tan diferente a todo, que las palabras parecen quedarse cortas. Hay quien piensa que la aparente falta de épica que a veces parece acompañar a los «apolos», que pierden su condición de superhéroes cuando se les tiene cerca y son, en general, de una humildad y una cercanía extremas, se debe a que hasta ahora ningún literato ha estado allí. Quizá el caso más extremo sea el de Neil Armstrong quien, por méritos propios, ha visto su nombre tallado en el mármol de la historia. Como muestra la película «First Man», era una persona introvertida, extremadamente profesional, alguien de pocas palabras y que se concentraba hasta el extremo en la realización de sus tareas. Todo lo contrario de un Aldrin siempre impaciente por atraer los focos, y que es, con mucho, el astronauta que más rendimiento ha sacado de su experiencia, incluido un cameo en la saga «Transformers» en la que el mismísimo Optimus Prime le saluda de viajero espacial a viajero espacial.

Los fantasmas de Aldrin

El ambicioso Aldrin parecía el llamado a ser el comandante del Apolo 11. Y, sin embargo, al final la NASA optó por el discreto, inmutable y fiable Armstrong para ese puesto. Con toda probabilidad, buscaban a alguien que ofreciera seguridad en un viaje en el que había muchas más cosas que pudieran salir mal de lo que alcanzaba la imaginación. Y también puede que influyesen los antecedentes familiares de Aldrin, marcados por la depresión y el alcoholismo, males que se cebaron también en él tras su regreso triunfal. Su propia madre, que se apellidaba de soltera Moon («Luna», en inglés), se había suicidado meses antes abrumada por la angustia de que su hijo pudiera seguir los pasos de los astronautas del Apolo 1, achicharrados en tierra en un accidente en el interior de la cabina. La aventura espacial pasó a Aldrin una factura tan terrible que no es extraño que haya llegado, incluso, a utilizar los puños contra los conspiranoicos que en alguna de sus apariciones le acusan de formar parte de un gran engaño.

Un trabajo temporal

Son sólo doce las personas que han caminado sobre la Luna, de las cuales aún viven cuatro. Y a diferencia de lo que sucedió con los cosmonautas, a quienes la URSS acogió como héroes, levantó estatuas (hasta la perrita Laika la tiene) y se ocupó de garantizarles el sustento, los «apolos» recibieron su salario y luego tuvieron que ganarse la vida como mejor se les diera. Walter Cunningham, del Apolo 7, reveló en el reciente festival Starmus celebrado en Suiza que por los once días que pasó en la misión le pagaron un total de 660 dólares, que no parece una cantidad estratosférica para un héroe, ni siquiera en 1968. Eso sí, tres años después abandonó la NASA y se dedicó a trabajar en la iniciativa privada, donde le fue mucho mejor que viajando por el espacio.

Ganarse la vida tras la Luna

Por eso, las vidas posteriores de los «apolo» son fiel reflejo de la variedad de la condición humana. Hay algunas coincidencias, como que muchos de ellos rompieron sus matrimonios al volver. Alan Bean se convirtió en un cotizado pintor de temas espaciales cuyos cuadros llegan a incorporar polvo lunar rescatado de sus insignias (polvo que, por cierto, causó alergia a varios). Edgar Mitchell y James Irwin declararon haber sentido la presencia de Dios, pero mientras al primero le dio por el esoterismo, el segundo se convirtió en un fundamentalista que se ha entregado a misiones como la búsqueda del arca de Noé. En esa onda también habría que incluir a Charlie Duke quien, tras convertirse en empresario cervecero, se consagró a dirigir una congregación junto con su esposa. Y, en el otro lado, el materialismo de David Scott, que organizó una empresa para rentabilizar sus autógrafos que levantó una oleada de críticas (aunque luego fue imitado por otros de sus compañeros).

Lo que hay que tener

Sin embargo, quizá la mejor forma de terminar este artículo sea recordar la cena que Garik Israelian, director y fundador del festival Starmus, que en su primera edición de 2011 se celebró en Canarias, ha recordado en varias ocasiones, cuando juntó a Armstrong (quien nunca respondía a preguntas sobre su viaje a la Luna), Lovell y Leónov. En un momento determinado, otro organizador del certamen, el músico de Queen Brian May, preguntó sorpresivamente a Armstrong por lo que había sentido al caminar sobre la Luna. Y esta vez, de forma sorprendente, y tras unos segundos de silencio, el interpelado comenzó a hablar. Fue el inicio de una larga conversación en la que los tres astronautas se intercambiaron experiencias y abordaron como nunca antes, y nunca después, lo que les unía y nadie más podía entender. La discreción de todos los presentes seguramente hará que nunca sepamos lo que dijeron, pero algo nos dice que en ese momento sí que fluyeron las palabras para describir a unos héroes que tenían lo que había que tener: humanidad.

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